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Ha terminado la segunda década, del tercer milenio d.C. y, sin ningún género de dudas, se va al guano al que, ahora sí, le correspondería lo que la incombustible Isabel II debería calificar como el auténtico annus horribilis, desde el final de la II Guerra Mundial. En los últimos meses, hemos tenido la certeza de comprobar cómo estamos gobernados por bulímicos de poder y presuntos delincuentes de toda laya, acá y acullá. Nada ni nadie se libra de la lacra de la prostitución de la democracia.

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El caso que más nos ocupa y preocupa, es ver lo que ha sucedido a lo largo y ancho de nuestra querida y mancillada piel de toro, pero hacer inventario de las tropelías sufridas por el noble pueblo español, se antoja tarea hercúlea y huera. Hercúlea, por la imposibilidad de relatar la sucesión de dislates destinados a acrecentar el sufrimiento de la población, de las más variadas maneras y perversión sinnúmero, huero, porque a estas horas, en los salones donde moran nuestros castizos gargantúas y pantagueles, las risas estentóreas resonarán grotescas entre columnas y suelos alfombrados.

Más que satisfechos se deben de sentir, por haber llevado a buen término todas y cada una de las instrucciones recibidas en los perversos foros, a los que acuden endomingados y boina en mano. Hemos tenido ocasión fehaciente, de darnos de bruces con la cruda realidad: nuestros gárrulos gobernantes no tienen ni vergüenza, ni fondo y se mueven por los bajos fondos al modo de los nuevos ricos, con sus toscas aposturas y su ¡ay! exceso de chulería por haber llegado tan alto, necesitando mostrar en cada esquina los fajos de billetes cosidos con elásticos.

Nos salva que son tan lerdos que intentan cambiar la historia, una historia que ni han leído ni respetan, no la respetan, claro, por no haberla leído, de lo cual es fácil colegir que no saben qué destino les aguarda. Son tan soberbios e iletrados que se piensan inmortales y poseedores de auras inmarcesibles.

Hasta no hace tanto, los nuevos ricos iban a escape a inscribir a su prole a los mejores colegios, sabedores de que el dinero no hace al monje, pero estos palurdos de hogaño, creen que se puede vivir de las rentas hasta el fin de los días. Nuestros nuevos poceros, desconocen completamente el sentido de la humildad y vienen envueltos en altivez al creer a pies juntillas, que sus señores de allende los mares, los protegerán cuando acudamos a pedir cuentas al palacio de invierno.

Ya anticipo que acudiremos y barrunto que, antes de que el gallo cante tres veces, empezaremos a pedir cuentas, empezando por los engañados de primera mano, o sea, los que los llevaron en andas con sus papeletas hasta la cima (obvio los pucherazos, que contribuyeron también a obrar el milagro), luego iremos los demás, sobre todo a evitar el linchamiento, por el que los suyos tratarán de cobrarse las sucesivas indecencias y sapos que, durante un par de décadas, han tragado con la fe del carbonero cual sufridores en casa. Me malicio, avieso, que no todos evitaremos los posibles desmanes de la chusma.

El primer año de la tercera década del siglo XXI, va a resultar clave para desentrañar si efectivamente los más miserables han tomado definitivamente el control o, por el contrario, todavía nos queda la esperanza de saber que Montesquieu sigue en la UVI, pero todavía respira.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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