silencios

Resulta sorprendente que tras casi dos meses de celebradas las elecciones en Estados Unidos y, dado que el vencedor sin ningún género de dudas, ha sido el gran Joe Biden, sus millones de electores no se hayan echado a la calle, pidiendo justicia y su nominación como futuro inquilino de la Casa Blanca. Cuando uno tiene la certeza de que ha ganado en buena lid, no debe tener el menor empacho a salir y gritar a los cuatro vientos que se reconozca de forma inmediata el resultado.

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Pero hete aquí que, desde hace muchas semanas, nadie mueve ficha, se diría que los demócratas, o quien quiera que sea, están dejando macerar el pucherazo y que caiga como fruta madura el triunfo del patético Biden. Tal actitud no puede considerarse, en ningún caso, prueba fehaciente de nada, mas sí algo sospechosa. Los, dizque, millones de votantes y simpatizantes, parecen intuir, cuando no saber, que algo extraño ha sucedido y no las tienen todas con ellos. Dan toda la impresión de saberse al cabo de la calle y tener la certeza de que la victoria, si es que se ha producido, en el mejor de los casos ha sido opaca y fraudulenta. Vamos, esos votantes, piensan como la inmensa mayoría del planeta.

También resulta elocuente el tremendo silencio que las rotativas, televisiones y radios guardan y, sus maniobras disuasorias y de distracción a un lado y otro del Atlántico, resultan tan burdas como chuscas. Ni siquiera se toman la molestia de dar la matraca desde sus púlpitos editoriales; si la razón les asiste, no entiendo cómo no nos martillean. La orden, parece ser esperar sigilosos y dejar que Trump se siga cociendo, chamuscando más bien, en su propia salsa. Lo ningunearon hasta la náusea hace cuatro años, lo despreciaron hasta el borde de la legalidad, han hecho chirigotas de él todos los presuntos humoristas de acá y acullá, pero no parece que Donald Trump sea lo que nos han pretendido vender. No da la sensación de que entre sus defectos figure la estulticia, antes al contrario, pase lo que pase, ya ha demostrado ser bastante más espabilado y vivo, que todos los malvados que andan diseminados por los mentideros más vanguardistas de Nueva York, California y la, por supuesto, siempre cultísima Europa.

Los votantes, de la despreciable América profunda, lo llevaron en volandas hasta Wáshington, sin embargo las cuentas no salen limpias, puesto que más de un neoyorquino y algún que otro californiano, también depositaron su confianza en el paleto vaquero de….. ¡Nueva York!. Lo del 3 de noviembre no necesita más análisis, la victoria de Trump, ha sido tan notable, que los de la Sociedad Abierta -caray con el nombrecito-, tuvieron que echar mano de todo cuanto tenían y no les ha bastado, porque no calibraron bien ni sus propias fuerzas, ni las del marido de Melania, por dos veces han subestimado a Trump. Se necesita ser desahogado y jeta para infravalorar a un tipo, que con todos sus defectos, ha demostrado mucha perspicacia e imperturbabilidad a lo largo de toda su vida. Cuando dio el salto a la política, lo hizo contra todo y contra todos y él, lo sabía. Pocos mortales son capaces de afrontar una justa tan desnivelada y tramposa y aguantar como una fiera tantas y tan infames embestidas. Fíjense si tendrá desarrollado su sentido de la supervivencia, que a día de hoy, todavía los fulleros, no saben si sus tretas han sido suficientes.

Donald Trump, no sólo está muy vivo, sino que tiene toda la pinta de haber instaurado una nueva doctrina: el trumpismo. Si se consuma el drama, los Soros y demás golfos, habrían obtenido una victoria pírrica y llena de incertidumbres, ya que en primera instancia, tendrían que darle matarile al trampantojo de Biden, que es un personaje que no tiene ni medio pescozón. Esto, en el mejor de los casos, ya que si el gagá se pone en modo galanura, a lo peor le tienen que preparar una visita intempestiva a Dallas, para que Kamala Harris entre en el despacho oval, cual Cleopatra en Roma.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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