burrocratización
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La enseñanza en España está sometida a todo tipo de vaivenes legislativos y aquejada de males esenciales para el ejercicio docente. Los educadores –es así como me gusta considerarme- nos hemos convertido en burócratas del papeleo. La elaboración de programaciones didácticas, la confección de todo tipo de registros, las pruebas diagnóstico y de evaluación de competencias, la preparación de informes de variada naturaleza, las evaluaciones e inter evaluaciones, la tiranía de la estadística, y un sin fin de tareas administrativas consumen un tiempo, una energía y un trabajo cuya efectividad educativa pongo en duda. Si a eso añadimos el volumen de carga de trabajo dedicada a todo tipo de reuniones de diverso pelaje, el resultado es que la labor docente queda en un segundo plano. Es decir, el trabajo del profesor se convierte en una cuestión de forma, que no de fondo.

Tenemos escuelas, colegios e institutos convertidos en complejos administrativos, funcionales sí, pero alejados de ser centros de formación. La escuela de valores, entendida como refuerzo de la acción educativa familiar, desaparece y se conforma con ser unidades de gestión empresarial. La instrucción en saberes científicos triunfa, claro eco del positivismo social imperante, y cierra el paso a una actividad que contribuya al crecimiento personal ajeno a lo académico en su sentido más frío del término. A mi modo de entender, éste es el “otro fracaso escolar” en el que nos encontramos. El papel del maestro y el profesor se circunscribe exclusivamente al ámbito curricular científico. Importan los porcentajes, fácilmente maquillados, y los resultados en términos matemáticos, no parece tener relevancia el aspecto educativo integral.

Decía Marcelino Champagnat, fundador de la obra educativa marista, que hay que contribuir a formar buenos cristianos y honrados ciudadanos. Lo primero se ha diluido, incluso en centros educativos de ideario cristiano, abandonando el carisma fundacional ante un laicismo triunfante en nuestra sociedad. Lo segundo también se desfigura al centrar la atención del empeño docente en los aspectos instructivos. Importa la gestión de los colegios en términos administrativos y empresariales, la competencia espiritual y la trascendencia, no necesariamente religiosa, se desvanece. Me pregunto si los fundadores de las congregaciones religiosas orientadas a la enseñanza estarían conformes con el panorama. Yo creo que no. Cierto es que hay que adaptarse a los nuevos tiempos, pero ello no presupone la dejación y el abandono de las originarias aspiraciones en el momento de su fundación.

No negaré que no se imparta una enseñanza para el futuro, faltaría más. Es importantísima la adquisición de otros idiomas, la capacitación en el uso de las nuevas tecnologías y la atención a la diversidad. Es fundamental para la integración en el mercado laboral y la incorporación a la sociedad. Lo que sí niego, y lo hago categóricamente, es que esto sea lo único y exclusivo en los proyectos educativos. Ya sé que en las declaraciones de los idearios de centro hay abundante literatura dedicada a la educación en valores, pero la realidad es que en el funcionamiento diario la preocupación va por otros caminos. La puesta en escena de innumerables actividades, escolares y extraescolares, orientadas a esa otra formación presiden el acontecer de la vida colegial, sin embargo, la esencia y el fondo de las mismas en ocasiones se me asemeja a un teatrillo poco productivo en lo esencial. El marketing y la publicidad se encargan de sacar brillo y lustre a todo tipo de iniciativas, muchas de ellas muy acertadas, pero siempre me pregunto ¿Qué es lo que queda de todo ello?

Organigramas, croquis, proyectos, diagramas, y todo un catálogo de gráficas modernas diseñan las estrategias. El diseño es muy atractivo y muy sugestivo, en principio, pero a mí personalmente me sigue embargando la misma duda. Estoy acuerdo en que un colegio es una empresa mercantil afectada por cuestiones económicas con una función social definida, que son organizaciones con una responsabilidad social concreta, pero esto no es suficiente. La escuela es mucho más que todo esto, en connivencia con las familias debe ser un ámbito en el cultivo de valores y en la práctica de ellos. Me aterra escuchar llamar a los padres clientes como se da en llamar ahora a los educandos y a sus tutores legales, padres para que nos entendamos. Es horrible plantear la cuestión en estos términos. Así es fácil entender el que los educadores hayan sido desprovistos de la autoridad académica que deberían tener. Los planes de calidad implantados, de muy buenas intenciones, generan una inversión de los papeles sumiendo al profesor en un mero servidor sometido al poder y la autoridad de los clientes. Esto es sencillamente humillante e inaceptable.

Por si fuera poco, junto a todo esto y con unas pésimas leyes de educación, se implantan todo tipo de pedagogías “modernas” y “progresistas” en las que el relativismo, el buenismo y un supuesto protagonismo del alumno irrumpen con desbordante éxito. Los eufemismos abundan: aprender a aprender (¡Precioso!); competencia social y ciudadana (¡Maravilloso!); destrezas Tics (¡Genial!); ecología y desarrollo sostenible (¡Fundamental!) y muchos más impregnan las tareas. Sin embargo, la incompetencia lingüística, entendida como la falta de comprensión lectora y de expresión verbal y escrita; la capacidad de razonamiento y de análisis crítico, aunque se crea que se fomenta el pensamiento divergente; la frialdad emocional y el triunfo del pragmatismo, el utilitarismo e inmediatismo son formas de proceder habituales; también un hedonismo y un abandono de la cultura del trabajo bien hecho y del sacrificio. Ahora es más difícil suspender que aprobar con nota. Por cierto jamás me habían hecho una pregunta acerca de quién era el Cid, o no saber nada acerca de aspectos básicos de geografía europea. Eso sí, el manejo de móviles, tabletas, portátiles y todo tipo de dispositivos electrónicos es exitoso. El resto parece no importar a nadie.

La sociedad está reclamando, sin saberlo, personas, científicos hay muchos. La demanda no es más ciencia solamente, es valores y principios necesarios desde los que garantizar la armonía social, la convivencia y el orden. La disciplina es necesaria, el orden también, pero son valores proscritos y condenados al fuego eterno, han sido convertidos en símbolo de la herejía en loa nueva modernidad. Así nos va, así ocurre lo que estamos padeciendo y sufriendo con la irresponsabilidad, cuasi criminal, de nuestros jóvenes en tiempos de compromiso, austeridad y exigencia. Si no se educa, se hace lo contrario, se maleduca. Esta es una verdad incontestable.

Decía el título de mi presente artículo: “La burrocratización de la enseñanza”. Efectivamente, profesores convertidos en funcionarios, en burrócratas del extenuante papeleo administrativo y, por otro lado, alumnos desprovistos de una formación integral que excede a los campos diseñados por la ley educativa son el resultado. Mis más de treinta años de experiencia docente así me lo han enseñado.