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Queridos amigos,

Por una vez, no hablaré de Derecho. Me vais a permitir (con el plácet de mi apreciado Javier) que vuelque en unas líneas el sentimiento de tristeza que me inunda después de que, tras todo el día metido entre plazos, libros y las cuatro paredes de mi despacho, no tenga ocasión de rendir homenaje, el día de Todos los Santos, a quien es “culpable” de que hoy pueda escribiros: mi padre.

Soy español y valenciano. De la misma Valencia, criado entre los barrios de Tendetes y de Campanar (¡qué buen ojo tuvieron mis abuelos maternos cuando llegaron de Úbeda!). Por avatares de la vida y, porqué no decirlo, por culpa de Iciar, una madrileña de Chamberí que me “lío” para esto del matrimonio, hace casi quince años que ejerzo de valenciano en la Meseta, donde he conocido mucha buena gente… Pero a uno, la tierra le tira y más si puede decir a voz en grito que tiene una FAMILIA (sí, con mayúsculas) de la que sentirse orgulloso, tanto de sangre como la que te encuentras en la vida (Laura, Espi, la monkiki de Laurita, Lucía, Miguel, Esther, Toni y los Pepones, los Peluqueros…).

Como decía, mi familia es mi orgullo. Me piden un riñón, y doy los dos. Todos ellos: mi madre, Nico, hoy orgullosísima abuela y a quien si le dieran un cuchillo de madrea reconquistaba Gibraltar; mi yaya, la Señora María, no he conocido nadie con más coj… que ella; mis hermanos, Fran y Eva, que, además de hermanos, son compañeros de fatigas jurídicas y de tantas otras cosas; mi tíos y primos; mi cuñada Jas; y, ahora, la pequeña de la casa, la heredera del imperio, nuestra Noa. Somos pocos, pero más unidos que los tornillos de un submarino. Pero, siempre hay peros, nos faltan dos los jefes: mi yayo Vicente y mi padre, D. Francisco, “PAPÁ”.

Mi yayo murió cuando apenas tenía cuatro años, aunque tengo recuerdos muy nítidos de él. De hecho, vacilo a mis hermanos y primos porque fui el único que tuve el privilegio de conocerle. Y disfrutarle, aunque fuese un suspiro. Cada año, no he faltado a la visita el día de Todos los Santos.

Mi padre falleció hace casi cinco años. Murió en casa, con su mujer y sus hijos, que le cuidamos como mejor supimos durante los años que estuvo enfermo (¡maldita demencia!). Era lo mínimo que podíamos hacer por él, cuidarle como él nos cuidó cada día. Lo hicimos, simple y llanamente, porque era nuestro padre, no hace falta más explicación: nuestra obligación como hijos era cuidar de él, y lo hicimos gustosos y dichosos, aunque más de un día lloráramos a escondidas de rabia e impotencia por ver como se apagaba. Pero, aún así, siempre nos dejaba alguna enseñanza: luchó contra su enfermedad como un titán, y nosotros con él. Lo volveríamos a hacer mil veces más si fuera necesario.

Paco, mi padre, era un buen hombre. Prueba de ello es que, aunque no pudo salir de casa durante años, en su velatorio todos los que fueron nos contaban alguna anécdota de él, de sus bromas, de cómo bailaba la “J”, de cómo le echaba morro a la vida. Pero, sobre todo, nadie hablaba mal de él. Esto era, sencillamente, imposible, porque era el mejor que hubo y el mejor que habrá.

Desde que murió, siempre que hemos querido y, sobre todo, cada uno de noviembre, hemos ido a verle al Cementerio de Campanar. Su recuerdo, sus enseñanzas, sus palabras y silencios nos acompañan cada día, pero, el uno de noviembre, es, para nosotros, sagrado, seguro que como para muchos de vosotros. Es lo mínimo, es lo único que nos queda de quien tanto nos quiso, enseñó, protegió y, con mi madre, nos guió para ser lo que hoy somos: FAMILIA.

Hoy comparto mi sentimiento de tristeza, enfado y rabia con vosotros. Por obra y gracia de la pandemia, por obra y gracia de nuestros dirigentes, me encuentro “perimetrado” en Madrid y con Valencia también “perimetrada”. Es decir, por culpa de quien nos “desgobierna”, y que no tiene más propósito que el de convertirnos en seres aborregados, más preocupados en imponer su agenda ideológica que en sacarnos adelante, no podré dar un beso a la lápida de mi padre el día de Todos los Santos. Estoy seguro que D. Francisco no me lo tendrá en cuenta, pero, ¿tanto cuesta respetar a nuestros difuntos? ¿por qué tanto empeño en destruir a la familia? ¿por qué tanto empeño en que olvidemos a los nuestros, a nuestro pasado, a nuestra historia? Esta claro que eso del respeto no va con nuestro Gobierno…

No puedo imaginar el dolor de todos aquellos que hayan perdido a un familiar por culpa de esta malnacida pandemia. Nosotros pudimos despedirnos de mi padre y pasar el dolor de su pérdida apoyándonos unos con otros y acompañándole hasta el final, pero los que no hayan podido dar a sus seres queridos la despedida que hubieran merecido por culpa del COVID… Debe ser un dolor inimaginable. Y ahora, que tal vez pudieran tener ese momento de reflexión, paz y recuerdo para con sus difuntos, siquiera unos minutos ante una fría lápida, tampoco les van a dejar porque nuestros políticos han estado más preocupados en restringirnos derechos que en buscar soluciones. Eso sí, nos le ha importado marcarse una buena juerga, cena y copas incluidas, o viajes de placer a zonas protegidas mientras a nosotros nos piden unirnos para salir más fuertes…

Este año será el primero en casi cuarenta que falte a visitar a mis difuntos. Desde aquí, mi más sincera “enhoramala” a nuestros gobernantes por ello. Ojalá sea el último.

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1 Comentario

  1. Qué pena!,comprendemos este testimonio y compartimos el sentimiento.Aunque en España hay gente que abandona a sus ancianos en residencias,o que les dejan solos en casa,la cuestión es que los masones luciferinos no pueden exhumar a todo el mundo y hacer misas negras en lugares sagrados,por eso hicieron uno a nivel simbólico en el Monasterio del Valle de los Caídos,así que para no hacer tantas maldades por ser literalmente imposible hacer lo mismo en todos los Camposantos,pues se las han amañado para cerrarlos,con el fin de que no se celebren misas católicas,que es lo que realmente les molesta.

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