sueño
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La última semana de este otoño he visto encanecer las hojas de los árboles, reflejando un tupido manto, llenando el suelo para hacerle compañía a la llovizna que la madre naturaleza quería que ese aviso de la caída de los pétalos no estuviese solitario en el pavimento. Había momentos que el olor a tierra mojada, era más acentuado que noches anteriores. Con esta amalgama y mezcolanza, intuía que algo estaba pasando, o mejor dicho que iba a pasar.

No sé por qué, mi instinto observador presagiaba el anuncio de que algo iba a pasar, ese olor, no era característico de la lluvia en tierra mojada. Después de esta ensoñación poco a poco, mis ojos se iban cerrando. Al día siguiente de la última noche de verano, mi despertar me dejó con un jadeo que ya hacía tiempo que no lo percibía con esa tortura, que, aún tengo desde ese día. A veces me pregunto: ¿pueden pasar los sueños? ¿se logran hacer realidad?

Cuando desperté esa noche, mi habitación olía a quemado, descorrí la cortina de mi ventana para ver qué era lo que se estaba quemando. Mi serranía, esa que mira hacía mi Córdoba, ardía todo su emplazamiento que mis ojos pudieran ver. A los lejos se escuchaban las sirenas. Seguidamente me fui al salón, abrí mi hermoso balcón, lo primero que vieron mis ojos fue la escandalera callejera, varias parejas de guardias dando cachiporrazos con sus porras a diestro y siniestro. En las aproximaciones de la avenida, se escuchaban también las sirenas de los bomberos. Así mismo, ambulancias chirriaban prontas cada vez más cercanas. No sé lo que pasaba, ya que encendí el televisor y la radio, no había manera de conexión, posiblemente habría ardido un trasformador que nos daba corriente al vecindario, la cual estaba casi toda asomada a sus balcones y ventanas. En muchas de estas viviendas, en sus puertas da la calle, había personas con palos y todo tipo de porras queriendo por la fuerza abrir las puertas de la calle.

No sé si esto fue el principio del sueño, ya que estas ensoñaciones fueron mucho más escalofriantes, desgarradoras y dolorosas España estaba, al parecer toda ella, en las mismas dimensiones. Al día siguiente de aquél sueño leía y cuando ya tenía la conexión eléctrica, la radio, las radios, las cuales llevaba tiempo algunos años sin escucharla. Sus locutores solo hablaban de encontronazos de paisanos unos con otros, los asaltantes robaban en los supermercados y en todo tipo comercios uy negocios. De vez en cuando pasaba de emisora en emisora, sintonicé en una de ellas, donde una locutora con voz que apenas se le oía, con voz quebrada estaba diciendo: desde el Valle de Cuelgamuros, llamado también Valle de los Caídos, les hablo del derrumbe de su gigantesca Cruz edificación que componen este conjunto monumental, donde sin lugar a dudas es el símbolo de este conjunto, la cruz se veía desde varios puntos de la capital madrileña su silueta dejaba de verse que, como decían los voceros de antaño, esta cruz acompañaba al viajero que se alejaba de Madrid caminos de las anchuras castellanas por la carretera de la Coruña.

Querido lector, supongo que estarás pensando cómo me desperté esa mañana del último día de verano. Para mí se queda el sueño: Esa mañana mi inquietud me llevó a mis sueños de esa noche, un escalofrío recorrió mi médula espinal, cuando pienso lo que dijo Bernard Shaw: Ves cosas y dices: ¿por qué? Pero yo sueño cosas que, nunca fueron y digo ¿y por qué no?

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