Un año después, a las 20:00 horas del 12 de noviembre de 1980, la banda terrorista ETA asesinaba en Ataun (Guipúzcoa) a MIGUEL ZUNZUNEGUI ARRATIBEL, camionero de profesión. Una de sus hermanas fue testigo del asesinato. Miguel acababa de regresar de un viaje con su camión y se encontraba en el garaje del caserío familiar, en el barrio de San Gregorio de Ataun, cuando dos individuos encapuchados lo tirotearon a corta distancia, recibiendo un impacto de bala mortal en la cabeza y otros dos en la clavícula.

Según contó su hermana, Miguel tuvo tiempo de interpelar en euskera a los dos etarras, a los que preguntó “¿qué os he hecho yo?” (Diario de Navarra, 14/11/1980). La propia hermana, pese a tener 70 años, intentó arrebatar el arma a uno de ellos, que se la puso en el pecho y le dijo en euskera que no se moviese, mientras el segundo terrorista disparaba sobre la víctima a bocajarro. Los pistoleros de la banda huyeron a pie del lugar de los hechos, donde se recogieron tres casquillos de bala del calibre 9 milímetros parabellum, marca SF. En el momento del asesinato de Miguel no había prácticamente nadie en la zona, por estar retransmitiéndose por televisión el partido de fútbol España-Polonia.

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La banda terrorista ETA reivindicó el asesinato mediante llamada a la redacción del diario Egin en Pamplona. El Partido Socialista de Euskadi (PSE) fue el único que hizo una condena pública por el asesinato de Miguel Zunzunegui. La capilla ardiente se instaló en el propio caserío familiar y los funerales por su alma se celebraron el día 14 en la parroquia de San Gregorio de Ataun con la asistencia de numerosos vecinos.

Miguel Zunzunegui Arratibel tenía 56 años y estaba soltero. Era camionero, sin militancia política conocida –aunque vecinos y conocidos de la víctima señalaron que sus ideas eran próximas a la derecha– y, según su familia, no había recibido amenazas de ETA. Sin embargo, pocos días antes, el 3 de octubre, su coche apareció con dos impactos de bala en una aleta y alguien efectuó dos disparos contra los cristales del caserío Martín Zaharrene donde vivía con sus tres hermanas solteras (una cuarta estaba casada). Al parecer, Miguel no recibió ninguna confirmación sobre quiénes habían sido los autores de estos ataques y los interpretó como un acto de gamberrismo o una broma de mal gusto, por lo que no dio parte a la Guardia Civil. Los vecinos, sin embargo, pensaron que el incidente podría haber estado relacionado con algún tipo de contrabando, pues Miguel era conocido por haberse dedicado al estraperlo durante la época del hambre en los años cuarenta.

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