No conseguimos ponernos de acuerdo sobre si al llegar a Triacastela tomaríamos el camino histórico o nos desviaríamos por Samos. Yo no quería irme de Galicia sin pasar por la abadía de San Julián, a imitación de los peregrinos que durante siglos se han salido de la ruta para visitar uno de los monasterios benedictinos más importantes del Camino, y auténtico centro de cristiandad de la región.

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A esas horas O Cebreiro estaba muy concurrido. Algunos llevábamos un mes atravesando ríos, cerros y llanuras. Teníamos la credencial casi sin huecos blancos para nuevos sellos, y la cara y los brazos dorados por el sol. Los músculos estaban curtidos por el maltrato de la marcha y nuestros corazones se habían acostumbrado a compartir el pan y el aire. Otros peregrinos ponían a punto sus bordones para seguir el ritmo acompasado de sus pasos hasta Compostela. Empezaban en este punto su peregrinación con la ilusión del neófito que se prepara para ser iniciado en los grandes misterios.

Sergio estaba mucho mejor de su pie. Incluso se ofreció a acompañarme en la marcha.

—Te disculpo —le dije burlonamente—. Sé que no te apetece y que lo haces para complacerme, pero no te conviene. Tienes que seguir mimando ese pie si quieres recuperarte del todo.

—Ya no me duele —dijo—. Y no sé si te has fijado, pero ya no cojeo nada.

—Sí, he visto que caminas bien. Pero recuerda el día de Eunate…

—Tienes razón —reconoció—. No me beneficia, pero no te imaginas cuánto me apetece. Te veo tan a gusto…, tan feliz… Es como si quisiera sentir lo mismo que tú. ¡Qué cursi me estoy poniendo! —añadió riéndose de sí mismo.

—¡A ver si ahora te va a gustar el Camino! ¡Eso sí que sería un milagro!

Mientras hablábamos, Sergio jugaba con mi pelo y se empeñaba en sujetármelo detrás de las orejas. Nos mirábamos a los ojos en un afán de descubrir lo que aún no habíamos verbalizado. Yo me sentía tan bien que, a pesar de la incertidumbre, no me hubiera importado estar eternamente en esa situación de encantamiento.

Hacía calor, aunque menos que en Castilla. Por suerte, nos tocaba transitar por una calzada de tierra flanqueada de arboleda de castaños y robles. Ante nosotros aparecían cromáticas panorámicas rodeadas por las sierras de los Ancares y el Courel. Cuesta abajo la ruta se hacía menos penosa. Hace años, muchas de las tierras sin cultivar eran feraces campos de lino. De ahí deriva el nombre del pueblo de Liñares, que aparece en el Códice Calixtino como Linar de Rege.

El peregrino no puede pasar de largo sin visitar la iglesia de Santo Estevo, un precioso ejemplar prerrománico de factura similar a la de Santa María de O Cebreiro. Tiene una sola nave y acoge un bello retablo barroco. Su aspecto exterior emociona. El tono gris pizarroso, la disposición de las dovelas del arco y su espadaña a prueba de vientos y temporales reflejan el sentir de esos siglos y los paupérrimos medios para iluminar otro de los hitos de la espiritualidad del norte.

En el alto de San Roque, el viejo peregrino de bronce nos espera y nos da ánimos. Él conoce bien la dificultad del Camino, está acostumbrado a luchar contra el viento y por eso aguanta el sombrero con la mano. En su corazón de piedra guarda secretos y confidencias. El autor, José María Acuña, puede presumir de su estatua viviente en los álbumes de millones de romeros que no han resistido la tentación de fotografiarse al lado de tan ilustre anfitrión.

El paisaje es espectacular. La abundancia de helechos, robles y castaños es indicadora de la alcalinidad del terreno. El Hospital de la Condesa es otro nombre que rebela su pasado como lugar de recepción de peregrinos, el centro más importante de la zona, fundado por la condesa Ejido en el siglo IX. Sigue en pie la iglesia del hospital en honor a San Juan, de austero estilo románico, y una torre a la que se accede por escaleras exteriores.

Tras atravesar dos arroyos y mucho subir y bajar, llegamos a Padornelo, un pueblo de montaña de gran tradición jacobea levantado sobre losas de piedra y pizarra. Allí se asentaron los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, tras ser condenados los Templarios y disuelta su orden. Se conserva la iglesia, de la que destaca su campanario.

Tanto nos habían advertido sobre la dureza del ascenso al alto del Poio, que subimos los trescientos metros con toda facilidad, tras haber tomado agua y una onza de chocolate negro. (La pomada para las ampollas y el chocolate nunca deben faltar en la mochila del peregrino). Es el punto más alto del Camino Francés de Galicia, desde donde se divisa la sierra del Rañadoiro que, con el valle que se extiende a sus pies, conforma paisajes de matices verdes que hacen soñar.

Es una delicia compartir un rato de charla con los lugareños de esas tierras aisladas del mundo hasta hace poco. Hablar con los viejos es uno de los placeres de la Ruta. Es una lástima que hagamos un esfuerzo tan grande con el único fin de llegar a la meta. Siempre digo que entrar en el Camino y que él no entre en nosotros es conseguir el objetivo solo a medias.

Los viejos de Galicia cuentan historias reales que la tradición oral ha llevado hasta ellos. Además las narran en gallego y eso las hace aún más apasionantes. En las tascas siempre pedíamos que nos sintonizaran la televisión autonómica para oír hablar el idioma dulce de los descendientes de los celtas y los suevos. La toponimia de las aldeas se corresponde fielmente con los elementos que las representan y que íbamos viendo: Fonfría en alusión a la fuente que brota a nuestro paso, o Biduedo, lugar donde crecen a discreción los abedules de troncos plateados. Pasantes y Ramil indicaban que estábamos cerca de la meta. En esta última era costumbre hacerse fotos al lado del castaño centenario.

El descenso continuaba entre árboles de grandes copas, monte bajo de uces y prados de hierba verde que alimenta las vacas gallegas desde hace siglos. A veces teníamos que compartir el Camino con ellas cuando hacían el recorrido del campo al establo o viceversa. En los pueblos siempre se ve algún perro soñoliento que no se extraña ante el ir y venir de peregrinos. Algunos romeros viajaban con el suyo y compartimos experiencias. Los extranjeros se quejaban de lo atrasada que está España en comparación con otros países europeos, en cuanto a la admisión de mascotas. Galleta que es una perrita preciosa con la que me comunico por telepatía, cosa imposible con los empleados de recepción de los hoteles, que solo saben inglés y francés, viaja casi de manera clandestina, porque las mascotas no tienen derechos. Por eso no me ha quedado más remedio que aprender a trampear.

Algunos paisanos nos ofrecían manzanas y otras frutas de sus huertas, imitando a los antepasados que practicaban la buena acogida y la caridad con los santiaguistas.

Cuenta la tradición que, en la Edad Media, los peregrinos cogían una piedra de una cantera cercana a Triacastela y la llevaban hasta Castañeda, un lugar entre Arzúa y Melide donde se encontraban los hornos en los que cocían las piedras de cal para formar la argamasa para construir la catedral compostelana. Es de suponer que sería una piedra pequeña, si no los pobres llegarían aún más exhaustos. Puede que fuera un sacrificio a mayores. Eran tiempos de auténtica fe, en los que ganar una indulgencia plenaria era la mejor recompensa.

Aún había bastante luz natural cuando entramos en Triacastela, la villa de los tres castillos, fundada en el siglo IX por el conde Gatón de El Bierzo. Fuimos directos a la iglesia de Santiago, un bello edificio de origen románico y una torre del siglo XVIII que luce en uno de los cuerpos una inscripción y las figuras de los tres castillos que dieron nombre al municipio.

Cuando llegamos ya había terminado la misa, pero pudimos participar en la bendición del peregrino, un galardón al alcance de cualquier romero. La única condición es desearlo. Es sin duda el colofón más glorioso con el que poner fin a una etapa.

En la villa había más gente que de costumbre. Entre veraneantes, turistas y peregrinos no había una sola plaza libre en los albergues. Gracias a eso pudimos conocer Casa Pacios, donde nos recibieron como a auténticos romeros.

Aún no habíamos decidido quiénes iríamos al día siguiente a Samos. Yo estaba más que dispuesta, aunque para ello tuviese que hacer algún sacrificio extra. Visitar lo que fue a lo largo del tiempo el bastión jurisdiccional y religioso de esas tierras, bien merecía un madrugón.

En el Medievo, cuando los peregrinos volvían después de haber abrazado al Apóstol, a los que estaban sanos, si presentaban el certificado de haber llegado a Compostela, los monjes del monasterio les regalaban ocho maravedíes; y esa cantidad se elevaba a veinticuatro si se trataba de enfermos, a los que además les proporcionaban médico, enfermero y otros cuidados. Eso compensaba las inclemencias del tiempo, la falta de pan y los peligros de algunas zonas, donde pasaban auténtico miedo porque eran asaltados y, en muchos casos, asesinados. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero hay que exaltar el trato caritativo que los benedictinos daban al caminante.

Estaba muy cansada, más aún que en las primeras etapas. Tras tomarme un vaso de chocolate caliente me despedí de todos y me retiré a dormir. Tenía que estar bien al día siguiente o, mejor dicho, dentro de unas horas.

—Chicos, me voy. Mañana voy a levantarme a las cinco. No sé lo que habéis decidido, pero Sergio y yo queremos ir al Monasterio de Samos y volver para hacer el trayecto a Sarria todos juntos. Si alguien se apunta… que lo diga ahora o que calle para siempre.

—Yo también quiero ir —dijo Virginia mirando a Enrique—. Vamos, ¿no?

—Sí, sí —contestó con euforia—. La abadía de Samos merece la pena. Estuve hace algunos años. Ahí vivió uno de los gallegos más relevantes del siglo XVII, Benito Feijóo y Montenegro, conocido como el padre Feijóo, de fama internacional. Además hay un río… El entorno es precioso.

Me llevé una sorpresa. Al final todos habían abrazado la idea de ir al monasterio, excepto Marta y Juan. Ellos se tomarían su botella de vino a la cena en el mejor restaurante de la villa, después sus copas, y al día siguiente dormirían hasta las once. Era su manera de vivir, pero eran muy coherentes y no iban de espirituales y profundos. Muy al contrario, se reían un poco de eso. Ellos eran epicúreos y defendían el culto al placer por encima de todo. Aunque, a veces, también mostraban su puntito trascendente.

Me sentía tan agotada que no tuve fuerzas para llenar la bañera y ponerme a remojo un buen rato, para relajarme como hacía otras veces. Encendí la luz del fondo, retiré la colcha, me descalcé y me dejé caer encima de la cama.

Sergio subió enseguida. Lo oí llegar medio en sueños, pero debió verme muy dormida porque no me dijo ni palabra. Lo oí moverse despacio por la habitación y escribir algo en el portátil. Seguro que pasaba las notas que había ido tomando durante el día. No sé si fue real o lo soñé, pero me pareció que se sentaba a mi lado y me tocaba la espalda entre masaje y caricia. Sentí que me echaba algo por encima, y así estaba al día siguiente cuando sonó la alarma del móvil. Eran las cinco en punto de la madrugada.

(Extracto de mi novela El Códice de Clara Rosenberg).

 

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