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He elegido este enunciado pensando solamente en mi amigo “el bellotero” como le llaman en su ciudad extremeña. Además de amigo fue compañero de trabajo, es el único de mis muchos amigos que al cabo de los años aún tenemos y se acuerdan de uno, con caridad, repito, con caridad, puesto que estos días con el Covid-19 y haber estado apresados, no sabemos cómo estamos un día para otro. Este inconfundible amigo, los de siempre, de los verdaderos amigos, siempre ha estado y yo creo que también a las duras y a la mauras entre nosotros.

Hoy en día se pueden enumerar los amigos con los dedos de una mano. Amigos, de los que se dice amigos, quedan muy pocos. Hay amigos para hacerse valer ellos mimos ante los demás, es decir, de los que saben mucho y a veces se les ve el plumero en cuanto abren sus boqueras. Hay otros que solamente son para demostrar a los demás sus sapiencias, donde dejan sus prosaicas palabras para eruditos y “enteraos”, los cuales quedan muchos de estos. Hay otros amigos, que cuando no tienen amigos de verdad, se unen a otros para ver que no están solos. Y, los hay por conveniencia y sacar ventaja sobre los demás.

El otro día este amigo mío, el extremeño, me llamó diciéndome: amigo Pepe, me ha llamado Camilo, para que le diera tu correo. Quiere saber de ti y desea saber cómo estás en esto del coronavirus. Al menos, aunque sea de tarde en tarde, se agradece y uno le da el valor que corresponde, ya que ca uno es ca uno.

Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba una homilía tan contundente, precisa y tan clara, y con palabras tan templadas que, uno ya peina canas, mi atención hacía aquel sacerdote, me dejo entusiasmado y su vez exaltado de ver a un hijo de Dios hablando del evangelio de hoy.  Esto sucedía este último sábado día 1, su homilía versó sobre la perfección hacía Dios. Desde aquellos días de los rosarios de la aurora en mi parroquia de San Lorenzo de Córdoba, mis estudios en los salesianos, mis ejercicios de cristiandad y algunos retiros e inclusive las homilías de los domingos en misa, no escuchaba a nadie hablar de Cristo, tan humanamente claro.

Los amigos, los amigos de verdad, solamente con esto se van acercando hacía la perfección de Dios. No saliamente ir a misa los domingos, hablar de Cristo y escuchar novenas de vez en cuando, nos acercamos Dios. Sobre la perfección hacía Dios, Juan Pablo II dice: Desde luego, la fe, la esperanza y la caridad suscitan y acentúan cada vez más la tendencia a la perfección del amor hacia el prójimo, como expansión del amor hacia Dios. La «consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas» implica un intenso amor al prójimo: amor que tiende a ser lo más perfecto posible, a imitación de la caridad del Salvador. Tenemos los cristianos de hoy, ¿fe, esperanza y caridad, hacía los demás? Creo que no, los amigos de verdad se han visto estos días de confinamiento. La caridad ha estado ausente en muchos lugares. Sus silencios han sido derrotas para la lejana y ausencia llamada de los amigos, que cuando más se necesita mas se le aprecia y si se dice y se habla de cristianos aún más. Confucio dice: es más vergonzoso desconfiar de nuestros amigos que ser engañado por ellos.