amenaza de Feijoó
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OPOSICIÓN AL GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ
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Muchas lecturas se están haciendo en relación a los últimos comicios electorales celebrados en Galicia y Vascongadas. Y cierto es que los análisis se prestan a innumerables interpretaciones. Desde el punto de vista político los enfoques pueden ser múltiples, a muchas bandas. Yo me voy a centrar en uno que, quizá, esté quedando en un segundo plano y ofrece un “ameno debate”. Me refiero a la posición en la que queda el liderazgo de Pablo Casado al frente del Partido Popular. En los pasillos, en las tertulias y en los cafés “oficiosos” se está comentando, discretamente, por ahora.

En Galicia, la mayoría absoluta cosechada por los populares es incontestable. Correcto. Mayoría absoluta y con el último recuento del voto por correo se obtienen 46 parlamentarios regionales. Decir lo contario es faltar a la verdad. Alberto Núñez Feijoó consolida su dominio y se impone con claridad, cuatro elecciones triunfantes le avalan. Hasta ahí nada que poder objetar. Sin embargo, pierde Pablo Casado. La aureola victoriosa del gallego le da una relevancia nacional que excede a los territorios de Galicia. Su autoridad en el seno de su formación es más que clamorosa. Aunque en reiteradas ocasiones, el presidente de la Xunta se ha manifestado contrario a su abordaje de Madrid, no son pocas las voces que, pública y privadamente, más estas últimas, le sitúan en Génova como futuro presidente nacional de los populares. Lo señalo con conocimiento de causa, se lo aseguro. Su crédito y rédito político es innegable, su experiencia de gobierno y de gestión, su liderazgo en Galicia y no pocas simpatías dentro de casa, le señalan como “candidato” a ello. De otra parte, su nada disimulada oposición al discurso de la ejecutiva nacional, siempre a favor de una moderación y una centralización ideológica, es conocida y reconocida por propios y extraños.  Pablo Casado pierde peso dentro de su propia formación y es consciente de ello. Es por eso que, últimamente, el protagonismo del presidente del PP ha aumentado notablemente, en la búsqueda de afianzar un liderazgo minusvalorado.

Este personal análisis cobra especial fuerza si nos atenemos a la “neutralidad” exhibida por el gallego durante las primarias celebradas para suceder a Mariano Rajoy. No apoyó a Casado, tampoco a Soraya Sáez de Santamaría, ni a María Dolores de Cospedal. Cierto, pero las simpatías por la ex vicepresidenta del anterior ejecutivo de Don Mariano, eran archiconocidas. Entonces no se atrevió a presentar su candidatura, dada la disputa que existía por la sucesión. Era muy consciente de que su discurso ya tenía referentes ideológicos en la candidata “oficial”. No tenía sentido arriesgar en un empeño con escaso recorrido. Ahora, después de dos años, sin obstáculos en el horizonte y con nuevas fuerzas, merced a sus éxitos, la situación cambia de manera ostensible.

Su postura personal se encuentra un tanto alejada de la derechización inicial con la que se manifestó Casado. Se manifestaba francamente incómodo y los malos resultados nacionales potencian sus preferencias por una mayor moderación. A día de hoy, también se manifiesta crítico con una persona de la máxima confianza del palentino, Cayetana Álvarez de Toledo, a la que no se la ha visto hacer campaña en tierras gallegas, y a la que ha censurado públicamente en algunas de las declaraciones de aquella. Esto quedo evidenciado durante la reunión del Comité Ejecutivo Nacional del partido, celebrado tras los recientes comicios autonómicos. Sencillamente no comparte la táctica, ni la estrategia de Madrid.  Pablo Casado sabe que su principal rival dentro de su formación es Núñez Feijoó. La situación se hace muy incómoda e ingrata para el joven dirigente. La cortesía y la diplomacia van a ser las reglas del juego no escritas entre ambos. Apariencia de cercanía y frialdad en la intimidad. Las guardias pretorianas de uno y otro velan armas. Todavía las escaramuzas no han pasado de eso. Hay un acuerdo no escrito para mantener la aparente sintonía entre ambos, con un reparto del espacio mediático muy estudiado por ambas partes.

Dos años tiene por delante de la actual legislatura el líder nacional para diseñar una estrategia que no le desaloje del sillón de la calle Génova. Dos años en los que deberá reorientar su estrategia y con una prueba de fuego que son los próximos comicios electorales nacionales.  Mientras, en Santiago, sin arriesgar nada, el gallego asiste a los toros desde la barrera. Unas elecciones generales con discretos resultados podrían ser la excusa para el asalto final. Nadie cree que sus aspiraciones y ambiciones políticas se ciñan a gobernar la Xunta. También es muy consciente de la supervivencia “clandestina” de muchos sorayistas muy bien situados en relevantes puestos institucionales, también dentro de la organización, poco cercanos al castellano. Todos ellos muy dispuestos, en la sombra, a apoyar esa operación política. Pablo Casado es muy consciente de quién es quién y lo sabe. Muchos, demasiados, se mantuvieron en silencio prudente, yo diría que cobarde, para no arriesgarse a perder sus ventajosas responsabilidades públicas de las que disfrutaban, o aspiraban a poder disfrutar. Hay presidentes regionales, presidentes provinciales, presidentes de comunidades autónomas, presidentes de diputaciones y gentes bien posicionadas fuera de Madrid que no le prestaron un apoyo explícito. Incluso en su propia tierra natal, Palencia, el silencio de su organización fue verdaderamente vergonzante. Pablo Casado lo sabía y lo sufrió.

En Vascongadas la situación no es nueva, El hundimiento del Partido Popular se remonta a épocas pretéritas, se ha agravado y hecho crónica. Se pierden cinco escaños, nada más y nada menos. Teniendo en cuenta que, de los seis obtenidos, los dos por Vizcaya corresponden a Ciudadanos. El candidato popular, Carlos Iturgaiz, no ha impedido una debacle que hubiera sido mayor de haber sido nominado Alonso. Era una apuesta personal del presidente nacional, como también era suya la defensa de la coalición con los naranjas. En Galicia Núñez Feijoó rechazo este maridaje, y le salió excelente su negativa a la alianza. El Partido Popular y Pablo Casado pierden terreno. La sangría de su base electoral es continuada y nada permite pensar que no se siga produciendo. En las provincias vascas el naufragio es estrepitoso, se pierde espacio, se pierde cuota de poder institucional y hay un amplio descontento en sus organizaciones territoriales. Desde que Mayor Oreja, María San Gil, Regina Otaola y el propio Abascal, entre otros, desaparecieran, la perdida de fuerza es flagrante. Alonso, Maroto, Samper, Barreda, Barrio y otros tantos de sus actuales caras visibles, no han tenido la talla suficiente para sustituir a las grandes figuras “olvidadas”. Además, la insistencia y la persistencia de Vox están dando sus resultados. Se ha obtenido un escaño en Vitoria, en dificilísimas circunstancias y con un apoyo de cerca de dieciocho mil sufragios emitidos. Santiago Abascal representa para muchos vascos españoles, antiguos votantes del Partido Popular, una recuperación de las viejas esencias, hoy abandonadas y perdidas. No me he vuelto loco si afirmo que, el futuro de la derecha en Vascongadas lo representa el partido verde. El camino ya se ha iniciado.

En conclusión, Pablo Casado se enfrenta a una disyuntiva, o centra su formación dentro del espacio ideológico en el que no se encuentra cómodo, a nivel personal, o intenta recuperar un terreno que ya ha sido ocupado por Vox. Si opta por lo primero, perderá votantes por la derecha, un apoyo fundamental para sus ambiciones presidenciales; si se inclina por afirmarse en un centro derecha más definido, no conquistará un electorado desencantado con Ciudadanos. En tanto, Núñez Feijoó es una amenaza real para su liderazgo y para sus aspiraciones. En Galicia y Vascongadas perdió Casado. La escena política española se presenta muy sugerente y atractiva en muchos aspectos. Sin duda alguna, éste es uno de ellos.