onanismo

Estoy harto de pedir perdón por tener que justificarme cada vez que voy a los toros o leo algo sobre la tauromaquia o escucho a algún periodista del ramo celebrando y buscando palabras de agradecimiento para tal o cual personaje famoso, por hacernos el inmenso favor de acudir a una corrida. Yo lo que quiero es ver salir por el portón de los sustos un toro con toda la barba y pidiendo carnés.

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Es agotador sentirse como el mayordomo en una novela de Agatha Christie, ya que en cualquier reunión familiar o de amigos, dizque cultos, te pasan una paternalista mano por el lomo, aunque yo me zafo y me crezco ante el castigo. Me defiendo tirando cornadas, sin autolástimas y espetando a todo aquel que quiera escucharme que, en absoluto me siento inferior por mi pasión. Lamento ponerme tan estupendo, pero con todo en contra, es lo menos que se puede esperar de un aficionado. Cuando me lidian mal, me pongo tobillero.

Perder las energías en batallas absurdas, cuando lo único que anhelo es ver un puyazo en la yema, me aburre sobremanera. Con lo que yo daría por estar viendo a un tío, asomándose al fiero balcón y salir garrido del encuentro, tras haber dejado los palitroques en todo lo alto. Y después hablarlo y comentarlo y recrearlo y revivirlo. Y no tener que estar vestido con gabardina, con el cuello subido, con gafas de sol y tocado con un borsalino, que no es el caso. De momento.

Cuando uno se pone pedagógico, por enésima vez, lo tiene chungo porque no le dejan, las voces son tantas y vienen de tan distintos flancos, que en el apresurado momento, se ve impelido a terminar con el socorrido lema de “me gusta”. Nunca añado el lamentable “y punto”, ni mucho menos el “lo siento”, aunque en realidad sí siento algo: placer y adoración. Lo primero que hago cuando llego a un lugar es saludar a su plaza de toros, si puedo me busco la vida para que me la enseñen y si no puede ser, me doy una vuelta al ruedo exterior. Casi siempre la disfruto y gozo su arquitectura, es una sutil manera de empezar a tomar posesión del pueblo, porque las piedras, si se las quiere escuchar, hablan.

Cuántas cosas tenemos que hacer los aficionados, si queremos vivir nuestro onanismo con cierto sosiego: leer, tirar de videos y, en rarísimas ocasiones, echarnos una conferencia al coleto o visitar alguna ganadería. Tenemos que ir a Francia a vivir todo esto sin complejos, donde hasta veo ondear nuestra enseña nacional con orgullo y respeto, de ahí mi doble agradecimiento a nuestros vecinos del norte.

Estoy harto de apoyarme en mi cinefilia, en mi gusto por la literatura, por el arte clásico, por la historia, por mi querencia para los viajes inhóspitos por Teruel o Zamora o Ribadeo o Aracena, como si siempre necesitase un comodín, puesto que el común piensa que un aficionado a los toros no deja de ser un adoquín avieso y enfermito. Tener que explicar todo esto, ya me causa hartazgo y desazón. Yo sólo quiero ver un natural así de largo y un estoconazo hasta los gavilanes, pero arriba. Y escuchar un fino pasodoble y oír los goznes de la puerta grande cuando se abre de par en par.

Estoy harto de pedir perdón, de no poder hablar de toros, de no poder ir a los toros. En suma, estoy más que harto de haber interiorizado nuestra decadencia, cuando no es el caso y, si así fuese, a mí de da exactamente lo mismo. A la mayoría de la gente le gustan cosas que yo no comparto, y sí, quizá los compadezco, pero no me meto con ellos. Quiero vivir en mi supuesta decrepitud intelectual, pero lo que anhelo sobre todo, es que se tapen todos los júligans y ver pronto un paseíllo bien trenzado.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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