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Un año después del asesinato de Modesto Carriegas, el 13 de septiembre de 1980 la banda terrorista ETA asesinaba en Durango (Vizcaya) al teniente coronel del Cuerpo de Sanidad JOSÉ MARÍA URQUIZU GOYOGANA. El teniente coronel se encontraba en la farmacia que, primero su padre y después su hermano, con ayuda de José María, regentaban en la localidad vizcaína. Hacia las doce menos cuarto de la mañana del 13 de septiembre de 1980, dos etarras, un hombre y una mujer, entraron en la farmacia familiar con la excusa de analizar una muestra de sangre y preguntaron por José María Urquizu. Cuando la víctima se inclinó sobre el microscopio, le dispararon dos tiros en la nuca a bocajarro, provocándole la muerte en el acto. En la habitación de al lado estaba su padre, de noventa años.

Testigos presenciales, empleados en los comercios situados frente a la farmacia, contaron que oyeron dos detonaciones seguidas y luego vieron cómo un hombre, que llevaba aún en la mano la pistola envuelta en un jersey, y una mujer, a cara descubierta, se dirigieron a pie por la misma acera de la farmacia hacia un callejón a la izquierda del establecimiento. En la calle de Ambrosio de Meabe, justamente en la trasera del edificio donde estaba la farmacia, un tercer terrorista les esperaba a bordo de un Seat 124, de color blanco, con el que se dieron a la fuga. El vehículo había sido robado una hora antes a punta de pistola en el centro de Durango.

La Policía encontró en el interior de la farmacia dos casquillos de bala del calibre 9 milímetros parabellum, marcas SF y SB, lo que significaría que en el asesinato intervinieron los dos etarras utilizando sus pistolas casi al mismo tiempo.

El alcalde de Durango, Francisco Zubicarai, afirmó tras el atentado que José María Urquizu “era una persona normal, seria y respetada”. Al poco tiempo de conocerse la noticia de su asesinato, todas las farmacias del Duranguesado, incluidas las que estaban de guardia, cerraron en señal de condena del atentado. El Ayuntamiento de la localidad, reunido con carácter de urgencia, condenó el asesinato e hizo un llamamiento a la paz ciudadana, con la excepción habitual de Herri Batasuna (HB).

José María Urquizu Goyogana, teniente coronel del Cuerpo de Sanidad, tenía 55 años. Estaba casado con Mercedes Aranaga y era padre de cinco hijos. Natural de Durango, estaba destinado en Burgos y esta circunstancia le obligaba a permanecer parte de la semana en aquella esa ciudad. En la farmacia familiar, que regentaban su hermano y su cuñada, realizaba análisis todos los sábados por la mañana. Estaba muy implicado en actividades sociales, siendo fundador y miembro de muchas asociaciones, como la Sociedad de Pesca y Caza y el Club Alpino de Durango. Vascoparlante y socio del Athletic de Bilbao, no se le conocían afinidades con ningún grupo político concreto y había rechazado la escolta. Se negó, por otra parte, a irse del País Vasco, porque era su tierra. Mercedes falleció cuatro años después del asesinato de José María.

El 19 de enero de 2006, Javier Urquizu Aranaga escribió en el diario El País un artículo en el que, con el título ‘Recordando a José María Urquizu Goyogana’, no sólo contaba cómo fue ese asesinato, sino que transcribía el testimonio de su madre en el que se aclaraban los motivos por los que ETA lo asesinó:

“Recientemente se han cumplido 25 años desde que nuestro padre fue cobardemente asesinado por unos miserables en nombre de ETA. Entraron a la farmacia familiar con el pretexto de hacer analizar una muestra de sangre. Cuando nuestro padre se inclinó sobre el microscopio para hacerlo, recibió un tiro en la nuca y la sangre que inundó la farmacia fue la suya propia. Nuestro abuelo (su padre), de 90 años, estaba en la habitación de al lado. Después de aquello, no vivió mucho más. Los asesinos, cumplida su misión (con la obligada complicidad, evidentemente, de unos chivatos no menos cobardes y miserables que ellos) huyeron. Su crimen sigue impune a fecha de hoy. Nuestro padre era un hombre bueno, honrado, valiente, generoso, justo, coherente y profundamente respetuoso, como pueden atestiguar todos los que le conocieron. La farmacia Urquizu, con él, con nuestro tío, y antes con nuestro abuelo Pascual, prestó servicio en Durango durante varias generaciones. Todos los que le trataron le apreciaban y querían. Muchos siguen viviendo para dar fe de ello. Y, en privado, la dan; en público, por alguna misteriosa razón, cuesta un poco más (cosa rara, dada la libertad que aquí gozamos). Antes que nuestro padre cayeron otros; después, también. Por cierto, ni el lehendakari de 1980 ni nadie de su Gobierno se dignó a mandar siquiera un simple telegrama de condolencia.

Hoy, para recordarle, quisiéramos transcribir algunas palabras que nuestra madre, Mercedes Aranaga, escribió pensando en él. Con ello rendimos también un homenaje a tantas viudas que, como ella, quedaron profundamente deshechas y a las que tantas veces y en tantos sitios se les negó una voz, un consuelo y un homenaje que no hubiera sido tan difícil de dar:

‘Jose Mari era una de esas piezas de artesanía que se fabrican por casualidad y ya nunca podrá repetirse porque el molde ha sido destruido. (…) He pasado días maravillosos a su lado, días sin prisas en los que era imposible imaginar que iba a suceder algo tan tremendo. (…) Pudiste haber salvado tu vida entregando un dinero que te pedían. Tu conciencia no te permitió ni considerarlo siquiera. Sabías que ese dinero que hubiera salvado tu vida iría destinado a comprar armas que segarían otras vidas. Aunque destrozada, te quiero aún más si cabe por tu valentía’.

El corazón de nuestra madre latió durante cuatro años tras la muerte de nuestro padre, pero fue una prórroga; en realidad, la bala que asesinó a nuestro padre comenzó también a matar ese mismo día a nuestra madre. Hoy, 25 años después, estamos orgullosos de ellos, de su ejemplo, e intentamos permanecer fieles a los valores éticos y humanos que nos inculcaron” (El País, 19/01/2006).

 

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