A las ocho y cuarto de la mañana del jueves 15 de diciembre de 1994 Francisco Javier García Gaztelu, alias Txapote, y un segundo miembro de la banda terrorista ETA, asesinaron por la espalda y a bocajarro en Lasarte (Guipúzcoa) al sargento de la Policía Municipal de San Sebastián, ALFONSO MORCILLO CALERO. Hasta ahí los había trasladado, en un vehículo propiedad de su padre, Valentín Lasarte que, además, se había ocupado de hacer el seguimiento previo a la víctima. Una vez cometido el asesinato, Lasarte ayudó a los pistoleros de la banda a huir del lugar del crimen. Alfonso Morcillo acababa de salir de su domicilio, con el uniforme reglamentario, y se disponía a ir a su puesto de trabajo en San Sebastián. Apenas había recorrido unos metros cuando fue tiroteado por los asesinos de la banda. A su mujer, Caty Romero, la avisaron por el telefonillo:

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“A los quince minutos de irse sonó el telefonillo y pensé que se habrían equivocado. Yo apenas conocía gente en el barrio y él era un hombre muy atento, y si se había olvidado algo estaba segura de que, antes de molestar, subiría los cuatro pisos de nuevo”(…) El interfono volvió a sonar y a la tercera decidió descolgarlo. “Al otro lado, una persona me dijo que bajara, que mi marido estaba mareado en el suelo. Bajé corriendo, con el pijama puesto y un anorak para resguardarme de la llovizna. Justo debajo de la ventana de mi habitación me lo encontré tumbado, al lado de la salida de un garaje. Creía que se había tropezado con el bordillo y se había dado un fuerte golpe en la cabeza, porque estaba en medio de un enorme charco de sangre” (soitu.es, 07/09/2009).

Allí tirada en la acera, cogida a la mano de su marido, permaneció bajo la lluvia durante unos veinte minutos sin que nadie acudiera en su ayuda. Los efectivos de la Cruz Roja y de la Ertzaintza atendieron a Alfonso y a Caty (en estado de shock) y los trasladaron a cada uno en una ambulancia a la Residencia Nuestra Señora de Aránzazu.

Esa clínica estaba a tres minutos de mi casa, pero yo veía que mi ambulancia iba muy lenta. Claro, estaba hecho con la intención de que no coincidiera con mi marido en la entrada. Al llegar me encontré en la puerta a Odón Elorza, a Gregorio Ordóñez, Mikel Gotzon Santamaría, jefe de la Policía Municipal… Allí me comunicaron que Alfonso había sufrido un atentado de ETA y acababa de morir en el traslado (soitu.es, 07/09/2009).

Según el primer parte médico emitido por el Hospital Nuestra Señora de Aránzazu, Alfonso Morcillo presentaba al ser ingresado “herida de bala con entrada a nivel frontoparietal derecho con salida a nivel occipital izquierdo”. En el lugar de los hechos la Ertzaintza encontró un casquillo de bala del calibre 9 milímetros parabellum.

La víctima era el máximo responsable de la la Unidad de Investigación, lo que le convertía en el número dos del cuerpo de la Policía Municipal, por debajo de Santamaría. En los últimos meses del año 1994, Morcillo estaba investigando a los topos que la banda terrorista ETA tenía dentro de la Policía Municipal lo que le puso en el punto de mira de la banda. Su viuda, Caty Romero, lo contó en septiembre de 2009 en el reportaje de la serie “10 viudas más fuertes que ETA” del diario digital soitu.es:

Se sospechaba que había ‘topos’ etarras dentro de la Guardia –como quedó demostrado posteriormente con varias detenciones – y que la organización criminal aprovechaba las instituciones democráticas precisamente para acabar con ellas. Por aquel entonces, Gregorio Ordóñez, que era teniente de alcalde y parlamentario en Vitoria, lo sacó a la luz, justo cuando Alfonso estaba realizando una investigación interna. Enrique Nieto, jefe de la lucha antiterrorista en Guipúzcoa también tenía sus sospechas (soitu.es, 07/09/2009).

Durante muchos meses “Morcillo se afanaba en hacer acopio del suficiente número de pruebas como para demostrar, por saturación, que había agentes de la Policía Municipal de San Sebastián con doble vida; por la mañana regulaban el tráfico, por la tarde pasaban información a ETA” (José María Calleja, ¡Arriba Euskadi! La vida diaria en el País Vasco, Espasa Calpe, 2001).

En poco menos de diez meses ETA asesinó a Morcillo, Ordóñez y Nieto, poniendo de manifiesto que sus investigaciones iban, como finalmente se demostró, en la buena dirección. El alcalde de San Sebastián, el socialista Odón Elorza, señaló tras el atentado que Alfonso Morcillo era “un guardia municipal excelente, uno de los mejores miembros de la plantilla y querido por todos sus compañeros”.

Francisco Javier García Gaztelu, alias Txapote, inició su sanguinaria carrera precisamente con el asesinato de Alfonso Morcillo. Tanto él como Valentín Lasarte han sido juzgados por asesinatos como los de Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica, Miguel Ángel Blanco o Enrique Nieto. En 1998 la Audiencia Nacional condenó a 29 años de reclusión mayor a Valentín Lasarte Oliden por cooperación necesaria en un delito de atentado con resultado de muerte y a indemnizar a los herederos legales de Alfonso Morcillo. Meses después, la viuda de Alfonso Morcillo se encontró con la madre y la compañera sentimental del asesino de su marido portando un cartel con su foto por las calles del barrio donostiarra de Gros. Caty no pudo reprimirse y cruzó la calle para recordarles que llevaban la imagen de un criminal. “Ellas me espetaron a la cara un ‘anda, que se joda tu marido bajo tierra’ y otros familiares de presos intentaron agredirme” (soitu.es, 07/09/2009). En 2006 fue condenado Txapote a 29 años de prisión mayor por el asesinato del sargento Morcillo. Juan Ramón Carasatorre Aldaz, alias Zapata, que presuntamente fue el pistolero que acompañó a Txapote el día del atentado, fue juzgado en septiembre de 2011 por el asesinato de Morcillo, quedando absuelto por falta de pruebas pese al testimonio incriminatorio de Lasarte Oliden. El tribunal valoró como insuficiente y “manifiestamente falaz” la declaración del disidente de ETA Valentín Lasarte en contra de Zapata. Por otra parte, el atentado contra el sargento Morcillo fue ordenado por Francisco Javier Arizcuren Ruiz, alias Kantauri, según se recoge en la sentencia por la que se absuelve a Carasatorre de su participación en los hechos.

Alfonso Morcillo Calero tenía 40 años y era natural de Medellín (Badajoz). Estaba casado en segundas nupcias con Caty Romero Lucas y tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Era miembro de la Policía Municipal de San Sebastián desde hacía diecisiete años y compaginaba su puesto en la Unidad de Investigación, sección dedicada principalmente a luchar contra el “tráfico de drogas, la delincuencia común, robos, atracos y delitos similares”, con sus estudios de Derecho en la Facultad de San Sebastián. Caty se enamoró de Alfonso en el verano de 1990, cuando tenía 28 años. Los hijos del agente habían sacado malas notas en sus estudios y su padre los envió a Medellín a estudiar. Pidió a la madre de su primera mujer, de la que ya estaba divorciado, que les buscase una profesora particular para los meses de julio y agosto, y su exsuegra pensó en su sobrina Caty, licenciada en Historia. A finales de ese mes de agosto, Alfonso fue al pueblo a recoger a sus hijos. “Yo me quedé prendada de él. No sé lo que nos atrajo, pero me invitó a pasar unos días en San Sebastián y a la semana de estar allí me pidió que me quedara”, rememoraba Caty en soitu.es, así como el momento en el que dio la noticia a su familia “tradicional y muy católica, donde no sentó muy bien que me fuera a vivir con un hombre separado y que me sacaba ocho años”.

En la capilla ardiente, Caty se hizo la promesa de quedarse en el País Vasco para luchar por la memoria de su marido a costa de estar sola y lejos de su familia. Tras el funeral en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de San Sebastián, los restos mortales de Alfonso fueron trasladados a Medellín donde le hicieron un homenaje en la plaza del pueblo bajo una fuerte tormenta – “pues el párroco se negó a ceder la iglesia porque Alfonso era evangélico” – antes de enterrarlo. Tras descansar unos días decidió regresar al País Vasco. En Lasarte el ambiente era asfixiante por lo que, tras una temporada en Madrid, decidió ir a San Sebastián y pedir ayuda en el Ayuntamiento para encontrar algún trabajo. Ella, que era profesora, empezó a hacer sustituciones limpiando colegios. Además de lo que se tardaba en tramitar las indemnizaciones en esa época, Caty era la segunda esposa, y la pensión se dividía en función de los años de casada. Además de la precaria situación económica, Caty ha tenido que soportar, como tantos otros familiares de asesinados por la banda, el vacío social por parte de sus compañeras de trabajo cuando éstas se enteraban de que era viuda de un asesinado por ETA.

Con motivo de un homenaje que el Ayuntamiento de San Sebastián rindió a Alfonso Morcillo en 2006, al que asistieron también sus dos hijos y su madre, la primera mujer de Alfonso, Caty Romero recordó que ETA asesinó a su marido para “extender el terror”, porque su asesinato hizo que “algunos callaran” ante el temor de “que pudiera ocurrirles lo mismo. El miedo selló algunas bocas”. Dos años antes, cuando se cumplió el décimo aniversario, Caty había pedido a Odón Elorza que se colocase una placa en recuerdo de Alfonso Morcillo en las dependencias de la Guardia Urbana en el Ayuntamiento, petición que quedó en el olvido. La viuda del agente Morcillo lo denunció mediante carta pública a los medios de comunicación, lo que provocó una airada respuesta de Elorza.

Caty no se plantea irse del País Vasco porque “todavía queda mucho por hacer” (El País, 10/11/2010). Desde Covite realiza una gran labor de apoyo a las víctimas de ETA: “Ha sido un bálsamo para mí. Escuchar sus historias, con hijos, solas, sin posibilidad de trabajar, ha hecho que pueda relativizar un poco mi propio dolor” (soitu.es, 07/09/2009).

Alfonso Morcillo fue la decimotercera y última víctima mortal de la banda terrorista ETA en el año 1994.

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