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El delegado de Telefónica en San Sebastián JUAN MANUEL GARCÍA CORDERO fue secuestrado poco después de las siete de la mañana cuando salió de su domicilio en el barrio de Gros de la capital donostiarra para dirigirse a su trabajo en la delegación de Telefónica en el barrio de Amara. Al no llegar al mismo, sus compañeros se extrañaron, porque Juan Manuel era una persona muy puntual. El subdelegado de Telefónica llamó al domicilio de García Cordero y uno de los hijos le confirmó que su padre había salido a la hora habitual. A partir de ese momento saltaron las alarmas, se hicieron gestiones en distintos hospitales, por si hubiese ingresado en alguno de ellos, y comunicaron a la Policía su desaparición. A las 9:45 horas una llamada al diario Egin avisaba de que su cadáver estaba en el monte Ulía. Enseguida se localizó el vehículo de Juan Manuel García Cordero, cerca de su domicilio, por lo que se supuso que podría haber sido secuestrado nada más salir de casa. Una segunda llamada a las 13:15 horas, en nombre de los Comandos Autónomos Anticapitalistas y otra vez al diario Egin, daba datos más exactos de la localización. A las 14:30 horas del 23 de octubre de 1980 se encontraba en el monte Ulía de San Sebastián el cadáver del delegado de Telefónica en Guipúzcoa. El cuerpo de la víctima, que presentaba un disparo en la sien, había sido abandonado sentado junto a un tronco en un paraje rodeado de pinos, al final de un camino que parte de los restaurantes que existen en la zona.

“Recuerdo perfectamente a mi madre abrazando el cuerpo de mi padre muerto. Yo también lo abracé”, relató Iñaki García Arrizabalaga a El País en una de las aulas de la Universidad de Deusto en la que imparte clases de Marketing. En esas mismas aulas, cuando era estudiante, se enteró del asesinato de su padre.

“Pasada una hora de clase, llaman a la puerta. Toc. Toc. Y aparece mi hermano el mayor. Pensé: ‘¿Y esto?’ Me contó que nuestro padre no había ido al trabajo y ahí empezó la vorágine”. Desde entonces, ese joven de 19 años transitó “por un camino de odio hacia los que asesinaron a mi padre, hacia ese mundo… Luego me di cuenta de que el odio sólo sirve para destruirse a uno mismo y a lo que te rodea. Es una enfermedad. Entonces decidí transformar esas energías y me comprometí en diversos movimientos por la paz” (El País, 10/11/2010).

Tres días después del asesinato de Juan Manuel García Cordero, el diario Egin hacía público un comunicado en el que los Comandos Autónomos Anticapitalistas manifestaban que “el delegado de la Telefónica, después de ser sometido a un minucioso y extenso interrogatorio, y debido a su papel en las escuchas telefónicas, fue ejecutado”. Según los CAA, Juan Manuel García Cordero “era el encargado de tener las listas de los teléfonos controlados, así como de mantener contactos con la Guardia Civil para el mejor funcionamiento del control telefónico”, y terminaba advirtiendo que ésta “no pretende ser una acción aislada, sino un aviso a todos los que colaboran con la Policía, tanto en controles telefónicos como postales”. El comunicado venía a cuento de una polémica que se había suscitado en los medios por las escuchas telefónicas que supuestamente la Policía hacía en las instalaciones de la empresa. De hecho, el asesinato de Juan Manuel vino precedido de varias amenazas contra Telefónica. Seis días después asesinaron a Juan Carlos Fernández Aspiazu, otro directivo de la empresa, y dos años más tarde fueron asesinados el sucesor de García Cordero en el cargo, Enrique Cuesta Jiménez (26 de marzo de 1982), y su escolta, Antonio Gómez García, que falleció unos días después, el 31 de marzo.

Aunque los asesinos de Juan Manuel García Cordero no han sido juzgados, uno de los que participaron en el secuestro previo a su asesinato fue Jesús Ricardo Urteaga Repullés, alias Txetxu, que también es presunto autor material del asesinato, pocas horas después, del político Jaime Arrese Arizmendiarrieta.

Juan Manuel García Cordero, delegado provincial de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE), tenía 53 años y era natural de San Sebastián, donde fue enterrado en la más estricta intimidad. Estaba casado con María Concepción Arrizabalaga Arechavaleta y era padre de siete hijos, dos de los cuales trabajaban también en Telefónica, donde la víctima había ingresado treinta años antes como operador técnico en Tolosa. Compañeros y colaboradores destacaron su incesante dedicación al trabajo, que le permitió acceder desde el escalón más bajo de la Compañía hasta la delegación provincial, puesto que ocupaba desde hacía dos años y medio.

En diciembre de 2003, la ciudad de San Sebastián rindió un homenaje a las víctimas de ETA. En el mismo, Margarita García Arrizabalaga, uno de los siete hijos de Juan Manuel, recordaba en representación del Foro Municipal de Víctimas del Terrorismo, que han “tenido que sufrir no solamente la pérdida de un ser querido o la agresión a su dignidad y su integridad, sino la marginación y el rechazo social”. Acompañada por su madre, María Concepción, y el resto de la familia, destacó que habían vivido “unos años terribles por el mutismo que se sentía cerca de nosotros. Ahora notamos el acercamiento de la sociedad” y reconoció que “es demasiado difícil perdonar, cuando nadie pide perdón, pero, a pesar de todo, queremos creer en el futuro con mayúsculas e imaginar una Euskadi en paz, despreciando la violencia y defendiendo el derecho a la vida (…) Las víctimas queremos ser protagonistas de la paz, pero no víctimas de ella. No habrá paz y libertad sin memoria y sin dignidad” (El Diario Vasco, 24/12/2003).

Su hermano Iñaki García Arrizabalaga señaló a El Correo, a propósito del comunicado de alto el fuego de enero de 2011 sentirse “profundamente defraudado”. “Demuestran la misma prepotencia y las mismas ganas de imponer de siempre. Lo que vienen a decir es que nos dan un tiempo para que aceptemos lo que piden y así se convierten en garantes últimos de cualquier acuerdo” en una actitud que equiparó a la de “matón de colegio”. “Si cuando hablan de una tregua general se refieren a la extorsión y las amenazas, ¿por qué no lo dicen directamente? ¿se va a verificar si compran o no armas en el mercado negro? Eso es un canto al aire”. Iñaki exigía a la banda una “disolución inmediata e incondicional ya”. “No se puede vivir bajo la amenaza constante. La sociedad está cansada, harta de poner mejillas. Lo que hay que hacer es dar un puñetazo en la mesa”, subrayó (El Correo, 10/01/2011). Pocos meses después, en mayo de 2011, y dando muestras de una generosidad sin límites que sólo se les puede pedir a las víctimas directas del terrorismo de ETA, Iñaki García Arrizabalaga se ha decidido a participar en el programa del Gobierno que trata de propiciar el encuentro de víctimas y de miembros de ETA disidentes. En septiembre de 2011 Iñaki García contaba en el diario El País los motivos por los que ha aceptado participar en dicho programa, y daba por sentado que la iniciativa no gustaría a muchas víctimas, como así ha sido. El día en el que se iba a producir su encuentro con el miembro de ETA, que no es ninguno de los que participó en el asesinato de su padre, Iñaki se vio asaltado por las dudas:

“¿Qué hago?, ¿Estaré haciendo bien? (…) ¿Es esto adecuado?, ¿debo entrar?”. Y decidió que sí. Respiró hondo y se dijo que no hacía nada malo, ni engañaba a nadie, ni atentaba contra la dignidad de las víctimas, ni contra la memoria de su padre. Quería hacer su contribución a la reconciliación en Euskadi. Ayudar a la construcción de una sociedad en la que sus hijas, de ocho y nueve años, puedan vivir sin odiar al vecino. Sentía inquietud por cómo sería el encuentro. “¿Y si me encuentro con alguien que justifica los asesinatos o rechaza algunos y defiende otros?, ¿dirá que los muertos bien muertos están?”. Con el corazón aún encogido entró en una sala improvisada y esperó (…) “[Cuando llegó] me dio la mano y se presentó como preso de ETA. Yo ya sabía quién era. Sabía que tenía delitos de sangre; que había matado a gente. (…) Me dijo que reconocía que había cometido daños irreparables y que ojalá fuera yo uno de los familiares de sus víctimas pero que, en todo caso, me pedía perdón como miembro de la banda por lo que a mí me había ocurrido. Fue muy impactante. Era la primera vez que un terrorista me pedía perdón (…) Yo me había asegurado previamente de que no habría remuneración ni beneficios penitenciarios para él. No estaba dispuesto a ser un tonto útil al servicio de ninguna causa (…) Le puse delante la realidad de las víctimas. Le mostré que cada asesinato suponía una familia rota, amigos destrozados… En mi caso, por ejemplo, mi padre tenía una mujer y siete hijos. Le conté las trayectorias de cada uno, cómo nos había afectado, cómo me impactó a mí, con 19 años y empezando a vivir… Él pasó un mal trago (…) Quería saber los motivos que llevan a una persona a matar. Él me habló del contexto social en el que vivía, un ambiente en el que todo el mundo pensaba igual, leía la misma prensa, frecuentaba los mismos sitios… Me dijo que ETA es una organización terriblemente jerárquica en la que la capacidad de discrepancia es prácticamente nula (…) Qué manera de tirar una vida, de truncar otras, y todo por el maldito entorno (…) Me llamó poderosamente la atención que no miran a los ojos de la víctima a la que van a asesinar. Me contó la anécdota de un compañero que iba a matar a un periodista y, tras cruzar su mirada con él, fue incapaz de hacerlo (…) Me dijo también que el primer asesinato es el más difícil pero enseguida entran en una dinámica loca y no piensan en ello. Después de matar duermen, comen y juegan con sus hijos igual que nosotros. Me alucinó escucharlo. La frialdad con la que ejecutan sus crímenes y cómo viven como si nada hubiera pasado (…) Fue en la cárcel donde empezó a aparecer la persona, con sus sentimientos y su espíritu crítico y se dio cuenta de que había matado a gente (…) Me contó cómo para muchos de ellos ser detenidos es una liberación porque por fin llega la calma” (El País, 25/09/2011).

Iñaki también dio su opinión sobre si esta experiencia debería generalizarse con el resto de las víctimas y tiene claro que su participación en este programa de acercamiento de víctimas y asesinos puede haber herido a otras víctimas:

No lo sé. Perdonar es un acto estrictamente personal. Una víctima no está obligada a perdonar. Es humano y perfectamente comprensible que haya gente que no quiera participar en un proceso de estos. Pero yo creo que un terrorista sí está obligado a reconocer el daño causado y a solicitar el perdón; creo que es una condición indispensable para construir la convivencia. Ojalá hubiera más presos de ETA que transitaran por ese camino (…) Puede resultar hiriente para algunos que yo, víctima del terrorismo, diga que es bueno descubrir el lado humano de un terrorista, pero así es (…) Ninguna víctima está obligada a hablar con un terrorista. Quien se acerque a esto tiene que hacerlo convencido, sin pensar en quién va a ganar o perder con esto. Hay víctimas que creen que una experiencia de este tipo ahondaría en su sufrimiento. No es mi caso (…) Vi a una persona consciente del daño causado que pedía perdón. Y ante eso no puedes sentir odio. Si esa entrevista hubiera sido con el asesino de mi padre quizá hubiera sido más difícil, pero el odio yo lo tengo superado (…) Hay que mirar al pasado, pero también al futuro. No se puede conducir un coche mirando solo el retrovisor porque no ves lo que viene. Por supuesto que no debemos olvidar, pero hay que sembrar para el futuro. Sabía que me arriesgaba (…) Sé que, como víctima, puedo ser estigmatizado por haber participado en ese encuentro (El País, 25/09/2011).

Iñaki concluye su entrevista señalando que sabe que su postura

“es una postura discordante. La mayoría de las víctimas no se habría sentado a hablar con esa persona, pero no creo haber hecho nada malo. Salí de allí mucho más tranquilo de lo que había entrado. Fue un acto libre, sin presiones ni contraprestaciones, que dos personas llevaron a cabo. Me ha servido a mí y creo que puede servir a la sociedad en la que vivo. Me fascina cuando en los medios siguen apareciendo noticias sobre rencores de la Guerra Civil. Si en Euskadi las heridas se cierran en falso, seguirán sangrando. Modestamente, si mi aportación puede ir por ahí, bienvenida sea” (El País, 25/09/2011).

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