Aproximadamente cinco minutos antes de las 15:00 horas del lunes 11 de diciembre de 1995, la banda terrorista ETA hacía estallar un coche-bomba en el madrileño barrio de Vallecas al paso de una furgoneta camuflada de la Marina, hiriendo a casi medio centenar de personas y segando la vida de seis trabajadores civiles de la Armada: MANUEL CARRASCO ALMANSA, conductor de la Administración Militar; FLORENTINO LÓPEZ DEL CASTILLO, conductor mecánico; MARTÍN ROSA VALERA, chófer oficial; JOSÉ RAMÓN INTRIAGO ESTEBAN, mecánico; SANTIAGO ESTEBAN JUNQUER, funcionario administrativo y FÉLIX RAMOS BAILÓN, oficial de arsenales en el Parque de Automóviles de la Armada.

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El lunes 11 de diciembre de 1995, como cada día laborable, ocho trabajadores civiles volvían a sus domicilios, en unas viviendas militares de la calle Peña Prieta, a bordo de una furgoneta blanca de la Armada. En torno a las 14:55 horas, en la confluencia de las calles Peña Prieta y Francisco Iglesias del barrio de Vallecas, en Madrid, a muy pocos metros de una de las vías de salida a la M-30, hizo explosión un coche-bomba colocado por miembros del grupo Madrid de la banda terrorista ETA. El coche-bomba había sido cargado con unos cincuenta y cinco kilos de amonal y entre dos y tres kilos de dinamita o exógeno, y aparcado en un punto en el que los vehículos se veían obligados a reducir la velocidad.

En total, los asesinados dejaban seis viudas y veintiocho huérfanos. Los otros tres ocupantes del vehículo -Pedro Díaz, Fidel Rico y Manuel García-, sufrieron gravísimas heridas. Manuel García Muñoz, de 40 años y tornero de profesión, fue ingresado en el Hospital de Getafe con pronóstico muy grave, presentando traumatismo craneoencefálico severo, contusión pulmonar, lesión pulmonar por inhalación de gases, quemaduras en la cara y en el 30% del tronco superior, quemadura de la vía aérea superior y fractura del antebrazo derecho y también de la tibia derecha. Fidel Rico Moreno fue ingresado en el Hospital Gregorio Marañón en estado muy grave, con erosiones múltiples, contusión pulmonar, quemaduras de primer y segundo grado, traumatismo craneoencefálico, estallido del globo ocular izquierdo y fractura del tobillo izquierdo. Al Hospital Clínico fue llevado el oficial de arsenales y conductor Pedro Díaz Bustabat, también muy grave al igual que los otros supervivientes del vehículo. Pedro Díaz, de 49 años, fue ingresado con quemaduras en la cara, insuficiencia respiratoria y fractura abierta de la pierna izquierda, así como otras fracturas en el hombro izquierdo y la pierna derecha. Entre los vecinos y viandantes que sufrieron heridas de más gravedad estaban María Antonia Rosa Estruch, Basilea Vargas, de 20 años y embarazada de seis meses, Miguel Ángel Puerta, de 36 años, Aurora Bailén, de 61 años, y Araceli Campos, de 52 años.

Las descripciones efectuadas por los testigos presenciales hablaban de cuerpos destrozados y de vehículos calcinados por las llamas. Muy cerca del lugar del atentado se encuentran un ambulatorio, una parada de autobús y el colegio Divina Pastora. La explosión causó también numerosos daños materiales, haciendo saltar por los aires escaparates, cornisas y ventanas de edificios en un diámetro de cincuenta metros. Además, se originó un incendio que acabó devorando muchos de los vehículos aparcados en los alrededores. Las imágenes eran dantescas. Uno de los primeros vecinos que acudió al lugar para ayudar en las labores de rescate explicó que “a una de las personas que estaba en el suelo la tibia le salía por el talón, otra tenía las tripas fuera… más allá, otra con las piernas amputadas”. En similares términos se manifestaba otra de las víctimas: “Comenzaron a llover cristales y pedazos de metal. Salí del coche velozmente. Sobre la calzada vi un brazo ensangrentado arrancado de cuajo. Me encontraba a unos metros del lugar de la explosión”.

En medios de la lucha antiterrorista, el atentado fue interpretado como el apoyo expreso de la banda terrorista ETA a los cabecillas de la Koordinadora Abertzale Sozialista (KAS), coincidiendo con un momento en el que el Partido Nacionalista Vasco y sectores de los socialistas vascos, habían redoblado sus esfuerzos por iniciar nuevos procesos de negociación y diálogo con ETA y Herri Batasuna. El clima político en el que tuvo lugar la matanza de Vallecas se había visto enrarecido, semanas antes, por unas manifestaciones del presidente del PNV, Xabier Arzalluz, en las que calificaba a los pistoleros de ETA como “patriotas vascos”, mientras que días después el portavoz del mismo partido, Joseba Eguíbar, se había referido a los etarras recluidos en las cárceles como “presos políticos”. Los grandes atentados de la banda, según la coordinadora KAS y tal y como se recogía en el documento “Kalamarro”, servían para fortalecer a la banda. En el texto, los proetarras se felicitaban, por ejemplo, de cómo el asesinato de Gregorio Ordóñez había servido para frenar disidencias internas en la propia ETA.

El día 12 de diciembre, a las nueve de la mañana, se instaló la capilla ardiente, en la Agrupación de Infantería de Marina, situada en la calle de Arturo Soria. El mismo día tuvo lugar el funeral por el alma de los seis trabajadores asesinados, en medio de escenas de tensión, dolor y gritos de indignación en contra de ETA y del Gobierno, por parte de familiares y compañeros de los fallecidos. El funeral, que se celebró en el Cuartel General de Infantería de Marina, fue presidido por el ministro de Defensa, Gustavo Suárez Pertierra, con la asistencia de un millar de personas entre las que se encontraban representantes de todos los partidos políticos.

A las 11:45 horas de la mañana, los seis féretros, cubiertos con la enseña nacional, fueron transportados a hombros de militares y civiles hacia el altar instalado en la capilla del acuartelamiento. En las primeras filas, a poco más de un metro de los ataúdes, se situaban las seis viudas, los veintiocho huérfanos y los hermanos y padres de las víctimas. La ceremonia terminó con los acordes de la marcha fúnebre, que sonaron después de que se cantara la Salve Marinera. Mientras los seis féretros eran transportados hacia los coches por treinta y seis voluntarios, tuvieron lugar los momentos de mayor tensión. Los múltiples aplausos no pudieron silenciar las voces de dos o tres de los familiares de las víctimas, que profirieron gritos pidiendo la dimisión del Gobierno y la muerte “para los hijos de puta de la ETA”. Uno se dirigió a los políticos diciendo “sois todos basura, hay que matar a los criminales”.

Tal y como ocurriera tras otras masacres de la banda asesina ETA, fueron numerosas las reacciones desde todos los ámbitos de la sociedad: instituciones y partidos políticos manifestaron su repulsa y desde la Casa Real se enviaron condolencias a los familiares de las víctimas. La Asociación Nacional de Policía Uniformada, ANPU, se dirigió expresamente al portavoz del PNV, Joseba Eguíbar, por sus recientes palabras en las que calificaba a los etarras encarcelados como presos políticos, para que “ante la nueva manifestación de los futuros ‘presos políticos’, que tarde o temprano las Fuerzas de Seguridad pondrán en manos de la Justicia, dé una respuesta que pueda devolver a los familiares de las víctimas a los seres queridos, que tan vilmente les han sido arrebatados”.

Una de las voces más contundentes contra los responsables de la matanza de Vallecas fue la del entonces coordinador de Izquierda Unida, Julio Anguita, que se refirió a los etarras como “mugre” y “basura”, afirmando que “no estamos ante unos patriotas, sino ante una jauría de auténticos hijos de perra”. El líder de IU manifestó que “con los terroristas no se negocia, lo decimos ahora que hay sangre y cuando no hay sangre”. José Barrionuevo, que en ese momento estaba siendo juzgado por su responsabilidad en el terrorismo del GAL, afirmó que para combatir el terrorismo “hay que utilizar todas las armas que la ley otorga, sin exclusiones”.

En octubre de 2007 la Audiencia Nacional condenaba a dos de los etarras responsables de la masacre de Vallecas. Así, la Audiencia condenaba al dirigente etarra Juan Antonio Olarra Guridi, alias Jokin y a Ainhoa Múgica Goñi, alias Olga, a cumplir un máximo de 30 años de reclusión mayor, sumando condenas por 1.243 años, al considerarlos responsables de seis delitos de asesinato y cuarenta y cuatro delitos de tentativa de asesinato, además de los delitos de integración en banda armada y estragos. Según la sentencia, ambos terroristas fueron quienes recogieron la información sobre los movimientos de la furgoneta de la Armada en la que viajaban las víctimas, sin la cual no se habría llevado a cabo el atentado.

Manuel Carrasco Almansa, de 56 años y natural de Almadén (Ciudad Real), estaba casado y tenía cuatro hijos. Manuel había ingresado como conductor de la Administración militar veintitrés años antes de su asesinato, en 1972. Los restos mortales de Manuel Carrasco fueron enterrados en el cementerio de Carabanchel.

Florentino López del Castillo, de 55 años y originario del barrio de Aravaca (Madrid), estaba casado y tenía siete hijos. Era conductor mecánico de la Armada y en el momento del atentado que acabó su vida conducía la furgoneta en la que viajaban, junto a él, los otros cinco fallecidos. Florentino López llevaba trabajando en la Administración militar desde 1969. Fue enterrado en el cementerio de Aravaca.

Martín Rosa Valera, de 61 años, era natural de Mancha Real (Jaén), donde fue enterrado. Estaba casado y tenía tres hijos. Al igual que Florentino López, Martín era conductor mecánico de la Armada en el Parque de Automóviles número 1. Ingresó en la Administración militar en 1975, por lo que llevaba veinte años de servicio cuando ETA le arrebató la vida. En mayo de 2006 el diario El Mundo recogió testimonios de algunas de las víctimas del atentado de Vallecas. En el artículo, María Dolores Rosa, hija de Martín, decía sobre su padre: “Pese a que han pasado 10 años, mi madre no se ha recuperado todavía; ni creo que lo haga nunca. Sigue tomando antidepresivos. Nos tuvimos que marchar de Madrid a Jaén para estar con ella […] Pero quizá la parte más dura es saber que mi padre tardó casi una hora en morirse. Falleció en el 12 de Octubre. La obsesión de mi madre era y es conocer cómo pasó esa última hora; si era consciente, si tuvo muchos dolores, si se dio cuenta de lo que ocurrió […] Yo quitaría el mes de diciembre del calendario. Aquel día, mi madre perdió la ilusión por todo. Ni siquiera con sus seis nietos ha recuperado las ganas de vivir […] Él, que tenía 61 años, quería jubilarse y venirse a vivir al pueblo a los 64 años. Todo lo que ahorraba lo invertía en la casa del pueblo, en la que ahora estamos nosotros. Soñaba con regresar y disfrutar de la jubilación […] Él decía: ya verás, en tres añitos me jubilo y a disfrutar. Era el típico de los años 50 y 60: emigró a Madrid y trabajó toda su vida. Cuando murió, trabajaba hasta 12 horas diarias”.

José Ramón Intriago Esteban, de 43 años, natural de Madrid y mecánico de la Armada, estaba casado con Concepción Sáez y tenía tres hijos de 19, 17 y 8 años en el momento de su fallecimiento. Según se recoge en “La Cosecha del Odio”, un artículo de ABC dedicado a las víctimas del atentado de Vallecas (ABC, 17/12/1995), José Ramón era hijo de un trabajador de la Armada y había abandonado los estudios en el instituto debido a la estrechez económica en la que vivía su familia, empezando a trabajar desde muy joven como aprendiz de mecánico en la Armada. Su gran pasión era el fútbol. Los restos mortales de José Ramón Intriago fueron enterrados en el madrileño cementerio de La Almudena.

Santiago Esteban Junquer era funcionario administrativo de la Armada y tenía 58 años cuando fue asesinado. Fue enterrado en el cementerio de Colmenar Viejo. Estaba casado con Isabel Rodríguez y tenía ocho hijos, cinco de un matrimonio anterior y tres con Isabel. Santiago, natural de Collado-Mediano (Madrid), era un gran aficionado a la caza. Su hijo Santiago se refirió al asesinato de su padre a través de la emisora de radio M-80, el mismo día del atentado por la noche, diciendo que “estos asesinos que me expliquen por qué han matado a mi padre. Que me digan, cuando he ido a ver a mi padre, a reconocerle hecho pedazos, el porqué. Necesito una explicación, y que me digan estas Navidades, quién va a traer a mi padre. ¿Quién me lo va a decir? ¿Estos presos políticos que viven como reyes en las cárceles? ¿Ellos, que están sentados cómodamente allí o toda ese serie de políticos que no hacen nada?”. En el citado artículo de ABC, “La Cosecha del Odio”, publicado seis días después del atentado, se recogen testimonios de su viuda, Isabel, que explicaba cómo ella y los chicos le dieron la terrible noticia a la madre del difunto, de 91 años: “Perder un esposo es duro, pero mucho más cruel tiene que ser perder un hijo […] Se alegró tanto de vernos… enseguida intuyó algo: ¿Le ha pasado algo a mi hijo? –Sí, abuela, está malo. –¿Pero muy malo? –Sí, abuela, malo, malo. -¿Está muerto? –Sí, abuela, está muerto”. Según se recoge en Vidas rotas (Alonso, R., Florencio Domínguez, F. y García Rey, M., Espasa, 2010) durante el juicio por el atentado de Vallecas, en 2007, Santiago Esteban Rodríguez declaró que “aquel día entró en mi casa la oscuridad, el silencio, el dolor, la desesperanza. No sólo mataron a mi padre, mataron a mi mejor amigo, a mi confidente, a la persona que más queríamos” y explicó cómo a raíz del atentado su familia sufrió “una fuerte desestructuración”, hasta el punto de que uno de los hermanos llegó a sufrir esquizofrenia paranoide, teniendo que ser recluido en un hospital psiquiátrico. En octubre de 2008, en unas jornadas organizadas por Gesto por la Paz, habló Paloma Esteban, también hija de Santiago Esteban Junquer y aprovechó para explicar cómo su padre, en el momento de su muerte, estaba ilusionado con la boda de su hija, en la que “iba a ser el padrino”. Paloma contrajo matrimonio, pero una vela encendida ocupó el asiento vacío de su padre.

Félix Ramos Bailón, natural de Madrid y de 55 años, estaba casado y tenía tres hijos cuando fue asesinado. Félix era chapista de la Armada, cuerpo en el que había ingresado en 1980. Allí desempeñaba la labor de oficial de arsenales en el Parque de Automóviles número 1. Años después de su asesinato, en 2005, el novio de una de sus hijas le recordaba, a través de las páginas del diario El Mundo, como “un buen tipo, muy buen hombre. Le gustaba su casa. Era muy hogareño”. Félix Ramos fue enterrado en el cementerio de Carabanchel.

Durante el funeral por el alma de los seis trabajadores se les impuso a cada uno de ellos, a título póstumo, la Cruz al Mérito Naval con distintivo amarillo. Posteriormente, en febrero de 2000, por Real Decreto 310/2000, recibían, también a título póstumo y con carácter honorífico, la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo.

1984 – Película Completa en español