progresismo
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Otro de los conceptos fatídicos que plagan el lenguaje moderno es el de “progresismo”, que nada tiene que ver con el amor y afán de hacer progresar las artes y las humanas ciencias.

Sus orígenes psicológicos fueron las guerras últimas europeas, el maquiavelismo y la mentira social-liberal-marxista.

En Austria y Alemania surgió esta concepción antropocéntrica del mal llamado “progresismo”, como intento de eliminar las referencias de la persona a la ley por ver en ella una vejación de su exaltada idea de libertad.

Se opuso más que a la Iglesia al totalitarismo o absolutismo de cualquier cuño; primero político y después, por lógica dialéctica, al dogmatismo de la Verdad defendida por la Iglesia, identificando así autoridad legítima con autoritarismo tiránico.

La raíz filosófica está en el “personalismo”, que en vez de poner en la persona el sujeto de la responsabilidad moral, pone en la persona la autoría de la ley moral, convirtiendo así el objeto en sujeto.

Cuando ponemos los actos humanos en adecuación con la regla de la razón de las costumbres, tenemos una moralidad única para todos los hombres. Pero si les ponemos en el origen personal o en sus gustos subjetivos, esa moral única desemboca en el pluralismo ético, por no decir en la anarquía.

Y es que si el término “ad quem” es el punto de llegada del acto humano, el “personalismo” pone su acento en el término “a quo” o punto de partida, que cree hacer los actos buenos, por pertenecer a la persona humana, erigida en creadora absoluta de la norma moral.

Eso es el “personalismo”: la destrucción de la única naturaleza humana para poner en cada persona su propia norma moral. La individualidad del sujeto repudia la universalidad de su propia naturaleza.

En toda ley ve el “personalista” una vejación a la “dignidad” de su persona humana, tan sólo por venirle de fuera, por muy justa y necesaria que tal ley sea.

La ley moral es norma de perfección para el hombre, como la ley evangélica lo es para el cristiano.

Si para ser meritorios los actos han de partir del hombre libre (acto humano), para ser buenos moralmente han de ajustarse a la ley natural y divino-positiva del Decálogo.

Esto lo rechaza el “personalismo” como una imposición degradante para su concepto (pagano) de libertad personal.

Su norma no es obrar bien, sino obrar en libertad, convirtiendo así el medio en fin.

La anulación de la autoridad es el paso siguiente, y el vacío de potestades es su consecuencia inmediata.

Este “personalismo” subjetivista, inmanentista a lo Kant, soberbia humana irracional, acaba por subestimar la naturaleza humana separando la naturaleza de la persona y dice: “la naturaleza no es racional sino la persona”, con lo que se desestima el orden social como comunidad de vida.

La persona puede trascender su naturaleza animal, pero no su naturaleza específica que, para ser hombre, ha de incluir los dos elementos; animal racional, con todas sus consecuencias en el orden social y religioso. Lo demás es pura fantasía de la soberbia humana, que no de su razonar lógico.

No hay, pues, desdoblamiento que oponga realmente la naturaleza contra la persona. La perdona lo es por su racionalidad y éste es la diferencia constitutiva del hombre como tal.

Otro grave error del “personalismo” es que no acaba exaltando la personalidad humana al no reconocer su naturaleza, sino exaltando su individualidad, y así la persona desaparece absorbida por el subjetivismo endiosado del individuo, confundiendo otra vez las notas accidentales e individuantes con las esenciales y universales de nuestra naturaleza, orientada a unos mismos fines y a través de unos únicos medios preestablecidos por el Creador.

Las relaciones de un sujeto con otro -en el “personalismo”- son optativas y no exigidas por la naturaleza humana.