Espérense que ahora me han entrado a mí ganas de contarles la verdadera historia de toda esa basura que se han montado a mi costa por la cara dos zurdos cachondones, más calientes que los palos de un churrero y aburridos como dos gallinatas viejas picoteando en el corral de su propio aburrimiento.

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Ninguno de los dos está en condiciones ya de ejercer el periodismo en serio y no por las cosas de la edad, así que, en lugar de marcharse al casino a jugar al dominó, pq además el confinamiento los tiene de los nervios y duermen poco por las noches con las pastillas de la enjundia y todo eso, se dedican a manchar sus brillantes curricula de avezados componedores de extorsiones y chantajes al servicio de sus mejores postores. Una lástima.

Nada que alegar sobre sus viejos negocios, de mamporrero el uno y deinventor de chismorreos amenazantes el otro, siempre a punto los dos, en cualquier caso, de destapar el watergate de sus propias vidas, que son ambas muy distraídas y darían para sendas novelas de no-ficción en los escaparates de las librerías de viejo…

Pues bien, resumiendo (que no crean tampoco que tengo yo muchas ganas de aburrirles con ese pajilleo de pacotilla de ambos, pero en fin…), a lo que vamos, que a un meningocócico con ínfulas se le ocurre permitir que alguno de sus viejos pagadores le intoxique con un poco de la basura al uso para encanallar a otro que pasaba por allí (casualmente yo) porque le jode mucho o poco no salir por las ondas hertzianas o que no lo bañe el rayo catódico de la modernidad de colorines entre cuatro paredes al que llamamos por estos lares televisó.

Sea por lo que fuere, en lugar de aplicar su enjundiosa y entretenida capacidad de análisis (ya digo que a lo largo de toda su vida en favor de sus sempiternos pagadores) deciden ambos ponerse a plancharle la ropa al chachi. Y uno, que no es perfecto y ni siquiera San Antonio de Padua, pues qué quieren que les diga, acumula algunas multas, todas ellas, esto sí, pagadas con el justiprecio establecido por la autoridad competente cuando era el caso.

Pues nada, que lo meten todo ahí y en vez de aplicar sus viciadas entendederas para deslindar mis opiniones de la realidad contrastable en el Informe Anual de la Fiscalía, aseveran que yo defiendo que el 70% de las víctimas de asesinatos sean o son (no me queda claro) varones, cosa que, como pueden imaginar, no es culpa mía ni nadie me pregunta si debemos o no cambiar o falsear tan contundente dato estadístico que, al parecer, a los dos secuaces les jode mucho, no sé.

Sea como fuere, lo cierto es que el uno vuelca o hace que le vuelquen sobre su mesa un cartucho no de adobo, calamares y pedacitos, sino de pura mierda y que le llueva a ese tipo de la foto que le amarga la jornada cada vez que sale en lo que él está en su legítimo derecho de considerar que ha sido siempre su segunda casa, de tantos años como llevaba yendo a comer allí a cada hora a cantarle el cumpleaños feliz a algunos de sus pagadores.
Ante tamaño volquete de basura que le cae al que pasaba por allí (o sea, yo), el otro avezado escualo, tan roñoso como el anterior y tan sensible a la vida privada de la gente y no a la suya, que, ya digo, le daría para un libro muy entretenido sin necesidad de pasar por la enfermería ni hablar de pisos y alquileres, parece que se excita y fumiga toda esa basura en su portal de Twitter para animar el ambiente y montar orgías en privado con su propia plebe… jiji y jaja…, ya saben.

Hete aquí, en cambio, que a partir de algún momento uno y otro empiezan a caer en la cuenta de que a lo mejor no es tan diver lo que proponían y que lo mismo han calumniado, injuriado, insultado, vejado, acosado y escupido sin sentido sobre uno que paseaba por la calle que se parece al retrato que de él han pretendido hacer lo mismo que un sindicalista de clase a un tipo honrado.

El primero de ellos corre entonces a refugiarse en los silencios de su chucho, ese mismo al que le ha copiado el gesto que ya no hay forma de saber quién pasea a quién; y el otro, que también menea el rabo, descubre con sorpresa que lo mismo se ha tragado una catalina que le ha colocado en bandeja su colaborador en los negocios, momento en el cual decide que tiene más gastos seguir con su discurso de mentira que pegarse media vuelta y salir huyendo camuflado en el revuelo y con un batiburrillo de palabrería que a los dos les sale gratis y aparentar que él no iba con su socio con la intención de atracar el banco, sino que también pasaba por allí (como yo o como cualquiera) y prefiere ahora aparentar que me perdona la vida y me concede con magnanimidad el derecho a opinar de lo que me pregunten y lo que yo quiera… Muchas gracias, hombre, Dios te lo pague con un buen novio, que es lo que suelen decirle las viejas de mi pueblo a las muchachas que les hacen un mandao.

Total, que el plan que se habían montado ambos de atracar el estanco, en vista de que concitaba a demasiada gente y que hasta algunos guindillas se habían congregado en los alrededores, se les desinflaba y uno de ellos salió corriendo a enmascarar sus intenciones y para que no quedara duda decidió cargar la suerte acusando a su compinche de que pretendía robar tres cartones de tabaco: “¡Es él, ha sido él!”, decía. De modo que mientras uno se escondía en la trastienda con el chucho, el otro disimulaba y se erigía en salvador de la patria al que, no lo duden, yo debería estarle agradecido por su noble y limpia actitud… por los cojones.

Luego llegó la pasma, tarde, como siempre en las películas, ya saben, y en su atestado dijo que gracias a un buen hombre pudieron frenar lo que parecía y estaba claro se trataba de un asalto innoble y mezquino contra un paseante distraído al que le asomaban las llaves del coche por el bolsillo del pantalón. Del otro, como se hizo pasar por su chucho, no se dijo nada porque a la Policía le pasó desapercibido y aquí paz y después gloria.

Síganles la pista a esos dos bribones y no los pierdan de vista porque son reconocibles y siempre emplean parecida táctica para el asalto. El uno, que por desgracia corre poco y mal, es un Mortadelo que se mimetiza con su perro. El otro, que tiene los reflejos de las cantantes de copla que conocen a su público y saben al instante sobre el escenario si es preferible atacar “Ojos verdes” o mejor “Las cinco farolas”, se pone digno como un rábano tieso a componer la figura pinturera de los toreros mediocres y cobardes. Aunque lo cierto es que uno actúa como el Gara o el Diario Egin, colocando la diana sobre el objetivo a extorsionar y luego vienen los sicarios a disparar a quemarropa en comandita.

Son tan soberbios, y sobre todo tan cretinos y tan malas personas, que se piensan que sólo porque los demás caminamos relajados por la vida, eso significa que pueden permitirse el lujo de robarle la cartera a cualquiera sin que nos demos cuenta. Ya no aprenderán nunca que los conocemos de sobra y siempre estamos en alerta esperando a estos secuaces detrás de la casa-puerta y cuando llegan con la pistolita cargada se encuentran con un cartuchazo de postas en sus culos…, por gilipollas.

Y en eso queda todo, los dos disimulando y silbando al techo como si nunca hubieran roto un plato, los dos muy dignos (y cobardes) cuando tienen el trastero con la cacharrería y el estropicio de las vajillas rotas de medio Ministerio.

Y yo, mirando absorto a la delincuencia.

Post Scriptum: Lo único inquietante de toda esta historia es que uno de ellos al poner su titular se confiesa o le traiciona el subconscientes porque se ha fijado en… mi culo. Francamente, eso me alarma.

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