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OPOSICIÓN AL GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ
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La llamada transición democrática -que en paz descanse- ha quedado para la historia como una ametralladora cargada con escándalos. Diariamente nos ha venido disparando unos cuantos de esos proyectiles. Ha sido una lluvia permanente de impudicias lo que hemos padecido durante sus cuarenta años de existencia. Pendencias, delitos e inmoralidades diarias, sucesivas, en número tan multiplicado que si los escándalos volaran nos habrían tapado la luz del sol.

Al final de la década de los 80 del pasado siglo, en los peores momentos del felipismo, las responsabilidades políticas por la investigación del GAL acusaban a la “X” que habitaba en el palacio de la Moncloa. Unos meses antes se había producido con extraordinario éxito la huelga general promovida contra el Gobierno por los sindicatos, y aún no se habían olvidado las contradicciones del referéndum sobre la entrada o no de España en la OTAN en las que había incurrido el PSOE.

En aquellas arduas circunstancias, y como a más inri el auge de la corrupción política no dejaba de escandalizar, Felipe González se decidió a controlar definitivamente los medios informativos para evitar las persistentes, razonables y razonadas críticas contra él y su Gobierno.

Según publicaba El Independiente -un diario de izquierdas crítico con el felipismo que dirigía, creo recordar, Pablo Sebastián- Felipe González había comunicado al presidente de un relevante grupo editorial su decisión de conceder canales privados de televisión a empresas vinculadas al PSOE y a su proyecto político, bien por afinidad ideológica o bien por intereses particulares. La intención estaba clara: los socialistas necesitaban una estructura mediática poderosa para minimizar los daños y tener capacidad de reacción, es decir, de alternancia, en caso de perder el poder.

El empresario en cuestión contaba que el PSOE, con el Presidente González a la cabeza, se había puesto como modelo a seguir a los gobiernos socialdemócratas de otros países, concretamente Venezuela, donde su presidente Carlos Andrés Pérez y su empresario favorito, Gustavo Cisneros, controlaban el poder en Caracas. O el ejemplo de Italia, donde Bettino Craxi y Silvio Berlusconi hacían otro tanto.

Para la famosa “X” resultaba imperioso, dada la impopularidad creciente de su Gobierno, vigilar y dirigir a los medios de comunicación más destacados y prestigiosos para recobrar rápidamente el poder en caso de perderlo, todo ello aparte de mantener o ampliar el número de infiltrados, clientes, hombres del partido o afines en el sistema institucional y financiero, como ya ocurría, con el fin de tener siempre a punto los recursos tácticos y económicos necesarios para afrontar las campañas electorales o de mera propaganda, además de mantener viva su presencia intoxicadora en la sociedad.

De ahí que se iniciaran una serie de conversaciones urgentes con los preeminentes grupos editoriales, como PRISA y ZETA, y se aceptara la presencia en España de los tándemes extranjeros citados, propietarios ya de medios informativos escritos y de canales de televisión, pues las encuestas auguraban la pérdida de la mayoría absoluta y el socialismo no entiende la política como medio para mejorar al individuo, a la sociedad ni a la nación, sino como objetivo para mantener el poder eternamente y desde él manipularlos y destruirlos.

El mundo informativo y el mundo financiero sufrieron por entonces cambios radicales -hablo de principios del año 89-, que se sumaron a los que paulatinamente ya había impuesto con anterioridad el social-felipismo. El poder financiero, aliado con el poder político, ocupó la mayoría de periódicos regionales o provinciales y se repartieron las emisoras privadas de televisión y las frecuencias radiofónicas. Los hombres y las empresas amigas del poder socialista desembarcaron en los medios para no abandonarlos ya. La tramoya estaba asegurada.

Lo que quiero mostrar con lo antedicho -asunto de hace tres décadas largas- es que el diabólico objetivo de las izquierdas no cambia y nunca va a cambiar porque se lo impide su naturaleza. Cambia la estrategia, cambia la circunstancia, cambia el medio utilizado, pero no cambia el fin. La utilización del poder público, del dinero de todos, la apropiación del Estado en beneficio del Partido y de personas o grupos afines, en provecho de la cada vez más tupida red clientelar, es una constante en las izquierdas, porque su sentido patrimonial del Estado, de la sociedad y del individuo, su fanatismo impermeable, se mueve para legislar a favor de la tiranía y de la delincuencia social, girando siempre en pos de su obsesiva abyección: robar los ahorros y la libertad de la persona, y destrozar su identidad.

Para ello necesita acceder al poder y conservarlo como sea, y lo que está ocurriendo en los últimos meses y en los últimos días en España -incluidas las endémicas irregularidades electorales- es el colofón de lo que viene sucediendo desde la muerte de Franco y acerca de lo cual lo antedicho es sólo un ejemplo más entre tanto abuso izquierdista. Un ejemplo que no deja lugar a dudas y cuya enseñanza debiera estar nítida para cualquiera que mire la realidad con los dos ojos, con el fin, sobre todo, de acabar de una vez con el ultraje.

Recordando a los podemitas de Iglesias aplaudir con sorna a los zapateristas de Sánchez -creo que fue en el último debate de investidura-, me vino a la memoria el odio histórico que entre sí se tienen y que plasmaron asesinándose entre ellos durante la Guerra Civil. Aunque en la actualidad también tienen como nexo las consignas del Sistema, es decir, la ideología global-progresista, lo que los une no es sino la falaz propaganda, el feroz rencor contra la religión cristiana y contra la patria, aparte de la fiebre del poder y el objetivo de desnaturalizar a la persona y arruinar a la humanidad. Y ello, como digo, por cualquier medio, que, en ellos, dado que no conocen el juego limpio, ha de ser por fuerza un medio antidemocrático.

Pero como, al cabo, perro no come perro, dicha alianza es en estos momentos quebradiza dado que dentro del Gobierno y del PSOE, algunos ministros y partidarios no aceptan las maneras de su particular Quasimodo. No obstante, saben que enfrentándose abiertamente caerán todos, por eso están permitiendo la filtración de asuntos turbios que pongan al apestado en la picota, ocultando ellos la mano, pues lo crucial es salvar el sillón. De ahí que, hasta que no consigan derribarlo, si es que lo consiguen, seguirán aplaudiendo las acciones y actitudes del fulano, fingiendo solidaridad personal y corporativa, mientras dan palmas de indignidad, y porque esta collera viene dirigida desde arriba.

Porque es más arriba donde se está cociendo esta penúltima componenda, en la cual asoma el PP de Casado por el horizonte, ese partido mamporrero que sin saber curarse a sí mismo va a tratar de curar una vez más a ese enfermo contagioso que es el PSOE, traicionando de paso por enésima vez a sus ¿incautos? votantes. Y aquí viene a propósito recordar que, la plebe, avivada por el estómago, nunca por la dignidad, movida por la crisis y la incapacidad administrativa del zapaterismo, concedió una mayoría absoluta al PP de Rajoy. Con ella, la supuesta derecha pudo cambiar la deriva, pero hizo lo contrario, arraigar más aún la catástrofe que se venía encima.

Por eso es terrible la responsabilidad contraída por este partido y, especialmente, por este personaje a la vista de la situación actual. Pudieron erradicar a las izquierdas y enderezar el rumbo, pudieron romper la estrategia de la infamia, pero eligieron más infamia, más deshonor y más traición. Si Rajoy blanqueó la política de Zapatero, es seguro que ahora, con la excusa de desprenderse de Iglesias, peligroso para la estrategia del Sistema por sus desatinos, Casado volverá a blanquear a la catastrófica política de Sánchez.

Este PP, falsamente disciplinado dentro de su indisciplina, que aparenta vociferar mucho y nada denuncia, que ladra sin morder y nunca tira al blanco, pone en escena, en fin, unas acusaciones de escaso ruido y ninguna nuez, mostrando a las claras que sus mítines no tienen nada de espontáneo, sino que son una pirotecnia política astutamente cebada por el Sistema.

Como el compañero de un malvado -o el de un necio-, es siempre un malvado -o un necio-, los peperos y sus cómplices socialcomunistas son hijos de su biografía y las conductas de esta ralea les han de marcar para siempre y perseguirles hasta el fin de sus días. El PP ya hace tiempo que decidió montarse en el tigre que el PSOE representa, y es bien sabido que quien cabalga sobre un tigre no se podrá ya desmontar.

Lo que, de la mano del NOM, tratan unos y otros en definitiva, es que todo su poder esté en paz y no se vea amenazado por ningún lado. Sólo que son muchos ya los traidores que conceden su apoyo a la antiespaña, sin que sus cuerpos -política y socialmente hablando- cuelguen aún de las ramas de los árboles. Sin duda, es cierto el viejo refrán de “muerto el perro se acabó la rabia” (abducido el pueblo se acabó el peligro), pero lo que es innegable es que, en la actualidad, la presencia de los cerdos -ya que no de los ahorcados- apesta el ambiente.

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