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Es difícil no reconocer algunos paralelismos entre las figuras de Julio César y Donald Trump salvando las lógicas distancias personales, temporales y geográficas. Ambas líneas vitales discurren por tiempos convulsos, caracterizados por altos niveles de violencia y en los que los grupos dominantes, antes como ahora, luchaban cruelmente por el control del mundo. Ambos representan figuras procedentes de los más altos estratos de la sociedad que son capaces de conectar con el pueblo llano, que aman el poder y que son atacados por la propia élite de la que forman parte.

Hacia el siglo I. a. de C. el orbe romano estaba siendo devastado por continuas guerras civiles ente facciones patricias que combatían para defender sus intereses personales, armaban ejércitos privados y dirimían ferozmente sus disputas en el Senado. Hoy en día, la cámara alta estadounidense, los medios de comunicación y las redes sociales son un reflejo de las mismas reyertas por el control mundial entre dos irreconciliables bandos.

De un lado la facción globalistas formada por figuras como Soros, los Clinton, Bill Gates, Macrón o el Papa Francisco I, que controlan las grandes instituciones supranacionales como la ONU, la OMS, la Unión Europea o el Vaticano. Estos líderes mundiales, apoyados en la corrección política, el pensamiento progresista y las poderosas ONGs que controlan, están empeñados en la desaparición de los estados-nación desarrollados y son defensores a ultranza de la llegada de inmigración masiva a Europa y Norteamérica.

De otro lado Trump, Putin, Orban, Salvini o Le Pen son firmes partidarios de la soberanía de las naciones desarrolladas frente a la feroz competencia económica china, la desnaturalización cultural de occidente y la concentración del poder económico y político en las grandes corporaciones y organismos internacionales.

Es, en Roma como en Washington, una lucha de las élites mundiales por el control del poder a la que los ciudadanos asistimos como convidados de piedra sin intuir siquiera la magnitud de los intereses ocultos que entraña. Unas clases populares a las que solo queda el desesperado recurso a la revuelta cuando ven menguar sus condiciones de vida y observan la general indiferencia a su situación por parte de los grupos privilegiados que les gobiernan.

Julio César, pese a proceder de una de las familias patricias de mayor abolengo, se apoyo en la plebe romana y utilizo su popularidad entre las clases menos favorecidas para ir en contra de la aristocracia senatorial que termino asesinándolo. Al igual que el insigne romano, Trump sucumbirá a las propias puñaladas de sus aliados del Partido Republicano que replantearán sus propios intereses personales para continuar formando parte de la minoría dominante que, hoy como hace dos mil años, nos gobierna. Perdidas (de manera lícita o ilícita) las elecciones, expulsado del campo de batalla virtual de las redes sociales y acusado de instigar la única revuelta que ha vivido el Capitolio en toda su historia, solo queda que sus compañeros senadores claven sus dagas en su costado y terminen expulsándolo de la Casa Blanca y de la propia estructura del partido. Guárdese, señor Trump, de los idus de enero.

*Un artículo de David Pasarin-Gegunde

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