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OPOSICIÓN AL GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ
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Vivimos una de esas épocas históricas en las que la irreflexión y la superchería han invadido las instituciones que el ser humano creó para defender la verdad, además de su libertad. Una época que los plutócratas colectivistas de izquierdas y derechas definen como Nueva Normalidad, y que ha dejado en evidencia a aquellos que, yendo supuestamente para prohombres, inclinaron la cerviz y, ante la irresistible implantación del Sistema, aceptaron sus aberraciones desde el cinismo, la venalidad o el silencio de la resignación intelectual.

No sólo la chusma electora que medra o cura su resentimiento en el desorden social, también buena parte de la ciudadanía se niega a aceptar la amarga evidencia, indiferente ante su manifiesta esclavitud, sin intención de desenmascarar a los poderes fácticos que la encierran, y a sus sicarios. Esta mayoría ciudadana, emasculada y hedonista, que integra la cifra de paro laboral más alta de la UE, se traga lo que le echen, parada no sólo laboralmente, también físicamente gracias a su marasmo moral.

Se persigue a los escasos intelectuales que denuncian, y no se premia con un Pulitzer a los igualmente exiguos periodistas que cuentan a la sociedad la verdad de lo que ocurre, sino que se les silencia, o se les multa, o se les destierra a los confines de esas tinieblas en las cuales la información deja de ser palabras de lucha para convertirse en cosa de abogados partidistas, embrollones y pícaros.

¡Y qué decir de los jueces que indagan los delitos, esa especie hoy desaparecida, porque a los de antaño les pasaron por encima apisonadoras de insidias! En la actualidad, la justicia es áulica y, por ejercer su ciencia en los alcázares, se ha convertido en falseadora de procesos, es decir, en prevaricadora, pervertidora del derecho y saqueadora de infelices, a semejanza de los políticos bajo cuyos tesoros o chantajes se inclina.

Fatiga lo infructuoso que resulta cualquier apelación a la realidad, es decir, a la verdad. Los escándalos, por ser innumerables, se acumulan en el vagón de los sobejos y allí quedan olvidados por esta justicia execrable que difunde su histórico y vergonzoso fracaso en la habitual absolución del crimen y de los victimarios.

Todo es cuestión de asear la humillación a que se somete el derecho mediante sectarias estrategias y renovadas depravaciones y falsedades. El perjurio, el enredo y la traición han sido elevados a ciencia por el Sistema. Sus mandarines judiciales y políticos siempre encuentran las oportunas coartadas gracias a los mágicos argumentos de los propagandistas, y con ello el delito de los influyentes adquiere la condición de invisibilidad o inexistencia.

«Dale al vicio un broquel de oro y la espada de la justicia se quebrará contra él, sin mellarlo», escribió Shakespeare en El rey Lear. Pero, aunque por la lectura de la Historia sabemos que situaciones como esta que padecemos no son extrañas en el discurrir de la humanidad, no podemos permitir que nos dirijan los ciegos, ni que rindamos culto a sus ídolos.

Suele decirse que todo llega a punto para el que puede esperar, pero para los españoles libres ya no es posible la espera, espectadores como son del activismo más inicuo, de la corrupción, de la promiscuidad y del abuso. Asistimos a la destrucción de la familia y de la privacidad personal, y se están alzando muros cada vez más altos a nuestro alrededor con la excusa de la singular pandemia.

Por eso es preciso reconquistar el derecho de todos, hablar en común del interés común. Necesitamos con urgencia un movimiento cívico para derribar los símbolos y las fortalezas de la tiranía, y arrojarlas al fuego, porque la tiranía ha alzado la frente con descaro, segura como está de llevar a cabo sus funestos propósitos. Con el Gobierno en manos socialcomunistas y con el resto de las instituciones carentes, así mismo, de escrúpulos, la boca de la verdad ha enmudecido. ¿Quién, entre las gentes de bien, querrá vivir aquí sin libertad?

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