El sexo es una de las grandes industrias de nuestros días. Sea bajo la forma de prostitución, cibersexo, sexo libre, pornografía, juguetes sexuales y demás atrezo, genera miles de millones al año.

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Que vivimos en una sociedad sexualizada hasta límites que superan lo razonable es ya una opinión común. Basta con echar una ojeada a la televisión, a la publicidad, a los quioscos o a internet. No hay película o serie en las que no esté presente el sexo de manera explícita, lo exija el guion o no. Ahora todo parece estar permitido y la promiscuidad ha adquirido rango de normalidad. Algún lector puede pensar que esta proliferación del sexo se debe a las cotas de libertad que hemos alcanzado: una sociedad plural y libre, en la que cada uno debe elegir sus preferencias; un bien más de consumo del estado del bienestar. Sin embargo, muchas personas no consumen sexo por elección, sino porque el sistema se ha encargado de aficionarlas y después convertirlas en adictas.

La sociedad ve todos estos cambios y los contempla pasivamente, sin pararse a pensar que el sexo se está utilizando como arma de manipulación. Por extraño que pueda parecer, el sexo es una de las variadas estrategias del Nuevo Orden Mundial para esclavizar a la raza humana y evitar que evolucione; no porque el sexo sea algo negativo o malo per se, sino porque practicado de manera descontrolada lleva a la animalización del individuo.

La pornografía no es un trabajo como otro cualquiera

En la actualidad, gracias sobre todo a un tipo de televisión dirigida a las masas, con contenidos en muchas ocasiones en la frontera de lo legal, con apariciones frecuentes de las “estrellas” del porno, o imágenes explícitas de sexo, la sociedad va admitiendo la pornografía como una opción de ocio e incluso como un trabajo. En efecto, desde una perspectiva relativista, la pornografía genera muchos puestos de trabajo, ya que las cifras que mueve este negocio son comparables a las del cine convencional.

El origen de la pornografía, igual que del resto de las drogas y otras perversiones, hay que buscarlo en las clases altas, en las élites aristocráticas y políticas. Eran los nobles europeos y los industriales norteamericanos de aficiones pervertidas y relajadas quienes la utilizaban en sus reuniones privadas. Las revoluciones culturales de los años sesenta y setenta, sustanciadas en el feminismo radical, los queer y otras minorías extravagantes, propiciaron la apertura a la pornografía, a través de empresas con el mismo origen que las cinematográficas. Hay que señalar que Hollywood y San Fernando Valley, la capital del mundo del cine porno, son vecinos y no solo geográficamente.

Pero la industria del porno no está diseñada para el ocio y el placer, sino para esclavizar al ser humano. El porno crea adicción, y el sistema quiere consumidores, y mejor, adictos atontados, porque son mucho más fáciles de manipular. Una investigación realizada por la Universidad de Cambridge concluyó que el cerebro de aquellas personas enganchadas al porno reacciona de la misma forma que el de las personas adictas a las drogas.

Los amos del mundo, del mismo modo que han difundido las drogas, han impulsado esta industria como un arma de control, una más, pero muy poderosa. Es curioso que algunos de los magnates del porno lo sean también de las farmacéuticas, de la industria agroquímica y de las semillas genéticamente modificadas, entre ellos, el inefable Bill Gates, al que solemos darle el protagonismo merecido.

Según leemos en el periódico inglés, The Independent, Bill Gates, en su árbol genealógico William Henry Gates III, adquirió la mayoría del grupo PlanetOut, que se dedica a la pornografía homosexual o “pornografía dura”, como dicen los anglosajones. La inversión se hizo a través de la financiera Cascade Investment, una de las empresas que controla el magnate. Pertenecen al grupo PlanetOut la revista pornográfica Out, la web Gay.com –un instrumento para organizar citas y encuentros entre homosexuales aficionados a las fantasías extremas— y la empresa RSVP Cruises, de turismo sexual para gente de la LGTB, organizadora de los cruceros trasatlánticos de homosexuales.

El Nuevo Orden Mundial quiere esclavos animalizados. Y la pornografía es un atajo para conseguirlo. El fin no es fabricar porno para un sector aficionado, con estos gustos específicos, sino que esta sea considerada como un producto más de consumo. Así se explican las buenas relaciones entre adalides de la industria del porno, como Larry Flint o Hugh Hefner y gente tan sospechosa como el maquiavélico Henry Kissinger, David Rockefeller o el citado Bill Gates, en cuya agenda tienen escrito en letras de oro el dominio del mundo.

Con independencia de la opinión que en el ámbito personal podamos tener, no estamos analizando el boom de la pornografía en clave moral. Alertamos sobre ello porque no se trata de una diversión inocua. De hecho, los profesionales de la salud ya llevan tiempo advirtiendo de los graves trastornos que causa en la persona. Se suele empezar por curiosidad, por probar algo nuevo, pero como ocurre con la cocaína u otras drogas, se repite hasta convertirse en adicción, y entonces ya no se puede parar.

Internet es el medio que más ha contribuido a la masificación de la pornografía. Es un medio barato, accesible, al alcance de cualquiera, incluso de los niños, y se puede consumir de manera anónima. Por eso el índice de consumidores va in crescendo.

El cibersexo es la manera más fácil de tener una relación por internet. Aunque muchos adictos lo practican, cada vez es mayor el número de adolescentes que se apunta a esta modalidad. Eso puede producir su aislamiento, llegando a preferir permanecer en su habitación para visionar estas imágenes, que relacionarse con personas de su edad.

Otra peligrosa moda que se ha ido implantando con las nuevas tecnologías es el envío de material erótico-pornográfico por parte de los adolescentes. Las víctimas suelen ser chicas que envían fotos íntimas a sus novietes del instituto o a desconocidos que contactan en la red, en general, perfiles falsos y pederastas.

El porno afecta a las neuronas

El porno, según los especialistas médicos, afecta a la principal vía de entrada de información hacia los ganglios basales. El cerebro humano segrega unas sustancias denominadas dopamina y oxitocina, dos neurotransmisores del sistema nervioso central. Es una reacción normal ante cualquier actividad que produzca placer, pero su consumo habitual hace que el cerebro necesite cada vez más dopamina para sentir el goce buscado. El estado de des-sensibilización lleva a la búsqueda de imágenes —o incluso prácticas— cada vez más duras, llegando a extremos de sexo violento, sadomasoquismo, coprofagia, bestialismo o necromancia.

El Centro de Psicología del Ciclo Vital de Berlín realizó un estudio sobre los efectos causados en el cerebro humano por consumir pornografía. Para ello se eligieron a 64 hombres de una media de 25 años de edad, “que cubrieran todos los rangos del consumo semanal de pornografía”. Para comprobar si realmente repercutía en el cerebro el visionado de películas X, se les realizaron escáneres cerebrales. Las conclusiones fueron sorprendentes: el porno “afectaba al volumen de materia gris en el cerebro”, el tejido neuronal directamente relacionado con la inteligencia, esto es, el porno reduce las zonas del cerebro relacionadas con el aprendizaje.

“Encontramos una relación negativa entre la cantidad de horas que los sujetos veían porno y la cantidad de materia gris que se encontraba en el núcleo caudado (uno de los componentes de los ganglios basales, una zona del cerebro involucrada en el aprendizaje y la memoria)”, dice el informe. Asimismo descubrieron que “el núcleo estriado —la principal vía de entrada de información hacia los ganglios basales— también se había reducido en aquellos hombres que veían más horas de porno. Concluyen que estos daños podrían deberse a una intensa estimulación del sistema de recompensa del cerebro, que ante un estímulo externo se activa y segrega dopamina y oxitocina, como hemos expresado, los neurotransmisores responsables de producir sensaciones placenteras. Las mismas conclusiones leemos en los estudios publicados en los Archives of General Psychiatry (JAMA).

La investigación también determinó que los consumidores de porno sentían ansiedad por visionar los vídeos; sin embargo, su deseo sexual no aumentaba. Los consumidores compulsivos buscan la pornografía porque la necesitan, para calmar su “mono”, pero eso no quiere decir que la disfruten; lo mismo que les ocurre a los drogadictos.

Otro de los efectos negativos del consumo de pornografía es la dificultad para mantener sexo normal. Los consumidores compulsivos tienen problemas para tener erecciones con sus parejas si no se estimulan con imágenes porno.

El consumo de porno potencia la agresividad en los hombres

El psicólogo Albert Bandura dice que el ser humano suele imitar los comportamientos violentos, según las conclusiones de su estudio realizado en 1961 con niños y un muñeco hinchable al que le pegaban puñetazos. Gail Dines, profesor de sociología y estudios de la mujer en el Wheelock College de Boston (EE.UU.), cree que cuesta mucho encontrar pornografía no violenta en la red. Y, dado que los contenidos violentos son los más consumidos, otro de los efectos es que los hombres se vuelven más agresivos y utilizan la violencia en el acto sexual, considerando a la mujer como un mero objeto de uso y placer. Según la sexóloga Marion Schulmeyer, las imágenes podrían influenciar en la actitud sexual de los adolescentes, haciéndoles pensar que las mujeres deben ser violentadas, menospreciadas y maltratadas. En idéntica línea se pronuncia el psicólogo, Edward Donnerstein, de la Universidad de Wisconsin, y añade que los consumidores varones tienden a ser “más agresivos hacia las mujeres, menos sensibles al dolor y al sufrimiento de las víctimas de violaciones, y mucho más dispuestos a aceptar algunos mitos acerca de la violación”. Por su parte, el neurocientífico Ogi Ogas y su colega Sai Gaddam declaran que de los miles de búsquedas y sitios porno que visitaron, no encontraron apenas contenido violento.

El visionado de estas imágenes puede crear baja autoestima, al tomar los cuerpos de los actores y actrices del porno —con genitales exagerados, siliconados y repletos de anabolizantes—, como ejemplos de la vida real. Es el fenómeno que se ha dado en llamar Centerfold Syndrome o Síndrome del supermodelo. El doctor Gary R. Brooks en su libro The Centerfold Syndrome: How Men Can Overcome Objectification and Achieve Intimacy with Women habla de este nuevo síndrome que afecta a los adictos al porno. De hecho, según los cirujanos plásticos, están aumentando considerablemente las cirugías de senos, nalgas, vulva, así como las prótesis de pene. Aquí también está presente el efecto imitación. Hay que parecerse a los modelos. Además, en el caso de adolescentes que no han tenido relaciones sexuales, pueden distorsionar la realidad y crearse falsas expectativas, al creer que su relación tiene que ser como la de las películas porno.

Sin embargo, la pornografía consumida en pequeñas dosis tiene sus defensores. Aparte de alguna feminista y productora de este tipo de vídeos, Neil Malamuth considera que con el porno ocurre lo que con el alcohol. Arguye que no es lo mismo tomar una copa o dos para sentirse bien, que emborracharse o hacerse alcohólico. Defiende el porno para el autoplacer y para compartir con la pareja. Excluye, eso sí, a los grupos de riesgo, es decir, hombres sexualmente agresivos. Si estos consumen pornografía violenta, tienen más posibilidades de cometer actos de agresión sexual.

En cualquier caso, la tendencia a consumir pornografía, sobre todo de adolescentes y niños, preocupa no solo a los profesionales de la salud sino a educadores y a padres. Pero los amos del mundo están en su salsa, “regalándonos” supuestos placeres y artilugios para pasar el tiempo en un estado de zombificación crónico.

NOTA:
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