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El martes 7 de octubre de 1980 la banda terrorista ETA asesinaba a tiros en la localidad guipuzcoana de Éibar al estanquero CARLOS GARCÍA FERNÁNDEZ. La víctima había recibido muchas amenazas de la banda asesina, y algunas de ellas se habían materializado, pues hasta en dos ocasiones le quemaron su coche y en julio de 1977 le prendieron fuego al estanco causándole cuantiosas pérdidas.

El nombre de Carlos García figuraba en esas listas que el entorno de la banda elaboraba y hacía circular en los años setenta y ochenta sobre supuestos colaboradores de la Policía. La banda, que además de asesinar es especialista en elaborar comunicados de reivindicación plagados de mentiras, hizo lo propio en este caso, señalando que Carlos García, a pesar de las amenazas e intimidaciones de las que fue objeto, no había sabido “aprovechar la oportunidad que se le brindaba de abandonar Euskadi sur, y nos hemos visto en la obligación de ejecutarlo”. En el mismo comunicado de reivindicación, la banda de extorsionadores y asesinos amenazaba a los elementos “fascistas y colaboracionistas del Estado opresor” para que abandonaran el territorio vasco.

Pues bien: independientemente de que Carlos García fuese o no fuese un colaborador de la Policía, algo que en cualquier sociedad sana sería considerado normal, además de un deber ciudadano -informar a las fuerzas del orden si se tiene conocimiento de un delito- es absolutamente falso que la víctima no hubiese hecho caso a las amenazas de ETA y su entorno. Carlos, su mujer y sus hijos ya habían decidido irse a la localidad de Arnedo (La Rioja), habían vendido sus propiedades y traspasado el estanco que regentaba desde hacía diecisiete años. El traslado era cuestión de días, y ese 7 de octubre de 1980, Carlos y su esposa, Cristina Flores Martínez, acudieron al estanco para explicar el funcionamiento del negocio a la mujer que se había quedado con el establecimiento. Quedaban quince minutos para las ocho cuando dos terroristas a cara descubierta entraron en el estanco y, sin mediar palabra, uno de ellos le disparó varias veces, causándole la muerte en el acto ante la mirada atónita de su mujer y la nueva responsable del negocio. Los disparos, hechos a muy corta distancia, le alcanzaron en el pecho y en la cabeza, afectándole órganos vitales. La Policía recogió posteriormente dos casquillos de bala del calibre 9 milímetros parabellum.

El mismo día del asesinato, por la tarde, se celebró un funeral por su alma en la parroquia de El Salvador de Éibar. El día 8 sus restos mortales fueron trasladados a Columbres, donde fue enterrado.

En 1981 la Audiencia Nacional condenó a Jesús María Retolaza Loidi y Apolinar Bilbao Inzunza por suministrar a ETA la información sobre Carlos García que provocó su asesinato. Condenados por complicidad en el crimen, Retolaza fue sentenciado a 13 años de reclusión menor, y Bilbao Inzunza a 12. Durante el juicio, los dos procesados negaron pertenecer a ETA. Retolaza negó haber informado sobre el estanquero y Bilbao reconoció solamente haber comprobado en 1978 unos datos sobre sus costumbres. En la prueba testifical, Francisco Martín Robles y Fermín Ancizar Tellechea, acusados de ser miembros liberados de ETA, declararon haber oído a Juan Oyarbide Aramburu, alias Txiribita (fallecido en un enfrentamiento con la Guardia Civil en septiembre de 1989), y a Pedro Picabea Ugalde, alias Kepa, que estaban vigilando al estanquero de Éibar para transmitir la información a Juan Lorenzo Lasa Mitxelena, Txikierdi, que estaba en Francia.

Carlos García Fernández, de 55 años, estaba casado con Cristina Flores Martínez y tenía cinco hijos, todos ellos mayores de edad. Natural de Astillero (Cantabria), había pertenecido al Movimiento Nacional y era conocido en Éibar, donde residía desde treinta años antes, por ser de ideología de derechas. Antes de regentar el estanco y puesto de venta de prensa, había trabajado en la empresa Orbea, donde ocupó el puesto de enlace sindical.

Las primeras condolencias que recibió la hija [Aurora] cuando pisó la calle fueron las de una vecina de toda la vida que parecía una vecina de toda la muerte. ‘Mira, lo siento por tu madre y por ti…’, ‘Gracias’…’pero por tu padre no’. Se llevó entonces las manos a la boca (…) El día en que lo mataron yo tenía 27 años, hacía poco que me había separado y vivía a caballo entre Éibar y Madrid, adonde me había ido a vivir por miedo, un miedo enorme a ETA (…) Cuando asesinaron a mi padre, mi madre enfermó del corazón, empezó a tener que medicarse y al cabo acabó muriendo. Yo comencé a vivir con miedo, que es mi compañero de viaje, un miedo extraño (…) Un miedo que te incapacita para siempre. (…) No lo he superado. Si no lo hubieran matado, mi vida sería diferente. Éste ha sido mi precio por aquello: que me jodan la vida (…) No tengo odio, mi madre no me enseñó a odiar. Me decía: ‘Tú odiar, no, hija, tú odiar no’. Sólo siento repugnancia (El Mundo, 05/12/2010).

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