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En el siglo VI antes de Cristo, Sun Tzu escribió “El arte de la guerra” y en una de sus estratagemas enfatizaba en la importancia de conocer al enemigo; él escribía:

«Si conoces al enemigo y te conoces a ti, no necesitas temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo, pero no al enemigo, por cada victoria ganada, sufrirás también una derrota. Si no conoces ni al enemigo ni a ti mismo, por cada batalla peleada, sufrirás una derrota» 

Les aseguro que ellos se conocen y nos conocen perfectamente, en cambio nosotros creemos que nos conocemos y directamente no los conocemos. Siguiendo el pensamiento de Sun Tzu expuesto en el párrafo anterior, nos encontraríamos en el tercer caso: «por cada batalla peleada, sufrirás una derrota», lo bueno es que estamos empezando a conocernos, pero cuando se habla de “conocerse” el error es creer que es en lo particular. Si bien este conocimiento nos sirve a cada uno de nosotros como individualidad, no tiene ninguna importancia para el caso que nos compete, al contrario, nos separa aún más, porque comienzan a actuar los opuestos: “yo me conozco y usted no”. Tenemos que conocernos en la generalidad, como especie, o mejor todavía: como unidades de carbono. 

Lo primero que tenemos que saber es que ya nacimos en desventaja, nacemos con el “pecado original” según nos dicen nuestros religiosos, pero… ¿qué es realmente el pecado original? La respuesta oficial es “haber desobedecido y haber probado el fruto prohibido del árbol del bien y del mal”; escondida en esta analogía está la respuesta, como siempre a la vista de todos. Nacemos con la programación de los opuestos (“…del bien y del mal”) es decir la dualidad que separa todo pensamiento y que ya expliqué en páginas anteriores. Si bien la programación de los opuestos es una desventaja, también es una ventaja, porque podemos conocerlos a ellos gracias a este relato. El Génesis dice que la serpiente tentó al hombre para que probara del fruto prohibido, pero también nos dice algo sobre ellos, «ahora es como uno de nosotros, conoce el bien y el mal, no sea que coma del árbol de la vida y viva para siempre» quien incita a cometer el pecado, o en otras palabras, quien programa a la unidad humano, es una serpiente, un reptil, por lo menos en ese momento hace miles de años una parte de ellos también trabajaba con los opuestos, y temen que la unidad humano coma del “árbol de la vida”, a partir de esto podemos deducir su naturaleza reptiliana, (y enfatizo “naturaleza”, no condición) y que también nos temen. Que todavía trabajen con los opuestos no sabemos, lo más probable es que no. No digo con esto que nuestros creadores son nuestros enemigos, digo que nuestros programadores lo son, y nuestros programadores son los amos del mundo, porque el mundo les pertenece a ellos, y nosotros formamos parte del mundo.

No se confundan, todo esto no se refiere al concepto de Dios que ustedes conocen, traten de pensar de forma cuántica para poder procesar esto correctamente, queda por ver en otro momento lo del “árbol de la vida”, pero se necesita avanzar un poco más para poder comprenderlo, entonces sí podrán ver la relación con nuestro creador, pero el verdadero, no el profesado. Por ahora vayamos conociendo al enemigo y a nosotros mismos, si bien no lo conocemos directamente, conocemos a sus representantes, los de tercera y cuarta línea, estos últimos son como nosotros, por tanto, conociéndonos a nosotros los conocemos a ellos, y eso es una gran ventaja en este ajedrez. Empecemos primero por nosotros para poder igualarnos en oportunidades, y después avancemos para conocerlos más profundamente a ellos y poder recién comenzar la batalla, por lo menos con hidalguía, y ya veremos qué pasa después.

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