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A las diez y veinte minutos de la mañana del 29 de octubre de 1988, la banda terrorista ETA asesinaba en Bilbao al policía nacional CRISTÓBAL DÍAZ GARCÍA mientras hacía guardia en la entrada de la comisaría de Santuchu. Su turno había terminado, pero un compañero que estaba de guardia le pidió que le relevara en su puesto un momento. El asesinato lo cometió un francotirador de la banda que disparó un solo tiro a casi doscientos metros de distancia realizado con un fusil provisto de mira telescópica. Cristóbal, alcanzado en el lado izquierdo del tórax por un disparo que salió por la espalda, falleció una hora después en la mesa de operaciones del Hospital de Basurto.

El autor de los disparos estaba situado en un descampado separado de la comisaría por la autovía de San Sebastián. El pistolero de la banda estaba acompañado por otras tres personas, dos hombres y una mujer, que se dieron a la fuga en un automóvil Simca 1200 de color rojo, robado previamente a punta de pistola.

Tras practicarle la autopsia, se instaló la capilla ardiente esa misma noche en el Gobierno Civil de Vizcaya. El funeral por su alma se celebró al día siguiente, 30 de octubre, a las dos menos cuarto de la tarde en la parroquia de San José, de Bilbao.

Cristóbal Díaz no llevaba puesto en el momento del atentado el chaleco antibalas cuyo uso habían recomendado con insistencia los mandos policiales cuando se prestaban servicios de vigilancia estática en las vías públicas. Fuentes oficiales señalaron el día del atentado que el policía asesinado hubiera salvado la vida de haber llevado el chaleco protector. Sin embargo, al día siguiente el Sindicato Unificado de Policía (SUP) denunció la inexistencia de chalecos antibala en la comisaría de Santuchu.

El asesinato de Cristóbal, que permanece impune, se produjo un día antes de que la banda terrorista ETA liberase, previo pago de un rescate, a Emiliano Revilla, que había permanecido secuestrado doscientos cuarenta y nueve días.

Cristóbal Díaz García, era natural de Montellano, en la provincia de Sevilla. Había ingresado en la Policía Nacional en 1976 y desde 1983 estaba destinado en Bilbao. Un hermano suyo también pertenecía al Cuerpo Nacional de Policía. De 36 años, Cristóbal estaba casado con Francisca Lombardo, de 31 años, y tenía un hijo de 7 años, Cristóbal Díaz Lombardo. Así contó en noviembre de 2007 cómo se enteró del asesinato de su padre: ese día vio llorar a su madre de forma desconsolada y uno de sus tíos le soltó crudamente “ETA ha matado a tu padre”. “Mi entorno no supo cómo reaccionar. Me encontré en una coyuntura complicada. Era un tema tabú, mi familia evitaba hablar de mi padre delante de mí. Hubo momentos en los que tenía la sensación de sentirme avergonzado de él (…) En la adolescencia, creció en mí un odio generalizado y me encerré en mí mismo. Nunca nadie relacionó el cambio de mi temperamento con una posible secuela psicológica” (El Correo, citado por Vidas rotas, de Alonso, R., Domínguez, F. y García Rey, M., Espasa, 2010, págs. 696-697). Para salir de esa situación no contó con ningún tipo de ayuda psicológica. “Entonces ni nos ofrecieron ayuda psicológica ni nosotros la pedimos por ignorancia. Se puede decir que pasamos este trago a palo seco” (ABC, 13/02/2006).

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