SIGUE LA JORNADA BURSÁTIL EN DIRECTO
SÍGUENOS EN TELEGRAM

A las diez menos diez de la mañana del 13 de octubre de 1980 la banda terrorista ETA asesinaba en San Sebastián a LORENZO MOTOS RODRÍGUEZ, teniente coronel de Ingenieros, mientras se dirigía desde su domicilio en el barrio de Amara de la capital donostiarra al acuartelamiento de Loyola. Allí se encontraban las dependencias del Patronato de Huérfanos del Gobierno Militar de Guipúzcoa, donde el militar estaba destinado.

Lorenzo Motos fue alcanzado por tres terroristas que ametrallaron su vehículo cuando éste se detuvo en un semáforo en rojo en la plaza de Álava. Los pistoleros de la banda le esperaban tranquilamente en la acera, junto al poste del semáforo, pues previamente habían sometido a vigilancia al militar. Por ello sabían que Lorenzo Motos efectuaba ese recorrido a la misma hora, de modo habitual, a pesar de las recomendaciones policiales dirigidas a personas susceptibles de ser objetivo de la banda asesina. Tras ametrallar el coche, los etarras huyeron en dirección al puente de María Cristina. Ahí se montaron en un automóvil Seat 127 blanco, que luego dejaron aparcado cerca de la estación de Renfe, a unos mil metros del lugar del atentado. El vehículo fue localizado horas después por la Policía. Tenía placas de matrícula falsas y en su interior se encontraron las de la matrícula verdadera. El automóvil había sido robado a punta de pistola a su propietario el día 6 de octubre en la localidad guipuzcoana de Andoain.

En el automóvil del militar se pudieron contabilizar más tarde hasta dieciocho impactos de bala en la parte delantera izquierda. El teniente coronel Motos recibió tres impactos de bala, uno de los cuales le alcanzó de lleno y le destrozó el cuello. Otros dos proyectiles se alojaron en el tórax. La víctima quedó en el automóvil desangrándose, rodeada de curiosos. Algunos de ellos se dedicaron a recoger casquillos de bala, por lo que la Policía sólo pudo hacerse con seis del calibre 9 milímetros parabellum, marca SF.

Hasta el lugar de los hechos acudió una ambulancia de la Asociación de Ayuda en Carretera (DYA), avisada por un testigo presencial, que trasladó urgentemente al herido a la residencia sanitaria de la Seguridad Social Nuestra Señora de Aránzazu, donde ingresó cadáver.

A la una de la tarde quedó instalada la capilla ardiente en el Hospital Militar. Allí acudieron a lo largo de la tarde autoridades civiles y militares. Al día siguiente, 14 de octubre, se celebró el funeral en el templo parroquial de la Sagrada Familia, abarrotado de fieles. Entre los asistentes se encontraban numerosos compañeros de armas del militar asesinado, además del delegado especial del Gobierno en el País Vasco, general Sáenz de Santamaría; gobernadores civil y militar, jefes de Estado Mayor de la VI Región Militar y de la zona marítima y numerosos jefes y oficiales de uniforme. También se encontraban presentes el alcalde de la ciudad, Jesús María Alcain, y el diputado general de Guipúzcoa, Xabier Aizarna, ambos del Partido Nacionalista Vasco, así como representaciones de otras fuerzas políticas. Con anterioridad, a las doce de la mañana, se había celebrado en la capilla del Hospital Militar una misa privada a la que asistieron la esposa de Lorenzo Motos, sus hijos y algunos amigos y compañeros allegados.

Uno de los hijos de Lorenzo, José Motos, relató en 2004 a la revista Hasta Aquí, editada por la plataforma ¡Basta Ya! cómo se enteró del asesinato de su padre:

Mis preocupaciones a esa edad eran las de todos a los 18 años. Piensas que ese tipo de cosas no te pueden pasar a ti. A pesar de ello, recuerdo que era una época en la que ETA estaba ya pegando muy cerca. Ya habían asesinado a algún militar cercano a la familia. Piensas que no hay motivos para que te ocurra una cosa así, aunque en realidad sabes que no hay motivos para nadie. Ocurrió un lunes, el 13 de octubre de 1980. Yo estudiaba en una academia, me levanté temprano, me despedí de mi padre que salía de casa algo más tarde. A las 10 de la mañana yo ya había acabado unas clases y estaba en la calle Urbieta con unos amigos hablando cuando apareció otro chico, que no me conocía, contando que había habido un atentado en Amara. Acababan de matar a un militar. Fue una forma cruel de enterarme, aunque no sé si existe alguna mejor para estos casos. Yo pregunté con interés, no porque pensara que pudiera ser mi padre, sino por saber si se trataba de una persona conocida. ‘Es el padre de un jugador de baloncesto, del Askatuak, Motos’. De repente te cambia todo, no recuerdo mi reacción. Sólo sé que salí corriendo, disparado hacia mi casa, a sprint. Cuando llegué hacia el Parque de Amara y vi que no había nada, ni policías, ni movimiento que me confirmara que ahí había pasado algo, pensé que se había equivocado. Subí a casa y en cuanto abrí la puerta del salón, me di cuenta de que sí había pasado… A partir de ahí, fue todo muy rápido, una pesadilla. Muy tétrico. Tan rápido que no daba tiempo ni a asimilar. No sé ni si lo he asimilado todavía”. De ese primer momento, a José Motos le queda el sentimiento de la humillación: “Saber que le han matado a tu padre cobardemente, vilmente, a traición… Mi padre era un militar que siempre había ido de cara y es triste que tuviera que morir así, a traición, en un atentado terrorista. Él fue un militar con honor y valiente y no merecía un final como este”. Y junto al sentimiento de humillación, el de rabia, una rabia que sale una y otra vez cuando ETA volvía a asesinar: “Aprendes a vivir con ello, a pesar de que cada vez que asesinan a alguien, y ves otra familia destrozada, se revive lo mismo. Han estado matando a mi padre continuamente (Hasta Aquí, editada por la plataforma ¡Basta Ya!, 2004)

En 1988 la Audiencia Nacional condenó al etarra del grupo Donosti Ignacio Esteban Erro Zazu, alias Pelos, a 29 años de prisión mayor. Sobre los asesinos de su padre, José Motos contaba que fueron tres:

De uno no sé nada. De los otros dos, uno de ellos murió en un tiroteo en Miraconcha, cuando fue sorprendido por la Policía Nacional preparando un coche bomba. Le acompañaba ese día el tercer integrante que logró escapar. Este personaje se llama Ignacio Erro Zazu, de Pamplona, de 44 años, era fontanero antes de dedicarse al crimen organizado. Lo último que sé es que está en una cárcel de Tenerife y no le quedará mucho para salir a pesar de tener un amplísimo currículum como criminal. En el momento en el que le detuvieron, en el año 1987, después de cometer un atentado con lanzagranadas contra el Gobierno militar, formaba parte del comando Donosti, aunque había pasado ya por alguno mas, incluso llegó a estar integrado en alguno de esos comandos con un conocido dirigente del mundo radical abertzale. Según lo declarado por el propio Erro Zazu, allá en el 87 cuando fue juzgado, se trata del mismo Arnaldo Otegui Mondragón al que no han conseguido imputar nada y que, como todos sabemos, sigue ejerciendo de parlamentario y protegido por el actual tripartito gobernante. Erro es el autor material y pertenece al ala más radical, es de los que celebran los atentados con gambas y champán. En aquella época los que dirigían ETA y dictaban las sentencias de muerte eran Txomin, Santi Potros y Txikierdi, supongo que también ordenaron asesinar a mi padre pero por el momento no han sido juzgados por ello” (Hasta Aquí, editada por la plataforma ¡Basta Ya!, 2004).

Según las declaraciones de Erro Zazu, el grupo Donosti estaba formado por Miguel Ángel Apalategui, alias Apala, uno de los que, tras beneficiarse de la Ley de Amnistía en 1977, continuó asesinando y se integró en el grupo Donosti junto a Agustín Arregui Perurena, Txuria; Luis María Lizarralde Izaguirre, Beltxa; Ángel María Galarraga Mendizábal, Pototo; Félix Manzano Martínez, Rioja; y el propio Erro Zazu, Pelos. Según las declaraciones de este último, este grupo Donosti perpetró, entre otros, el atentado contra el teniente coronel de Ingenieros Lorenzo Motos Rodríguez en 1980 (ABC, 25/11/1997).

Lorenzo Motos Rodríguez era natural de Valladolid, donde había nacido el 27 de enero de 1919, por lo que tenía 61 años cuando fue asesinado. Se había incorporado al Ejército, como voluntario, el 18 de julio de 1936, y participó activamente en la campaña de Sidi-Ifni. Estaba en posesión de numerosas condecoraciones concedidas por méritos en campaña, entre ellas la Cruz de Guerra, la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, varias medallas de campaña y varias cruces del Mérito Militar con distintivo blanco. Llevaba residiendo en San Sebastián quince años y estaba casado con una navarra de la localidad de Elizondo, a la que conoció en los años cuarenta mientras trabajaba en labores de fortificación en el Pirineo. El matrimonio había tenido siete hijos, de los que uno había fallecido. Otro de los hijos fue jugador de baloncesto en el Askatuak, formaba parte de la plantilla del Calasancio de Pamplona y trabajaba como profesor de Biología en una ikastola. La mayoría de los hijos de Lorenzo Motos hablaban perfectamente euskera y se encontraban completamente integrados en el País Vasco. José Motos, que tenía 18 años cuando asesinaron a su padre, contó a la revista Hasta Aquí ya citada que “su madre pasó momentos muy duros, llenos de soledad y de incomprensión, pero le echó mucho valor y salió adelante (…)”, y añadía:

Yo no perdono, cómo voy a perdonar a alguien que se ríe todavía de mí, que tiene una actitud insultante, que no reconoce el error. No conozco a nadie que diga ‘estábamos equivocados’, siempre se justifican, hasta cuando matan por error (…) Mi drama personal está rodeado de un problema político muy grande que, siendo realista, sé que no se va a arreglar y si se arregla será con condiciones muy generales, que a mí no me van a satisfacer. ¿Alguien va a reconocer que se equivocaron asesinando ciudadanos? Eso sería reconocer que han sido asesinos y ellos se consideran patriotas. Hablan de negociación, pero ¿qué es la negociación? En toda negociación hay intercambio y ¿qué tienen ellos? Sólo los muertos, su capacidad de destruir, esa es su moneda de cambio. ‘Tú me das este territorio y yo dejo de matar’. Así que partiendo de ahí, yo sé que no voy a ver nunca una conversión del mundo nacionalista, de los que giraron la cabeza hacia otro lado (aunque estos, según cómo y desde donde sople el viento encuentran justificación para todo), de los que los apoyaron y mucho menos de los diseñadores y ejecutores de los asesinatos”. Sobre el comportamiento de la sociedad, el hijo de Lorenzo señalaba en la entrevista que “lo más duro es el apoyo social que tienen los atentados. Para mí, más duro que pensar en el hijo de puta que apretó el gatillo o en el que dio la orden o en los que pasaron la información, fue sentir la pasividad de la sociedad, el chasco que me llevé con mucha gente. Fue lo que más me dolió. Quién se acercaba a mí y quién no. Mis amigos no me fallaron, pero del amplio entorno que tiene un chico de 18 años sí hubo mucha gente que no se portó bien. Tuve que oír comentarios del tipo ‘algo habrá hecho’. Fue muy duro. En aquellos años había asesinatos casi todos los días. El atentado de mi padre fue uno más. Al cabo de unos días cada familia se quedaba con lo suyo, porque enseguida el protagonismo lo adquirían otros (…) Aquí hay mucho culpable. A unos les hemos visto la cara porque han apoyado activamente el terrorismo. Todos sabemos quiénes son, lo que hacen y cómo piensan. Hay otros que dicen que no apoyan la violencia (aunque los hay que se benefician de ella), pero que con su pasividad la sostienen, porque el terrorismo genera el síndrome de Estocolmo. Este es un pueblo secuestrado, por lo menos, una gran parte de la sociedad que lo forma lo está. El terrorismo no solo consigue un apoyo activo, también lo consigue pasivo y esta es una gran baza ya que quita fuerza a la respuesta contra el terrorismo.

MÁS DE 78.000 PRODUCTOS CON LA BANDERA DE ESPAÑA

Fuente