El pueblo de O Cebreiro tiene su origen en la prehistoria, cuando todo era un gran bosque de acebos productores de las bayas rojas que tanto gustan a los mirlos y a los urogallos. Hasta hace poco más de medio siglo era un lugar de lúgubres pallozas que se hundían en la tierra. El auge del turismo impulsó su restauración dándole el aspecto actual.

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Todo en O Cebreiro es de piedra, por dentro y por fuera. Siempre sufrió las inclemencias climatológicas. En invierno, el puerto solía ser intransitable por la nieve. El peregrino Geoffroy Leroi dejó escritas estas palabras tras caminar a Compostela en el siglo XIV: “Los tres días pasados en El Cebrero me tonificaron. Recuerdo las buenas peripecias conversacionales de sobremesa. Contra las pallozas, junto a la alberguería, crujía la nieve y el lobo”. Hoy hay pocos lobos, pero en los meses de invierno la nieve sigue crujiendo y alfombrando el suelo para que los peregrinos dejen constancia de sus huellas.

El emblema de este pueblo celta es su templo prerrománico del siglo IX, de tres naves separadas por pilares, rematado en triple cabecera, y una torre. Los benedictinos se mantuvieron en el lugar hasta la Desamortización. Destaca la capilla de San Benito, dedicada a los monjes fundadores, y la del Milagro, donde se expone el cáliz que dio lugar a una de las historias más bellas del Camino.

Diversas fuentes históricas y arqueológicas sostienen la veracidad de este hecho sobrenatural. Cuentan que allá por el siglo XIV, un sacerdote benedictino estaba celebrando la eucaristía y pensaba que nadie acudiría a oír misa en aquel día desapacible, de frío, viento y nieve. Sin embargo, a pesar de las inclemencias del tiempo, un campesino de Barxamaior, llamado Juan Sentín, acudió a la iglesia. El monje que, según la crónica, tenía poca fe, menospreció el sacrificio del parroquiano. Entonces, en el momento de la consagración, el cura vio cómo la hostia se convertía en carne visible y el vino del cáliz en sangre que hervía y teñía los corporales. Estos quedaron en el cáliz, y la hostia en la patena. El monje y el campesino protagonistas del milagro tienen allí sus mausoleos.

—Lo que hay en las ampollas parece sangre de verdad —dijo Pilar.

—Es que es sangre de verdad, de Jesucristo —aclaró María que no perdía oportunidad de demostrar su fe y de evangelizar a sus compañeros.

—Bueno…, esto es una tradición muy bonita —terció Enrique—. Yo no creo en los milagros, pero, aparte de eso, parece que es un hecho fabricado para darle auge al Camino; como las leyendas de los restos de Santiago y las que circulan sobre Carlomagno.

—Tú eres un incrédulo y un hereje —dijo Marta con cierta mofa.

—Yo respeto las creencias de cada uno —contestó Enrique—, y me gustan las leyendas como parte del acervo cultural, pero no hay que perder la perspectiva… Las leyendas… son leyendas… No hablan de hechos reales. Si no, serían historia.

—Pero no es dogma de fe creer en esto —dijo Clara—. El católico no está obligado a creer ni en las apariciones ni en las reliquias.

—Es cierto —dijo Sergio—, pero la Iglesia las ha utilizado siempre en su favor.

—Por eso Lutero se rebeló —dijo Enrique.

—Lutero era un fanático —razonó Sergio— influenciado por las corrientes gnósticas que siempre han estado presentes. Era algo bruto y yo dudo mucho de su salud mental, pero tenía sus razones para rebelarse contra lo que él llamaba superchería. La Iglesia necesitaba dinero y se aprovechaba del miedo al infierno de los pobres creyentes haciéndoles comprar pasajes para el cielo, en forma de indulgencias. Y eso no era justo.

—No sé si sabéis que Lutero tenía una idea muy negativa de las peregrinaciones —añadió Clara.

—Sí —contestó Sergio—. Él aconsejaba no acudir a los lugares sagrados de la cristiandad. De Santiago, en concreto, decía que sus restos no estaban en Compostela, que lo que había en la tumba podía ser cualquier cosa, incluso los huesos de un perro muerto.

—Pero las reliquias son restos de santos —argumentó María.

—Sí, y algunas son auténticas —volvió a intervenir Sergio—, pero otras son verdaderamente cómicas, y lo curioso es que se siguen tratando con una seriedad que a mí me asombra.

—¿Lo dices por lo del milagro de aquí, lo del cáliz? —preguntó Teresa.

—No —contestó Sergio—. Lo digo en general. Algunas reliquias pueden tener su lógica, pero otras… como la sandalia izquierda de San Pedro… Pero bueno, son tradiciones y hay que verlas como eso, y en su contexto.

—En casos como este —repuso Clara— o como el de la sangre de San Pantaleón, de Madrid, tenían que investigar y ver si realmente es sangre y, en ese caso, analizar el ADN.

—Yo creo que la Iglesia es la primera en reconocer que se trata de leyendas para el pueblo —concluyó Enrique.

—Sí, la Iglesia es consciente —reconoció Clara.

—Sin embargo —dijo Enrique dirigiéndose a ella—, tú defiendes otras reliquias, como la Síndone de Turín.

—La Sábana Santa es un caso aparte —contestó—. No creo por creer, sino por toda la investigación que revela su autenticidad. Pero de esto ya hemos hablado mucho. ¿Verdad Virginia? A mí me gustaría que se investigara la sangre de aquí. No hay que tener miedo a la verdad, siempre y cuando no se manipule. ¡Y los resultados sobre la Síndone se manipularon para demostrar que no era del siglo I, sino de la Edad Media! Pero prefiero no volver sobre ello.

Muchos peregrinos se acercaban a ver las ampollas con la carne y la sangre de Cristo. Nosotros seguíamos enfrascados en animada conversación sobre las reliquias que tanto había rentabilizado la Iglesia a lo largo del Medievo. Volvió a salir a la palestra el mito de Osiris, cuyos restos fueron esparcidos para “redimir” a la humanidad y que, después, Isis fue recogiendo hasta recomponer el cuerpo del dios. Las reliquias católicas serían un remedo de este patrón ancestral.

El milagro del cáliz dio pie a otro hecho prodigioso, protagonizado por la reina Isabel la Católica. Cuenta la leyenda que cuando pasó por O Cebreiro y se enteró de la historia, debió pensar que el pueblo era demasiado remoto para acoger una reliquia de tanta importancia y decidió llevarla a un lugar más adecuado. Pero cuando llegó a Pereje, sus caballos se plantaron negándose a seguir adelante. La reina, entonces, dio la vuelta y no solo devolvió la reliquia a su sitio sino que les regaló a los monjes el relicario donde se guarda.

En el interior de la iglesia se conserva una talla románica de Santa María la Real. Dicen que la inclinación de cabeza de la Virgen representa el momento en que presenció el milagro. Al lado se encuentra la Hospedería de San Giraldo de Aurillac, edificada sobre los restos del antiguo hospital de peregrinos.

El milagro de O Cebreiro no tardó en extenderse por toda la cristiandad, afianzando así la creencia de Cristo en la eucaristía. Pronto se convirtió en el mayor símbolo de Galicia y hoy forma parte de su escudo.

Como teníamos toda la tarde por delante, hicimos sobremesa mientras el sol se iba inclinando hacia el océano que bate la costa gallega. Nos sacamos fotos con otros peregrinos, conversamos y nos intercambiamos direcciones. Llevaban más prisa que nosotros. Una viejecita del lugar con ganas de charla nos mostró fotos antiguas y nos contó la curiosa historia de las flechas amarillas.

El relato de las flechas amarillas es apasionante. Cuando tras dos siglos de decadencia, en los años sesenta empezaron de nuevo las peregrinaciones, los peregrinos que llegaban a O Cebreiro se quejaban de lo difícil que les resultaba continuar a Santiago debido a la deficiente señalización, y lo mismo se podía decir del resto del recorrido.

Por esos años se estaba restaurando la iglesia de Santa María la Real y la hospedería. Los vecinos solían cobijar a los peregrinos en sus casas y el sacerdote acondicionaba una palloza con paja para que, por lo menos, durmiesen a cubierto.

Muchos tomaban rutas equivocadas. Los caminos habían desaparecido por la falta de uso, y la maleza había hecho el resto. Los políticos aún no habían caído en la cuenta del empuje económico que supondría la reactivación del Camino, y no se habían puesto manos a la obra para acondicionarlo.

Don Elías Valiña, párroco de O Cebreiro, tomó una iniciativa original. Compró restos de pintura amarilla, de la que se utiliza para señalizar las obras de las carreteras, y con una brocha empezó a trazar flechas en O Cebreiro; luego cargó los botes en su humilde Citroen “Dos caballos” y se fue a Saint Jean Pied de Port. Desde allí, acompañado de una sobrina, pintó flechas amarillas a lo largo de todo el recorrido. Así, la Ruta Jacobea remedó el sendero de baldosas amarillas del Mago de Oz, que tan alegremente patearon Dorothy y sus singulares compañeros de viaje hacia Ciudad Esmeralda. Pero como cada año hay que volver a repararlas, en sus últimas voluntades, el cura dejó como encargo a la familia el mantenimiento de las señales. Gracias a este legado y a la colaboración de las asociaciones de Amigos del Camino, continúa este útil símbolo, tan humilde como emblemático. (De mi novela El Códice de Clara Rosenberg, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2016).

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