Pablo Casado
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Ha concluido el debate sobre la moción de censura presentada por Vox contra el gobierno de Pedro Sánchez. El resultado ha sido sorprendente, no ya por la aritmética parlamentaria –que era previsible-, lo ha sido por el posicionamiento del Partido Popular frente al partido de Santiago Abascal. Pablo Casado ha enterrado cualquier posibilidad de llegar al gobierno del Reino de España. Así de claro y así de rotundo.

Las intervenciones del palentino, lejos de contentar al votante de derechas, han provocado una reacción de repulsa y rechazo, por las formas y, por el fondo. Una grandísima decepción para quienes se plantearon darle una oportunidad al frente de una posible alianza, acuerdo, o pacto, para desbancar al ejecutivo social-comunista aposentado en el palacio de La Moncloa. Es de preocupar que los elogios, más llamativos  y estertóreos, le hayan llegado desde las filas de quienes están demoliendo el Estado Social y de Derecho. ¿No les parece extraño? ¿No es insultante para el votante de derechas? Claro que sí, quien lo quiera negar carece de sensibilidad política y perspectiva de lo acaecido en el Congreso de los Diputados.

Jamás llegue a pensar en tal desenlace. Cualquier otro escenario hubiera sido una salida más lógica y natural. El Partido Popular, de la mano de los consejeros genoveses capitaneados por Alberto Núñez Feijoó, Teodoro García Egea y otros tantos, ayer de derechas, hoy de centro, ha dinamitado el puente por el cual poder transitar , con garantías de éxito,  en el camino hacia el triunfo en las urnas. Desde hoy, 22 de octubre de 2020, el recorrido se presenta más tortuoso y, sin lugar a dudas, con un objetivo todavía más alejado de alcanzarlo de lo que hasta ahora había estado. Mis más sinceras condolencias.

El discurso de Casado, en cuanto a su contenido, es fiel reproducción de los postulados de la extinta UCD (Unión de Centro Democrático), nada que ver con la herencia de Alianza Popular. El Partido Popular de hoy, se parece lo mismo que un huevo a una castaña pilonga, respecto al poso ideológico de la formación fundada por Manuel Fraga Iribarne. Aquel era un partido sin complejos, sin medias tintas, de derechas de verdad. Es una tomadura de pelo para los españoles presentarse como sus herederos legítimos.  No es verdad, es una falsificación burda de la historia.  Los populares, después de la declaración de principios esgrimida desde la tribuna parlamentaria, se parecen más al CDS (Centro Democrático y Social), no ya de Adolfo Suárez, sino de José Ramón Caso, que era una versión más desvirtuada  respecto al modelo original centrista.

Hasta aquí, cada cual escoge el modelo ideológico en el que se encuentre más cómodo. No hay nada que decir. Cada organización es soberana en decidir que futuro quiere tener. Los afiliados y los votantes tendrán la última palabra, sobre todo estos últimos, a los que habrá que convencer del cambio de rumbo y la nueva fórmula escogida. No va a ser fácil de explicar con simples palabras, con figuras retóricas e invocaciones a citas, más o menos acertadas, de grandes pensadores. La verdad es la relación directa que se establece entre lo que se dice, declara y proclama, y lo que en realidad sucede. A mí no me engañan con sutilezas dialécticas envolventes, con discursos de calado pseudo filosófico, ya que me dedico a este menester.

Hoy hemos asistido a la claudicación ante la izquierda que, con júbilo, aplausos, gestos de cariño y elogios, han recibido con entusiasmo desbordado el bandazo y el cambio de tercio defendido. El sueño de presidir un Consejo de Ministros se convertirá en una pesadilla de la que se arrepentirán hasta el fin de sus días. Ha nacido el nuevo centro reformista. La factura, que la habrá, la pagarán con intereses en las próximas convocatorias electorales. De verdad ¿Creen que así llegarán tan siquiera al Arco del Triunfo de Moncloa? Los más cerca que estarán es la calle Princesa. ¡¡Qué error!! Se han pegado un tiro en el pié derecho, y no es una simple expresión.

Puestos a trabajar con la aritmética, a la que les gusta acudir de manera recurrente y aburrida, fagocitar y devorar a Ciudadanos no da para alcanzar las cifras necesarias. He oído infinidad de veces que lo que no suma resta, es el reiterado mensaje al que apelan permanentemente instando al voto útil.  Pues bien, hoy han suspendido en Matemáticas, han restado carros de votos y apoyos en los caladeros de la verdadera derecha.

Sin embargo, lo más grave, lo más deleznable y lo que no tiene palabras, al menos yo no soy capaz de encontrarlas, es el furibundo ataque personal perpetrado contra la persona de Santiago Abascal. Ésta ha sido la verdadera sorpresa de la jornada de hoy. El Diario de Sesiones de la Cámara guardará copia, para la memoria política del debate parlamentario, de las ofensas vertidas de manera deshonrosa, vil, abyecta y oprobiosa. La ignominia más ruin e indecorosa ha acompañado los alegatos de Pablo Casado contra el líder de Vox. Ha sido verdaderamente bochornoso y despreciable el guión de la interpelación escogida para la réplica. Sencillamente, una inmoralidad manifiesta se ha exhibido de manera innoble. Con un tono resuelto, insolente, decidido y profundamente desvergonzado se ha puesto en duda la integridad y la encarnadura moral de Santiago Abascal.  Ese tono pusilánime, encogido, timorato y apocado en tantas intervenciones, hoy se ha transformado en una agresión a lo más íntimo, honorable   y personal. La afrenta no ha tenido el menor desperdicio, la ofensa ha sido gravísima, una osadía de la que espero deriven consecuencias inmediatas.  Las palabras proferidas son un verdadero oprobio para quien las ha declarado, no para quien las ha recibido. El vilipendio que se ha buscado, de manera encarnecida, es la vergüenza con la que los chicos de Génova tendrán que pasearse por España pidiendo el voto inútil de aquellos a los que han calumniado, menospreciado e insultado.

Pena, tristeza, decepción, desengaño, desilusión, contrariedad y fiasco me ha trasladado el mensaje del Partido Popular. Se han burlado de los votantes a los que se engañó con promesas de regeneración y transformación, de los que deseaban reverdecer un partido en entredicho por los escándalos de corrupción, o por la falta de arrestos en la cuestión catalana y vasca. Hoy se han llevado la ovación y la felicitación de los enemigos de nuestra Patria; el elogio de los que escupen y queman nuestros símbolos; de los que amenazan nuestra unidad nacional e integridad territorial. Hoy los acólitos de Pedro Sánchez están de fiesta, celebran la claudicación de la verdadera resistencia a su gobierno del despropósito y el sectarismo, más recalcitrante, que nunca se haya conocido en nuestra historia reciente.  Pablo Casado ha celebrado como victoria una derrota anticipada, ni lo ha entendido, ni se lo han querido hacer entender. Millones de españoles se han sentido defraudados, estafados y ven malograr la esperanza del desahucio de los inquilinos que okupan los palacios de La Zarzuela, de  La Moncloa y de la Carrera de san Jerónimo.

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