liberal
¡¡ÚNETE A EL DIESTRO!! COLABORA DESDE PATREON!!
OPOSICIÓN AL GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ
SÍGUENOS EN TELEGRAM

Últimamente estamos asistiendo a un sinfín de episodios de okupación de viviendas en los que encontramos tres grupos de actores fundamentales: por un lado, tenemos al propietario legítimo, al que vemos sufriendo gravemente por haber perdido todo fruto de su esfuerzo de golpe y plumazo; por otro lado tenemos a vecinos coléricos y amotinados contra los agresores, defendiendo lo que se supone que debería defender el Estado, el Derecho; y por último tenemos al grupo de los agresores, que está conformados minoritariamente por los okupas, y mayoritariamente por una caterva de politicuchos que, o bien justifican esta violación en pos de su “justicia social”, o bien callan para no otorgar por su grave irresponsabilidad. Este tipo de actos no solo son una injusticia aberrante, sino que además atentan contra el pilar fundamental de la libertad humana: el derecho a la propiedad privada.

El derecho a la propiedad no es una especie de concepto retórico o una declaración de
intenciones (lo que jurídicamente se conoce como principio rector de la política) como puede ser el derecho a una vivienda digna o el derecho a disfrutar del medio ambiente (artículos 47 y 45 de la C.E. respectivamente), sino que, como bien apuntan los teóricos del libertarianismo, es un derecho innato al ser humano. El hombre tiene necesidades que debe cubrir, por lo que está legitimado naturalmente para transformar los recursos que le son dados, a través de su trabajo. La cuestión es que estos recursos son, en multitud de ocasiones, escasos; por lo que la explotación de los mismos por una persona necesariamente excluye a todas las demás de poder hacerlo, o sea, derecho de propiedad privada. Esto es muy evidente para todos: si yo planto vegetales en una parcela de tierra virgen, nadie más que yo puede explotar esa parcela a partir del instante en que la transformo por primera vez, porque la parcela es solo una. Nadie está legitimado a extraer las semillas que yo he plantado, a pasar por encima o a robar los vegetales, fruto de mi trabajo, cuando estos florezcan.

Así, no tiene sentido establecer derechos de propiedad sobre el aire, la luz del Sol o las ideas (impuestos al sol, patentes y derechos de autor), porque el hecho de que alguien pueda usarlos no excluye a los demás de poder hacerlo (recursos superabundantes). Tampoco tiene sentido que alguien reclame para si, por ejemplo, la Tierra entera, puesto que solo es legítimo reclamar los recursos que no tengan dueño (vírgenes), sean escasos y sobre los que se tenga capacidad de explotación por primera vez (principio de colonización). Sin embargo, si que cabe destacar la primera y más fundamental propiedad de cada ser humano: la propiedad de uno mismo. Es del derecho a la propiedad privada de uno mismo del que se derivan derechos como a la autodefensa o a la libertad (la no enajenación de la voluntad propia). No somos libres por un papel que plasme la justicia social democrática del pueblo, llámese Constitución Española, llámese Bill of Rights. Somos libres porque naturalmente tenemos el derecho a serlo, porque tenemos derecho a la propiedad privada y a defenderla; por mucho que nuestros políticos necesiten hacernos creer que no es así, para poder seguir expropiando el fruto de nuestro trabajo a punta de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.