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A las 14:15 horas del 4 de octubre de 1976, la banda terrorista ETA asesinaba en San Sebastián al presidente de la Diputación de Guipúzcoa, JUAN MARÍA ARALUCE VILLAR, al conductor del coche oficial, JOSÉ MARÍA ELÍCEGUI DÍAZ, y a los tres policías miembros de su escolta, ALFREDO GARCÍA GONZÁLEZ, ANTONIO PALOMO PÉREZ y LUIS FRANCISCO SANZ FLORES.

La sede de la Diputación estaba a escasos metros del domicilio del presidente, y ese día Juan María Araluce se dirigía, como siempre, a almorzar con su familia tras terminar su jornada habitual de trabajo. El presidente se retrasó un poco más de lo acostumbrado en su despacho debido a que, a última hora, había concedido una entrevista al periodista de El Correo Español-El Pueblo Vasco, Fernando Pescador. Tras finalizar los ochocientos metros del trayecto, los dos vehículos se detuvieron para que Juan María Araluce se apease. En el momento en que abría la puerta del coche, tres o cuatro terroristas que se encontraban bajo la marquesina de la parada de autobús situada al lado del portal abrieron fuego con sendas metralletas contra los dos vehículos. Dispararon casi un centenar de proyectiles matando a los cinco ocupantes de los vehículos e hiriendo a diez transeúntes. A continuación, los asesinos emprendieron la huida en un coche que abandonaron posteriormente.

Seis horas antes de ser asesinado, Araluce había comentado a un sacerdote amigo de la familia que no estaba preocupado por su seguridad, pese a que llevaba servicio de escolta por las diversas amenazas que había recibido de ETA desde 1973: “No va a pasar nada. Un atentado contra la Diputación sería un acto anti-político” (ABC, 6/10/1976).

El presidente de la Diputación quedó mortalmente herido sobre la acera, con siete impactos de bala -uno en la pierna y seis en el abdomen y el tórax-; el conductor de su automóvil, José María Elícegui Díaz recibió dos impactos de bala en la cabeza. En el otro automóvil, el chófer, el policía Alfredo García González, resultó muerto en el acto, mientras que el subinspector Antonio Palomo Pérez y el policía Luis Francisco Sanz Flores quedaron gravísimamente heridos, falleciendo poco después.

La familia del presidente de la Diputación oyó y vio todo desde el domicilio: “Acabábamos de empezar a comer cuando oímos varios tiros; nos abalanzamos a la ventana y vimos en la acera, al borde del coche, el cuerpo ensangrentado de mi padre. Dos de mis hermanos bajaron inmediatamente a la calle, mientras los demás atendíamos a mi madre”, declaró Juan María, hijo mayor de la víctima, horas después de producirse el atentado (El País, 06/10/1976).

Uno de los hijos del presidente de la Diputación al comprobar el estado de su padre y el de sus acompañantes, se puso al volante del propio coche oficial ametrallado y condujo a su padre y al chófer a la residencia sanitaria de la Seguridad Social Nuestra Señora de Aránzazu. El presidente llegó con vida y fue introducido de inmediato en un quirófano para ser intervenido, pero falleció a las 15:20 horas durante la operación. El conductor del vehículo, José María Elícegui, aguantaría a base de transfusiones unas horas más con vida, falleciendo a las 11:20 horas de la noche. Los dos policías de la escolta fueron trasladados en ambulancias al Hospital Provincial, donde ingresaron cadáveres.

Tres horas y media después de producirse el atentado, sendas llamadas anónimas a la emisora La Voz de Guipúzcoa y al diario La Voz de España reivindicaban en nombre de ETA-V Asamblea, rama militar, el atentado contra el presidente de la Diputación y sus cuatro acompañantes, a los que se refería, despectivamente, como “sus perros guardianes”. A última hora de la noche, ETA-V Asamblea lo reivindicaba oficialmente desde Bayona (Francia) a través de varias llamadas a diversos diarios y emisoras de radio. Dos días después, el 6 de octubre, tres terroristas de ETA, de la rama llamada Organización Militar Socialista Revolucionaria Vasca de Liberación leyeron un comunicado en rueda de prensa, que llevaba como título “Ejecución”. En la misma, los portavoces de la banda asesina arremetieron contra la oposición por haber condenado el atentado y manifestaron su voluntad de continuar con su “justicia revolucionaria”.

A media tarde el ambiente en la capital donostiarra era de mucha tensión y en la propia avenida de España, donde se produjo el quíntuple asesinato, numerosas personas comentaban en corrillos el trágico suceso. Poco después de las ocho de la tarde, la Policía efectuó un registro exhaustivo en el Barrio Viejo, desalojando a la gente de sus casas, así como a los espectadores de los cines del citado barrio. Al mismo tiempo se extremaron las medidas de vigilancia y control en las carreteras de la provincia y en la frontera para tratar de localizar a los asesinos. Se montaron puestos de control en todas las salidas de San Sebastián y en la frontera de Irún fueron movilizadas todas las fuerzas, que establecieron severos controles a aquellas personas con intención de cruzar a Francia.

Al día siguiente, 5 de octubre, se celebró un funeral a las cinco y media de la tarde en la Iglesia-catedral del Buen Pastor por las cinco víctimas, concelebrado por el obispo Argaya, el obispo auxiliar Setién, el vicario general y veintisiete sacerdotes. A la misma hora se celebró el entierro de Juan María Araluce en el cementerio de San Sebastián, tras una misa de cuerpo presente en la capilla de San Ignacio.

A la salida del funeral, unas ochocientas personas, muchas con adhesivos de Fuerza Nueva, iniciaron una manifestación gritando “¡Franco, Franco!”, “Gobierno dimisión”, “Ejército al poder”, “Ni amnistía ni perdón, ETA al paredón”. Posteriormente se dispersaron en grupos que asaltaron bares, rompieron escaparates y cruzaron coches, además de agredir a algunas personas. Cuando aparecieron los antidisturbios los recibieron con aplausos y vivas. Hubo numerosísimos incidentes hasta bien entrada la noche. Uno de los locales más afectados fue la cafetería Dover, cuyos dueños eran muy amigos de la familia Araluce.

El 6 de octubre, miles de personas presenciaron en Madrid el traslado de los féretros de Antonio Palomo y Luis Francisco Sanz, dos de los escoltas de Juan María Araluce. A unos veinte kilómetros de la capital, en las inmediaciones de San Sebastián de los Reyes, varios centenares de personas, la mayoría funcionarios de Policía, formaron un cortejo fúnebre que siguió los furgones mortuorios hasta la Puerta del Sol. Tras finalizar el acto religioso, los féretros fueron sacados a hombros por sus compañeros, familiares y amigos, y fueron recibidos con una gran ovación por la multitud que se agolpaba en las inmediaciones de la iglesia.

El atentado contra el presidente de la Diputación, su chófer y sus tres escoltas fue el último con víctimas mortales de la banda terrorista ETA en el año 1976, que se inició con el asesinato el 17 de enero del guardia civil Manuel Vergara Jiménez en Villafranca de Ordicia. Fue la particular forma con la que la banda supuestamente luchadora contra el franquismo dio la bienvenida al inicio de la transición a la democracia.

En diciembre de 1978 la Policía culminó una gran operación contra ETA, que llevó a la detención de José Antonio Torre Altonaga, alias Medios. El etarra reconoció en el interrogatorio que las metralletas que se incautaron en un piso deshabitado en Munguía se habían utilizado en el atentado contra Araluce.

Juan María Araluce Villar, de 59 años, era presidente de la Diputación de Guipúzcoa, consejero del Reino y procurador en Cortes. Había nacido en Santurce (Vizcaya), estaba casado con María Teresa Letamendía, de 56 años, y era padre de nueve hijos. Combatió durante la Guerra Civil como teniente piloto de aviación de caza. En 1947 obtuvo por oposición la notaría de Tolosa y desde 1968 ocupaba el cargo de presidente de la Diputación giupuzcoana.

José María Elícegui Díaz, conductor del vehículo oficial del presidente de la Diputación de Guipúzcoa, tenía 25 años. El día que lo asesinaron, era su último día de trabajo como chófer, puesto en el que llevaba un año como interino sustituyendo al anterior conductor cuando éste se jubiló. Sobrevivió unas horas al atentado, falleciendo a las once y veinte de la noche del mismo 4 de octubre tras ser sometido a varias transfusiones de sangre. Tenía pensado casarse en los próximos meses. Su funeral se celebró el 6 de octubre en Pasajes, localidad próxima a San Sebastián. “Muchas vecinas me dijeron que como la muerte había sido así, es decir, un atentado terrorista, tenían miedo y no podían ir al funeral (…) Después del atentado la gente cambió de actitud y comportamiento con la familia, no reaccionaban con normalidad”, contó Clementina Díaz, madre de José María (Cristina Cuesta, Contra el olvido, Temas de Hoy, 2000).

Alfredo García González, policía nacional, era el conductor del coche de escolta de Juan María Araluce. Natural de Lago de Babia (León), tenía 29 años y estaba soltero. Tras el funeral en León, más de cuatro mil personas se manifestaron en silencio por la ciudad.

Antonio Palomo Pérez, subinspector de Policía, era miembro de la escolta de Juan María Araluce. Natural de Osuna (Sevilla), tenía 24 años y estaba soltero. Fue enterrado en Madrid junto a su compañero, Luis Francisco Sanz Flores.

Luis Francisco Sanz Flores, policía nacional y escolta del presidente de la Diputación de Guipúzcoa, cumplía 25 años al día siguiente de ser asesinado. Natural de Madrid, se había casado con una donostiarra quince días antes del atentado que le costó la vida.

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