miedo
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El origen del miedo podemos encontrarlo en el Génesis: Cap.3 vers.9-10-11: “Y llamó Jehová Dios al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Y él respondió: oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. Y le dijo: ¿Quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿has comido del árbol del cual te mande que no comieses?”.

Tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí. Así pues, la desnudez del hombre es la causa del miedo como resultado de su desobediencia.

A su vez, la causa de su desnudez se encuentra en los motivos de nuestra caída: Cap.3; vers. 4 y 5: “No moriréis, sino que sabe Dios que el día que comáis de él se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses conociendo el bien y el mal”. Y en el versículo 7 se concluye: “Y fueron abiertos los ojos de ambos y supieron que estaban desnudos”. Según lo anterior, dos son los motivos de la desnudez, la conciencia de la muerte terrenal que nos era desconocida y el propio pecado de soberbia, seréis como Dios conocedores del bien y del mal.

Concluyendo, la desnudez es la toma de conciencia de todo lo que nos es propio como consecuencia de nuestro pecado y que persiste en nosotros en la medida en que permanecemos inmersos en él.

La manifestación de esta desnudez es el miedo. Sin duda, nuestro miedo mayor y mas evidente es el miedo a la muerte física o terrenal, “polvo eres y en polvo te convertirás”; pero no fue ese, el miedo de nuestros primeros padres como puede interpretarse por el hecho de que el otro árbol prohibido era el “Árbol de la vida” que les hubiera dado la inmortalidad como lo manifiesta Dios en el Génesis: cap. 3; vers. 23: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre ha llegado a ser  como uno de nosotros, conociendo el Bien y el Mal. Ahora pues, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre”.

El miedo que encaja con la palabra desnudez y hace que ésta cobre mas sentido, sería la “muerte espiritual”, esa a la que hace referencia el vers. 3: “mas del fruto del árbol que está en el medio del huerto, dijo Dios: “No comeréis de él ni lo tocaréis, para que no muráis”. También apoya este pensamiento, la contestación de Adán al propio Dios, cap.3; vers. 8: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba por el huerto al aire del día y se escondieron el hombre y la mujer de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”, actitud que se vuelve a repetir en el vers.10: “Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. El miedo, que es desnudez, nos esconde de Dios, “muerte espiritual”, como la desnudez física nos esconde de nuestros hermanos, y el miedo cuando se manifiesta en nosotros nos esconde de nuestro propio yo anulando nuestra razón con su capacidad de raciocinio, que, según nuestro diccionario, es el uso de la razón para conocer y juzgar.  Perdiendo con ello nuestra capacidad de definirnos con la dignidad que nos es propia. El miedo anula la razón aumentando este efecto con su intensidad.

Estas macabras consecuencias del miedo las conocen los generadores de iniquidad, discípulos de Belcebú, en su afán de destrucción moral del hombre. Para ello, manipularon genéticamente un coronavirus que extendido y seguido de una campaña de miedo atroz basada en la desinformación, ocultación, falsedad de su causa y verdadero tratamiento, hoy mucho más conocido; siguen usando la sinrazón producida por el miedo como base para sumir a los españoles en la zozobra económica y su degradación moral.

Los cristianos estamos vacunados contra el miedo. Este es el motivo. La Creación es la obra maestra de Dios, y lo es porque el hombre es el rey de la misma, así lo manifiesta el propio Dios en el Génesis: “Y creo Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creo; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra y sojuzgarla; y tened dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos y sobre todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. (Gen. Cap.1; vers. 27-28). Y lo es, sobre todas las cosas, porque solo el hombre, tras su pecado de soberbia en el Paraíso, hizo que el propio Dios pusiera de manifiesto su Amor y su Confianza inmensa hacia nosotros, mediante la Redención de tan abominable pecado, que seguimos cometiendo. Confianza que se manifiesta por la forma totalmente humana de llevarse a cabo: encarnación, vida, doctrina, muerte y resurrección, de su propio hijo, haciendo de esta confianza un pilar de nuestra redención. Los millones de mártires y santos así lo acreditan y nuestra vivencia del Amor, en la humildad, nos lo confirman.

¿A quién pues, puede tener miedo el hombre? Miedo, a nada ni a nadie. En su lugar, santo temor de no responder con ofensas a nuestro Dios: Padre creador, redentor y juez supremo.

*Un artículo de Pablo Blas Villarmín

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