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VOX es un peligro para quienes rigen hoy esta sociedad nuestra dominada por el engaño, la injusticia y la corrupción. Los actuales gobernantes y sus cómplices no pueden consentir que abra los ojos a los españoles con sus denuncias. Por eso hay que diluirlo, integrarlo, calumniarlo o aniquilarlo. De igual modo que hubo que matar a todos los honrados salvadores y profetas que nos precedieron.

Con la ausencia de esperanza del que sabe que el agitprop banderizo va a confabularse para lanzar su carro de insidias contra la propuesta de VOX y que no lleguen a la opinión pública sus delitos, y con la desconfianza que causa el grueso de nuestra sociedad, enferma de servidumbre, es obligado señalar una vez más, no obstante, el asco que supone la casta política a la que VOX se enfrenta, aunque sólo sirva para desenmascarar a un PP en la encrucijada del ser o no ser.

Es obligado difundir, por ello, que con matones y chantajistas gobernando, la peste anda suelta y la inocencia nunca está segura. Que tal como están las cosas hoy en España, es inútil que el inocente alegue inocencia, porque las acomodaticias leyes de la justicia socialcomunista son como telas de arañas: los pequeños moscardones y las frágiles mariposas son cazados en ellas, pero los grandes tábanos las rompen y pasan a su través.

Esas leyes se despreocupan de los grandes ladrones y tiranos, porque son de correosa digestión y les complicarían la vida; y de los delincuentes mezquinos, si son de la propia secta bolchevique. Es a los inocentes a quienes el gran diablo chekista les cantará la misa, culpables como son de buscar la verdad. Y han de responder por ello, por creer que este debe ser un mundo razonable.

Sabe el PP -o debiera saber- que nada hay de verdadero en el mundo socialcomunista, nada de equitativo en sus gobiernos que responden sobre lo que ensucian o ignoran, y despluman la oca sin hacerla gritar. Y, por eso, al inocente le hacen confesar haber hecho lo que nunca hizo. También debiera saber que nadie escapa de las ganchudas uñas bolcheviques sin dejarse el pelo en sus gateras, o la piel, con más frecuencia.

Con sus manos largas como patas de grulla, se mantienen agarrados al poder, para conseguir más poder y bolsas de oro, al acecho de la mayor suma de dineros posible, pues son como perros rabiosos, sedientos de sangre inocente y cristiana. Ni las injurias ni el deshonor los conmueven, con tal de tener oro y plata en el morral.

A los prudentes -veremos si lo es el PP- sólo les cabe entrar a saco en sus guaridas de ladrones para librar el país de su tiranía. Porque en cuanto la gente de bien esgrime su sable ante ellos, estos paisanos salen al trote, llevándose lo que pueden, y no los vemos más hasta que olisquean una nueva ocasión favorable.

De estos maestruchos de mentiras que nunca enmudecen, que hablan y hablan para ocultar lo evidente, hay que creer lo menos que se pueda de lo que dicen, es decir, nada. Son políticos ociosos que no hacen nada de provecho para el común, sólo para ellos. No producen ni gestionan, sólo parasitan, como carga inútil que son de la tierra española; pero bien se cuidan de ofender a los señores financieros y de perder las prebendas que engordan su vientre, para ellos el más grande de todos los dioses, enmascarados como van siempre de demócratas, un ropaje tan extraño en estos cabilderos que es digno de verlos disfrazados con él, por lo escarnecedor.

Enemigos de la cruz del Cristo, fulleros y bandidos extraídos del original de las mazmorras más pestilentes, cantan todos juntos, pero sus voces frentepopulistas son insanas y desagradables. Se trata de una subespecie de hipócritas acabados de imprimir, más lóbregos y molestos que cualquier otra especie existente. Pájaros de mal agüero que nos vienen del otro mundo, del infierno. Contrahechos y maleficiados éticos que brotan y nos llegan a bandadas, abandonando antecesores, amigos y parientes y, sobre todo, ofendiendo a la verdad; son peso inútil sobre la tierra.

A quienes se preguntan por qué suelen calificarse de sandios, por ejemplo, a Zapatero, que acabó definitivamente con la supuesta democracia pergeñada equívocamente en el comienzo de la transición, o por qué se llama a los banderizos del PSOE y similares gentes ignorantes, habiendo sido capaces de arruinar el país y secuestrarlo, puede respondérseles que porque no son y no pueden ser nunca prudentes, sino alógicos, es decir, irrazonables. Con ellos es imposible el diálogo, sólo la cárcel o el manicomio.

Y aunque algunos de ellos sean letrados -o doctores fraude-, en su mundo y en el mundo que quieren imponer, según su agenda y su ordenanza, todo se debe manejar por ignorancia y no debe existir razón, sino que: «el partido ha dicho», «el partido desea», «el partido ha ordenado». Y quien dice «partido», dice «poder», «nuestro poder», «nuestra voluntad».

En vez de hacer de la necesidad virtud, hacen de ella deshonra o malevolencia. Ya sean locos o tontos boreales, su demencia y su ignorancia son sobre todo de índole moral. Una ignorancia sucia, rencorosa, colérica… que les hace ser tan dañinos como el pollino al que se le ha atado un cohete a la grupa. Son los villanos más hoscos que pueda imaginarse, eternamente yantando en sus dachas como huéspedes gorrones de un país al que vendimian con porfiada avidez.

Malévolos y sandios felices mientras se rodean de poder, estrujan a sus críticos sin largos procesos, y con breves palabras se apropian del Estado, sin exceso de interlocutorias ni decretatorias. Ladrones que exprimen los graneros del pueblo con herramientas que ellos denominan «democracia», «diálogo», «bien común»… No queda más remedio -¿te enteras PP?- que mandarles al lugar del que han venido – el infierno-, a grandes latigazos de anguilada.

Debido a sus medios informativos son capaces de blanquear etíopes en unas pocas horas o de sacar pedos de un pollino muerto. Y, haciéndose lacayos del partido desde la adolescencia, pueden curarse del mal de san Francisco (la pobreza), pues el partido tiene recursos para condonar todas sus deudas, y borrar todos sus latrocinios.

Y esto es así porque afiliándose a las banderías socialcomunistas, uno puede curarse de toda atrofia sin ningún medicamento. Si perteneciendo a esta ralea uno no engorda su bolsa, ni por arte ni por naturaleza engordará nunca. El estado sectario socialcomunista es en nuestros tiempos como algunos dicen que era el estado eclesiástico en los antiguos. Guardando las distancias a favor del presente, puede decirse que si en época medieval había que hacerse obispo para medrar, ahora hay que hacerse frentepopulista.

Y es con esta antiespaña ignominiosa e iletrada, que cuando llega al Gobierno se dedica con su odio a aherrojar y empobrecer a la ciudadanía, mientras en su gestión administrativa se aplica a medir cuidadosamente los saltos de las pulgas, y a sostener que este acto es absolutamente necesario para la buena conducción de los pueblos, con la que el PP camina amartelado y feliz; tan gustoso de su compañía, tan humillado y convencido de sus méritos, que no ve motivo alguno para censurarla.

De ahí que si el PP no vota «» uniéndose a los escandalizados por el escándalo, será corresponsable, junto a las hordas bolcheviques, de convertir al país en algo absolutamente irreconocible. Nos ha correspondido vivir en una época crucial, en la que la Historia agita su soplo formidable, y un cataclismo está a punto de producirse en nuestra patria. Por eso es conveniente que el PP abra sus ojos y acierte por qué corrientes desea navegar; si acepta que se derrumben con estrépito nuestras instituciones o si, por el contrario, desea restaurarlas.

Aún está a tiempo de modificar su abyecta deriva rajoyana, apartándose de los traidores y de la traición. Aún está tiempo de defender a España. Si no es así, si elige la ignominia, si como nos barruntamos, prefiere seguir siendo lacayo de la agenda progresista, sus actuales electores deben tomar nota e ignorarlo en los próximos comicios, y que en bien de la nación desaparezca.

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