Casi a la misma hora que el comandante Herrera, FRANCISCO BERLANGA ROBLES, cabo del Cuerpo de Artificieros de la Policía Nacional, moría al intentar desactivar una bomba en las oficinas de la Inmobiliaria Jiménez Fuentes de Pamplona. Su cuerpo quedó tan destrozado que un médico del servicio de urgencias del Hospital de Navarra comentó que “no sabía si se trataba de un policía o un civil. Estaba totalmente irreconocible, ya que la explosión le había destrozado los brazos, una pierna, el tórax y parte de la cara”.

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Los asesinos de Francisco Berlanga – Ricardo Garciandía Solano, Miguel Mateo Asnariz Dicastillo y su mujer, María Gloria del Sagrario Recarte Gutiérrez- fueron condenados por la Audiencia Nacional en noviembre de 1982 a 21 años de prisión mayor, pero a la viuda ni le comunicaron la celebración del juicio.

La etarra Gloria Recarte fue detenida el 20 de octubre de 1981. Pese a haber sido condenada a más de 60 años de prisión (también participó en el asesinato de Pedro Fernández Serrano el 5 de abril de 1979) salió en libertad en febrero de 2000, habiendo cumplido sólo 19 años de prisión. Nada más ser excarcelada, asumió la dirección de Gestoras Pro Amnistía y desde entonces ha liderado las sucesivas asociaciones de presos de ETA (Gestoras, Askatasuna y Etxerat).

Francisco Berlanga Robles tenía 26 años. Era natural de Casarabonela (Málaga) y dejaba viuda a Catalina Navarro Florida con tres hijos (Juan Ignacio, Francisco Javier y Tamara) de 9 meses y 3 y 5 años. Francisco Berlanga llevaba destinado en la capital navarra desde que terminó el curso de desactivación de explosivos, un año antes de morir asesinado. Cuando la viuda y los padres de Francisco llegaron a Pamplona, les pidieron que fuesen discretos y les ofrecieron calmantes para soportar el dolor (Revista Bake Hitzak, 63). Los restos mortales de Francisco Berlanga fueron trasladados al día siguiente de su muerte en un avión militar a Málaga para ser enterrados. Sin medios económicos, y con una pensión por “muerte natural” de Francisco, Catalina tuvo que ingresar a sus hijos en un colegio para huérfanos y ganarse la vida en cualquier empleo. Las repercusiones psicológicas provocaron que ninguno de sus tres hijos pudiese estudiar. En enero de 2004 Catalina asistió en el acuartelamiento de Beloso en Navarra a un homenaje que hicieron los compañeros de su marido. Allí conoció a Fernando Jiménez Fuentes, el empresario al que iba dirigida la bomba que asesinó a su marido (Javier Marrodán, Regreso a Etxarri-Aranatz, Sahats Servicios Editoriales, 2004).

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