jaurías

Más allá del asombro, a cualquier español razonable le ha de causar rechazo no sólo la actual política de su país, también gran parte de la realizada durante la transición y, en consecuencia, debiera tratar de modificarla en la medida de sus fuerzas, persiguiendo a tantos delincuentes que no dejan de degradar su historia, ni de abominar, embrutecer y traicionar a lo que el pueblo y sus símbolos representan.

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Aquí y ahora soportamos un Poder, que unos llaman Estado Profundo, otros Nuevo Orden Esclavista y otros sencillamente Sistema.  Y ese Poder se sirve de unos inicuos proveedores, una jauría mercenaria que persigue la caza para aprovecharse de los despojos, levantando la pieza que reclaman sus señores. Y una de las piezas principales que tratan de cobrarse es España. Y los españoles deben saberlo y prepararse para la lucha, porque toda grandeza proviene del sufrimiento.

Los neofrentepopulistas y toda la miscelánea recua de cómplices que los rodea son más sucios y despreciables aún que los chacales. Y si la más alta autoridad de un Estado, en su más importante discurso del año dirigido a la Nación, olvida mencionar a esos insectos humanos que cazan para las arañas y a sus delitos, es que algo falla. Y el que muchos miren para otro lado ante la dura realidad no borra ésta. Nuestro futuro -si deseamos un futuro claro y promisorio- consiste, además de desenmascarar a los hipócritas, en encarcelar a los traidores y en encerrar en el manicomio a los dementes y pervertidos.

Creer que este envite hispanófobo tiene solución templando gaitas es, más que una falacia, un error. Salvando, de momento, a VOX, único y necesario revulsivo, los tactismos institucionales y políticos están arruinando la patria, demoliendo su unidad y exterminando nuestra libertad. Que, con la que está cayendo, el Rey, en su discurso hable sobre generalidades o crípticamente, como quieren algunos supuestos bienintencionados, es una ofensa a la verdad y a la razón, casi un crimen, porque supone callar sobre infinitas alevosías.

En estos tiempos actuales, tan tenebrosos, repasar la Historia de España y unirla a la excelencia de nuestra poesía clásica puede ser un consuelo para muchos. Y hallar en ella la simbólica figura de Francisco de Aldana, puede así mismo resultarnos clarificadora.

Francisco de Aldana fue un memorable poeta que murió en la flor de su madurez, a los cuarenta y un años, en la triste jornada de Alcazarquivir. Pero además de ser, en fondo y forma, uno de nuestros mayores y más variados poetas, fue un gran capitán, uno más entre aquellos guerreros, brillantes con la pluma y con la espada, que acrecentaron y defendieron el Imperio con su propia vida, sosteniendo de paso la Iglesia de Roma y la civilización de Occidente, frente a las amenazas no sólo de turcos y protestantes, también de sus astutos cómplices europeos, recelosos todos ellos del poder español.

Francisco de Aldana, sensual y místico, realista y humanista, no confiaba ni en el «vulgo bestial, bajo y parlero», ni en el «soberbio, altivo cortesano». Su poesía expresaba un alma atormentada debatiéndose entre la desesperanza y la fe y proclamaba su desprecio por las vanidades del mundo.

Poeta de diversos registros, asimiló tanto las concepciones neoplatónicas que dominaban en la literatura florentina, la sensibilidad pastoril teñida de sensualidad, el poder del amor, el hedonismo filosófico y, procurando evitar finalmente el «ansia y tristeza» que le causaban los mundos cortesano y plebeyo, cantó con sentida y grave emoción versos religiosos e íntimos, anhelantes de vida retirada, del solitario abrigo («Aquí me estoy en libertad, gozando aquella dulce paz…»). Versos en los que expresa su afán de soledad, y con los que trata de restañar los sobresaltos, el sudor y la sangre de las feroces batallas. Mientras tanto, desde el orgullo y la responsabilidad de su oficio militar, armaba el pecho para amparar la fidelidad al deber y proteger la dignidad individual.

El caso es que la literaria vida de Francisco de Aldana -fue herido en varias ocasiones y realizó funciones diplomáticas y de espionaje- acabó en 1578, en el teatro de una batalla en la que también fue derrotado y muerto por los moros el rey don Sebastián de Portugal, que lo había arrastrado en su loca aventura.

En 1576, dos años antes, tío y sobrino, Felipe II y don Sebastián, se habían reunido en Guadalupe para hablar de la expedición que el rey portugués quería llevar a cabo en el norte de África. A partir de aquí los caprichos de la Historia todo lo precipitan. Felipe II manda a Aldana a Marruecos como espía. Pasa allí cuatro meses, de febrero a junio, y regresa a Lisboa para informar al rey don Sebastián, que se queda prendado de los consejos y de las cualidades del capitán español -de padres extremeños, aunque nacido y educado en Italia-.

Deseoso de alcanzar, por fin, una vida estable, el 7 de septiembre de 1577 fecha en Madrid su famosa epístola al biblista Arias Montano, expresando en ella ese deseo de una vida contemplativa. Y ocho días más tarde, hace lo mismo al Monarca, recordándole haber servido al Imperio durante veinticuatro años y solicitando el puesto de alcaide en la Mota de San Sebastián, «no con el fin de retirarse de las ocasiones, mas para tener lugar de donde salga a ellas».

Su Majestad no puede menos que premiar su hoja de servicios, pero recién nombrado alcaide de la fortaleza de San Sebastián, el rey portugués pide encarecidamente que le envíe a Aldana. El 30 de junio de 1578 Felipe II le ordena que vaya a Madrid «para que desde allí os encaminéis donde el Rey estuviere». El 31 de julio, con quinientos soldados castellanos, llega a Arcila. El 4 de agosto muere en la aciaga batalla de Alcazarquivir.

Este noble poeta, alcaide de San Sebastián, que murió peleando en la jornada de África, había dirigido en su momento sendas octavas a Felipe II y a Juan de Austria -al que acompañó en su segunda expedición contra los turcos- en las que aludía a los enemigos del Imperio y a las vicisitudes por las que éste pasaba:

¿No ves la rebelión, las herejías / amenazarte con torcida boca? / A la mesa de Dios van las arpías, / sigue el suelto desdén, la furia loca, / y el escogido pueblo, ¡ay dura suerte!, / está durmiendo en brazos de la muerte. («Octavas dirigidas al Rey don Felipe, Nuestro Señor»)

«…dígote que la ibera monarquía / veo a los pies caer de la fortuna; / crece la rebelión y la herejía, / despierta el gallo al rayo de la luna, / y el pueblo más de Dios favorecido / duerme a la sombra de un eterno olvido.» («Octavas dirigidas al Serenísimo Señor don Juan de Austria»)

Inevitablemente, éstos y otros muchos versos de antaño nos evocan los sucesos de hogaño. Asombra comprobar cómo la historia se repite y, por ejemplo, ochenta años después de nuestro último conflicto, unos pendencieros resentidos vuelven a violentar la convivencia criminalizando y excluyendo a quienes no comulgan con sus atropellos. Pero ni Felipe VI es Felipe II ni, según parece, hay hoy en nuestros ejércitos Hernandos Cortés, Juanes de Austria, Garcías de Toledo, Franciscos Aldana ni Francos Bahamonde.

Por el contrario, hoy en día quien dice que el rey está desnudo es poco de fiar, del mismo modo que lo es la decencia personal o profesional. Hay un recelo -no sé si odio- popular, creciente y cultivado, hacia el hombre que está denunciando nuestro ser perdidizo y nuestra moral de feriantes. Aquí molesta el hombre honrado, pues su honra está poniendo de indecentes a los demás. El que trabaja en silencio y habla de la realidad tal como es, se está cargando el ecosistema español contemporáneo de la hipocresía, de la corrupción y de la cobardía.

Pero sea como sea, si, como digo, queremos un futuro digno, a los déspotas arrogantes que lo humillan y desprecian debe el pueblo encarcelarlos, tras arrancarles el cetro de poder y eliminar las prerrogativas de su impunidad. El pueblo no puede dejarse vencer por unos oportunistas a quienes ya nuestros padres y abuelos desenmascararon, obligándolos a atravesar nuestras fronteras, hundidos por el peso de la ignominia. (También por el peso del oro que la abnegación y el esfuerzo de los españoles libres había ahorrado).

Las insistentes actuaciones del neofrentepopulismo para impedir a sus opositores el acceso al poder, equivalen a una declaración de guerra contra más de media España, colocando a los ciudadanos excluidos en la disyuntiva de someterse al despotismo cada vez más humillante de los falsarios o rebelarse.

Sólo la movilización de los ciudadanos más avisados puede rescatar a España de esta partida de traidores. Es obligado defender nuestros derechos, despertar del letargo que ha permitido medrar y corromperse a su antojo a esta casta de ineficaces e indeseables apóstoles de la mentira.

Nuestra historia, la Historia de España, así lo exige.

 

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