Ventas
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Suelo ir a hacer el paseíllo, de forma recurrente, por el predio venteño, es una de mis neuras favoritas, me resulta barato, muy barato, sano, reconfortante y, sobre todo, me ayuda a estar un ratico a solas conmigo. A veces, una de mis hijas me acompaña, pero conociendo el percal, más de una vez y de dos sale de naja, pretextando exámenes u otras zarandajas catódicas. Entiendo, que con la yerba en la boca, acompañar a un padre barbeando tablas y recreándose en el neomudéjar, pues qué quieren que les diga, está más que justificado.

Me desmontero con respeto ante Luis Miguel y su vecino el Dr. Fleming, al que estamos descubriendo, gracias a mentes preclaras, leídas y ponderadas, como un asesino inmisericorde. Salvadas las bocas del metro, sigue resultándome imposible obviar a Burlero, y me cuesta enorme esfuerzo no maldecirlo. Haciendo como que me olvidé, que ya pasó, me giro a contemplar, la que junto con el Campo del Moro, desde el Paseo de la Virgen del Puerto, debe de ser la estampa más subyugante de todo Madrid: la Puerta Grande. Me faltaba observarla con terno blanco, la he visto en todas las estaciones, con rayos y centellas, con jolgorios ajenos, o sea, circo, motos, conciertos amén de otros etcéteras más o menos sacrílegos, pero con nieve y todo ahí está, majestuosa y desafiante y generosa.

La inmensa mayoría de los hacedores de muñecos de nieve estaban, absurdamente, fuera de cacho, abusando del pico y completamente ajenos al lugar sagrado que estaban pisando, casi como los y las cantamañanas que entran en gayumbos y tocados con gorra de béisbol a una iglesia o al Prado. D. Antonio Bienvenida me hizo un gesto, como de ten piedad y nosotros a lo nuestro, a los maestros siempre hay que hacerles caso, así es que le presenté mis respetos y le agradecí me sacara del sopor. Departimos sobre lo divino y lo humano, me despedí deseándole un año de bienes y continué mi vagar.

Hace poco me orienté cayendo en la cuenta, de que suelo dar la vuelta al ruedo a la manera mexicana y no sé bien porqué. Se lo preguntaré a mi terapeuta, que siempre anda con su querencia a Gardel, Les Luthiers o Gimnasia y Esgrima, mas yo, erre que erre, le perdono la vida y trato de que entienda lo que es una media de cartel. No cejo, ni pierdo la esperanza.

Puerta de Cuadrillas, reza el frontispicio por donde se aventuran los más hombres, los más aguerridos, los más conscientes, los que, en suma, mejor entienden el sentido de la vida. Al lado, más menguadito, como anunciando carencias, Museo Taurino, me gusta porque es casi mío, pero excuso relatarles la ristra de museos hermanos con más empaque y arte que el madrileño. Diríase pensado para forasteros, pero yo conozco muchos guiris que saben más de lo nuestro que, con perdón y sin ninguna acritud, algún tuercebotas que frecuenta el Siete o aledaños. Doy la vuelta y echo de menos alguna vaharada que me recuerde dónde estoy y a Ortega y Gasset, por cierto, cuántos Ortegas ilustres en nuestro gran mundillo, cuando sentenciaba aquello de “los toros traen el campo a la ciudad”. La tapia de los corrales, suele ser un pasillo de olores animales; pronto, muy pronto volverán estos aromas, para que se derramen por el ruedo y lleguen a los tendidos. Completé mi vuelta de honor con regusto íntimo, sí, pero con más pena que gloria.

El invierno, todos lo sabemos, es tiempo de Cossío y de Chaves Nogales, pongo por caso, que cada uno lleva la tregua invernal como buenamente puede, sin embargo, a nadie se le escapa que la de este año nos va a dejar los nubarrones hasta el verano.

Piensan los incautos, tanto nuestros antis, como el resto del adocenado vulgo, que la cosa no va con ellos, cuán errados andan; debería escribir herrados, pero hoy, hoy estoy de buenas.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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