natalidad
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No es casual, ni bienintencionado, el olvido, cuando no desprecio, de los más elementales principios que sustentan la existencia humana, que en los tiempos en los que había seriedad y rigor educativo, se conocía como ley natural. Miren, por mucha ingeniería social que la propaganda cosmocapitalista asociada a los partidos de izquierda, a la pijoprogresía diversa y con unos medios de comunicación siervos de los primeros haciendo seguidismo, por supuesto no desinteresado, se empeñe en desvirtuar la verdad, ésta es tan obvia, que una mínima reflexión permite desmontarla.

El ser humano es ante todo y por encima de todo, un ser vivo del reino animal, y la prioridad de su estructura, al igual que la del resto de los componentes de este reino, desde el más elemental al más complejo, está destinada a la supervivencia, puesto que de lo contrario, no alcanzaríamos el objetivo básico, que es existir y desarrollar una trayectoria vital. La supervivencia de las especies y de sus individuos se fundamenta en el instinto de su mantenimiento, la capacidad de adaptación y la actividad reproductiva, y sin el conjunto de todas ellas, la extinción está garantizada. A muchas mentes impregnadas de modernidad y progresía, estoy seguro que estas realidades eternas en las que se basa la presencia humana desde hace varios cientos de miles de años, les parecerán carcas y cavernícolas, pero no tienen discusión posible, porque emanan de la naturaleza desde la perspectiva más elemental.

La supervivencia requiere oxígeno y nutrientes, el primero lo conseguimos de forma automática por la respiración, pero respirar resulta agradable, y de hecho una inspiración profunda es placentera y relajante. Los nutrientes proceden de otra actividad que resulta satisfactoria, de hecho, comer se ha convertido en uno de los placeres de nuestra existencia. Obviamente el diseño de la naturaleza ha hecho que estos fenómenos imprescindibles sean agradables, pues de lo contrario sobrevivir sería un suplicio ¿Se imaginan toda una vida respirando con sufrimiento y comiendo con repugnancia? Pues obviamente sería inviable. De la misma manera, la actividad reproductiva mediante la relación sexual entre una mujer y un hombre, tiene un carácter placentero, pues si fuese desagradable o traumática, resulta evidente que la procreación estaría muy restringida y a la larga el final de la especie sería un hecho. Estos son aspectos biológicos y antropológicos básicos y elementales. Tal es así, que aunque a algunos en la actualidad les resulte atávico, el conjunto de órganos destinados a esta función, se ha denominado aparato reproductor, pues los sistemas y aparatos se han vinculado en su nombre a su función principal.

A partir de aquí es conveniente señalar que una cosa es el sexo, otra el desarrollo sexual y otra la sexualidad o la conducta sexual. El sexo viene determinado desde la primera célula de nuestra existencia, y no viene mal recordar que todos procedemos en nuestro origen de una única célula con sus 46 cromosomas, de los cuales dos son sexuales, XX para la mujer y XY en el hombre. Es decir, el sexo no se elige, está definido desde el inicio de la existencia. Puede haber anomalías, como en cualquier pareja de alelos, siendo las más frecuentes dentro de su baja incidencia XXY, XXX, XYY y X0, que van a producir diferentes grados de alteraciones en el posterior desarrollo. Hay que tener en cuenta que las células germinales que dan origen a los gametos, empiezan a diferenciarse en la época embrionaria, la ovogonia en la mujer y la espermatogonia en el hombre, que van a sufrir un proceso de maduración distinto y diferenciado desde su origen, y que a los tres meses de gestación ya son reconocibles los genitales externos. A partir de aquí la diferenciación sexual no solo atañe a los órganos reproductores, sino que la configuración de los órganos reguladores es también diferente, de forma que los sistemas endocrino y nervioso tienen sus características específicas, y en consecuencia se establece el dimorfismo sexual en todos los ámbitos de nuestro organismo. Es de conocimiento generalizado que las hormonas sexuales son diferentes en la mujer y el hombre, de forma que éstas no solo influyen en el propio sector, sino que tienen influencias metabólicas notables que van a contribuir a dicho dimorfismo, al margen de que los factores reguladores del eje hipotálamo-hipofisario van a ser también distintos.

Hasta la pubertad el desarrollo es lento y progresivo, produciéndose en este momento una gran aceleración por la exacerbación de las secreciones hormonales propias de cada sexo, que permitirán alcanzar el desarrollo completo del mismo y la fertilidad. Durante este proceso y en el futuro puede haber causas patológicas que afecten su normal desarrollo y eficacia funcional, pudiendo ser congénitas, como las anomalías cromosómicas antes mencionadas, o adquiridas. Esta posibilidad atañe al aparato reproductor como a cualquier otro órgano, sistema o aparato de nuestro organismo. Hasta aquí, es obvio que el sexo y los caracteres sexuales primarios y secundarios vienen determinados genéticamente, y es tan evidente que por mucho que alguien se transforme seguirá padeciendo el mismo riesgo de cáncer de próstata o de ovario con sexos aparentemente inversos, y que la uretra, por poner un ejemplo, seguirá siendo diferente en el hombre con una trayectoria intraprostática y a través del pene, que nunca tendrá una mujer con una longitud mucho más reducida y restringida al periné. Son solo algunos apuntes para poner de manifiesto la irreversibilidad de ciertos aspectos vinculados al determinismo sexual.

Otro aspecto muy diferente es la sexualidad o la conducta sexual que obviamente está vinculada a la decisión personal que libremente cada cual adopte. Los gustos, preferencias, usos, modos y maneras con los que cada cual haga efectiva su conducta sexual, o el abordaje emocional o afectivo de su vivencia de género, son asuntos que pertenecen exclusivamente a la esfera de la intimidad individual y a su libre decisión. Un hombre puede sentirse mujer y transformarse y mimetizarse con la apariencia externa femenina, y una mujer lo puede realizar a la inversa. Pero salvo las excepcionales anomalías cromosómicas antes citadas, por ejemplo, los hermafroditismos en los que de forma natural existe una ambivalencia, en el resto de los casos ni genéticamente, ni en los caracteres sexuales primarios, un hombre va a ser una mujer, ni una mujer un hombre. Insisto sin entrar en lo que libremente cada persona pueda sentirse. Y a mayores, lo que resulta evidente: una mujer no va a poder desarrollar un papel efectivo en la fecundación ejerciendo el papel del hombre, ni un hombre va a ser capaz de concebir en su seno y dar a luz un nuevo ser.

Llegados a este punto, resulta paradójico, que aún manifestando todo el respeto por esas minorías, que no dejan de ser eso, minorías, se intente hacer prevalecer su cultura como un hecho mayoritario y conveniente, frente a la mayoría heterosexual y con capacidad reproductiva ¿De dónde y por qué esa necesidad, ese exhibicionismo fomentado desde los poderes públicos, que sería considerado inadmisible y aberrante si lo ejerciese la mayoría heterosexual? Porque a día de hoy en España, ni se desprecia, ni se persigue, ni se veja, a nadie por su conducta sexual. Es más, creo que a la gente en general le importa un higo, salvo obviamente en su entorno más íntimo y cercano. ¿Entonces, a qué viene toda esta parafernalia de pretendidos agravios, esas manifestaciones impuestas y prepotentes, ese victimismo cañí y de pandereta? ¿Esa absurda imposición educativa, que abochornaría a todos los educadores del pasado de la historia de la humanidad? Porque la homosexualidad, la bisexualidad y el transformismo son tan viejos como nuestra historia en la tierra. Eso sí, tiene que venir el docto ser humano del siglo XXI a descubrirlas y reivindicarlas, las mejores generaciones de la historia en su preparación, según reza la propaganda gubernamental al uso. Cualquier empirismo indemostrable es socorro de ineptos desde las cúpulas para el autobombo.

Lo terrible, es que viviendo un auténtico suicidio demográfico prácticamente en todo Occidente, que se manifiesta con especial intensidad en España y de forma dramática en su Noroeste, se primen y se intenten generalizar las conductas sexuales no reproductivas. Solo hay una respuesta y una razón: es lo que se pretende, o lo que es lo mismo acabar con una cultura y una civilización. No interesa el hombre libre con pensamiento propio, hay que promover su exterminio. Y para ello, no hay nada mejor que acabar con la cultura que predica la libertad, la igualdad real y el predominio del individuo y sus derechos frente al colectivo, sea estatal o multinacional como se pretende.

Una vez consolidados los rebaños de dóciles y acéfalos individuos, tendremos garantizado el control y el poder absoluto sobre siervos a los que habremos hecho dependientes en todo, desde el derecho a nacer al momento de su desaparición. La regulación de la natalidad, o su drástica reducción en países como España, junto a la eutanasia, que termina por convertirse en el derecho estatal del fin de los que ya no interesan, son los arietes de esta causa.

No hay renovación, las poblaciones autóctonas de muchas comunidades en inexorable riesgo de desaparición y extinción, y cuál es la solución ¿Acaso promover y facilitar la natalidad con políticas fiscales, laborales o de ayudas directas, como sin ir más lejos ha hecho el terrible ogro facha de Orban en Hungría, o en algunos países nórdicos, Alemania, Canadá o EEUU, en menor medida? No, la única solución que se propone, no me cabe la menor duda, en un dechado de imaginación, es la inmigración. Pues miren, la inmigración no es una renovación, es una sustitución. Los que pueblen sus actuales territorios no serán sus nietos, ni sus bisnietos, ni los nietos y bisnietos de sus allegados y amigos. Porque España y Europa no empiezan de cero, son naciones centenarias, cuando no milenarias, que han desarrollado su historia con una identidad cultural, que procede de la Grecia y Roma clásicas y del cristianismo, de ahí que sus principios y valores sean comunes, así como la inspiración de su arte y sus monumentos. Y para muestra observen estos hechos en cualquier país europeo. Esto es lo que se quiere hacer desaparecer, una cultura y una civilización con unos valores y unas raíces, que obviamente serán exterminadas por un proceso migratorio aleatorio e incontrolado, y que además es en buena parte enemigo radical de la misma. Porque digamos las cosas como son, el Islam es enemigo de nuestra cultura, y no me sirve la moderación sostenida por algunos, porque los radicales siempre se imponen a los moderados.

No me opongo a la inmigración, pero siempre controlada y la necesaria y suficiente, y por supuesto la más cercana en cuanto a cultura e idioma, es decir Hispanoamérica y Europa Se está promoviendo todo lo contrario con la farsa de pretender dar cobijo a todos los desprotegidos de África, como si España pudiera acoger a toda la población mundial que sufre hambre o persecución. Este es el señuelo para incautos con el que por una parte se lucran muchas mafias y organizaciones instaladas en el fraude, al mismo tiempo que se contribuye por supuesto a todas las nefastas consecuencias antes expuestas. Y dejémonos de historias sesgadas del pasado: España tuvo una emigración de ida y vuelta absolutamente controlada y con contratos de trabajo, tramitada por las Embajadas, cuyos destinos fueron principalmente Alemania, Suiza y Francia. Y por supuesto, ante todo y por encima de todo, promover y facilitar la natalidad, no solo desde el terreno económico y laboral, sino también cultural y social. Es decir, absolutamente lo contrario de lo que hasta ahora se está haciendo.

De continuar con esta manipulación, este ataque a la verdad científica y a la naturaleza con su ley natural, esta propaganda convertida en dogma desde la ingeniería social, España dejará de ser España; su historia, cultura y tradiciones desaparecerán; y sus pobladores no se apellidarán García, ni González, ni Pérez.