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A las 14:45 horas del 8 de octubre de 1979 la banda terrorista ETA asesinaba a tiros en la Bajada de Labrit de Pamplona al inspector de Policía CARLOS SANZ BIURRUN. A Carlos lo habían intentado asesinar meses antes, el 29 de julio, pero no lo encontraron en casa. Esta vez sí lo consiguieron. Carlos acababa de aparcar su coche en la Bajada de Labrit y estaba cerrando la puerta del vehículo cuando pistoleros de la banda lo acribillaron disparando nueve proyectiles con pistola de los que cinco le alcanzaron en la cabeza y el pecho. Otros disparos impactaron en vehículos aparcados junto al de Carlos Sanz. El policía falleció poco después de ser ingresado en el Hospital de Navarra antes de que pudiera ser atendido por el equipo médico de urgencia.

Dos testigos presenciales del atentado, que se encontraban en el balcón de un edificio próximo al lugar de los hechos, contaron que los terroristas estaban dentro de un Simca 1200 de color gris aparcado en la Bajada de Labrit. Cuando vieron que Carlos Sanz descendía de su vehículo, dos de ellos salieron y le dispararon desde ambos lados de la calle. A continuación regresaron corriendo al Simca 1200, en el que les esperaba un tercer terrorista con el motor en marcha. Cruzaron la Bajada de Labrit e hicieron parar a los coches que circulaban en dirección al barrio de la Chantrea, haciendo ademanes con las pistolas, y huyeron en dirección a ese barrio. Ahí dejaron abandonado con las puertas abiertas el vehículo utilizado para cometer el atentado, que había sido robado esa misma mañana. Su propietario fue encontrado a media tarde, encadenado a un árbol, en la localidad navarra de Berrioplano.

Los funerales por el eterno descanso de Carlos Sanz se celebraron al día siguiente, 9 de octubre, a las siete de la tarde, en la Iglesia de San Miguel, de Pamplona. Al oficio asistieron los gobernadores civil y militar de Navarra, el vicepresidente de la Diputación de Navarra, el presidente del Parlamento Foral y el alcalde de Pamplona, así como otros altos mandos de la Policía Nacional y Guardia Civil. Una vez finalizada la ceremonia religiosa, unas doscientas personas se dirigieron hasta el edificio del Gobierno Civil, dando gritos de “Gobierno, traidor”, “UCD, culpable”, “ETA, asesina”, “Navarra sí, Euskadi no”. El entierro había tenido lugar horas antes en el cementerio de Pamplona. Al finalizar el mismo varias personas dieron gritos contra el Gobierno y a favor de una intervención militar, que fueron acallados por los asistentes.

La banda terrorista ETA asumió la autoría del atentado el 10 de octubre, así como un ametrallamiento que tuvo lugar el mismo 8 de octubre en un bar de San Sesbastián en el que resultaron heridos varios policías.

El 9 de octubre de 2004 la plataforma ciudadana Libertad Ya organizó un acto homenaje en la Bajada de Labrit en memoria de Carlos Sanz Biurrum y Pedro Fernández Serrano, ambos asesinados en Pamplona veinticinco años antes. Al acto, muy emotivo, acudieron las dos hermanas de Carlos, Paquita y María Elena, la viuda de Pedro Fernández, Raquel Martínez, además de otras muchas víctimas de la banda terrorista ETA. “Nosotros”, dijo el escritor Iñaki Ezquerra, “tenemos la obligación de cargar de sentido sus muertes. Y lo vamos a hacer agradeciendo a sus familias que hoy seamos más libres gracias a ellos”. También asistió al acto, sentado en una silla de ruedas, el sacerdote Javier Lorente, que casó a Carlos Sanz en la parroquia de Zizur Mayor y que celebró su funeral el 9 de octubre de 1979. Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, explicó que recordar a las víctimas de dos asesinatos perpetrados hace veinticinco años obliga a responder a algunas preguntas “francamente comprometidas”. Por ejemplo: “¿Dónde estábamos aquel día? ¿Por qué no reaccionamos? ¿Por qué hemos tardado tanto en reaccionar? ¿Cómo se puede rehacer el camino?”. Son interrogantes, dijo, que obligan a pedir perdón a las familias de los asesinados por la soledad que han padecido durante tantos años, “por el abandono o la indiferencia en los que muchos hemos estado” (Diario de Navarra, 10/10/2004).

En 1987 la Audiencia Nacional condenó a Mercedes Galdós Arsuaga, alias Bitxori, a 24 años de reclusión como miembro del grupo Nafarroa de ETA que asesinó a Carlos Sanz Biurrun. En 1991 fue condenado a 18 años de prisión menor, en concepto de cómplice, José Ramón Martínez de la Fuente Inchaurregui, alias Txoritxo, pese a que el Ministerio Fiscal en sus conclusiones pedía 30 años de prisión. En el escrito de conclusiones del fiscal se establecía que los autores materiales fueron tres miembros de la banda procesados en rebeldía que, tras asesinar a Carlos Sanz Biurrun, se reunieron con Mercedes Galdós y José Ramón Martínez de la Fuente en el piso donde se escondieron para la preparación del atentado y con posterioridad.

Uno de esos tres autores materiales procesados en rebeldía fue José María Zaldua Corta, histórico de la banda al que no se pudo juzgar nunca por sus crímenes en España tras una larga peripecia judicial, que incluye varias detenciones en Francia, peticiones de extradición de España, estancias en Argelia, Uruguay y Colombia, y un episodio rocambolesco en el que abandonó a su hijo, de 13 años, para darse a la fuga después de confundir a un grupo de excursionistas con policías. La noche del 2 de agosto de 2007 un pastor francés encontró al niño con signos de estar desorientado y perdido en la zona de El Portalet, cercana a la frontera española y a la localidad oscense de Sallent de Gallego. El etarra que, según publicó ABC, había abandonado ETA por “cansancio”, falleció el 22 de septiembre de 2010 de un infarto en la localidad francesa de Aix-en-Provence mientras montaba en bicicleta. En el asesinato de Carlos Sanz, Zaldua Corta fue quien aguardó en el vehículo en el que huyeron los dos pistoleros de la banda tras asesinar a tiros al policía.

Carlos Sanz Biurrun tenía 39 años cuando fue asesinado. Era natural de Guenduláin, localidad a situada a unos quince kilómetros de Pamplona, donde los padres de los Sanz Biurrun –Carlos, Paquita y María Elena–trabajaban como jornaleros. En 1953 ingresó en el seminario diocesano de Pamplona, donde durante años estudió Filosofía y Teología, aunque no llegó a ordenarse. En Guenduláin conoció a un policía de Astráin que acabó contagiándole su entusiasmo por el trabajo. Durante dos años se desplazó diariamente a Pamplona para preparar el ingreso en el cuerpo. En 1962 ingresó en el cuerpo de Policía de Bilbao, regresando al poco tiempo a Pamplona e integrándose en la Brigada de Investigación Criminal, actualmente grupo de la Policía Judicial. Cuando lo asesinaron le quedaban dos meses para acceder al puesto de comisario. Llevaba cinco años casado con Teresa Ilarregui, que fallecería en 1992. El matrimonio no había tenido hijos. Carlos tenía dos hermanas más pequeñas, una de ellas a punto de dar a luz cuando fue asesinado. Una anécdota define cómo era Carlos –un “hombre fundamentalmente bueno, abierto y compresivo, todo amabilidad y simpatía” (Diario de Navarra, 9/10/1979)–, en el ejercicio de su profesión como policía y en su trato con los detenidos y sus familiares. El mismo día de su asesinato el féretro se había instalado en el Salón del Trono del Gobierno Civil, actual Delegación del Gobierno, y estaba siendo velado por algunos de sus compañeros del Cuerpo Superior de Policía, además de algunos amigos y familiares. De pronto un hombre de aspecto desaliñado, probablemente un delincuente habitual al que Carlos hubiese detenido alguna vez, se acercó al ataúd y, abrazándolo, exclamó: “¡Tú eres como mi padre!” (Javier Marrodán, Regreso a Etxarri-Aranatz, Sahats Servicios Editoriales, 2004). La escena no extrañó a nadie próximo a Carlos pues todos conocían el cariño que los habituales de los calabozos policiales tenían por él.

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