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No le servirá la protección del eguzkilore -flor del sol que protege al pueblo vasco- a quien no se salva del índice acusador afilado como un puñal de propios y ajenos. A quien diagnostica la situación con precisión cartográfica, candidato a lendakari por el Partido Popular, Carlos Iturgaiz, seguro que no se le escapa a estas alturas de su experiencia política, y supongo que lo asume con un malhumor de los que provocan úlceras, que ni son todos los que están, ni están todos los que son; como no se me escapa a mí, y no soy vasca, que gestiona una herencia envenenada.

Me refiero a aquellos situados al lado oscuro del comportamiento político, que con mal disimulada hostilidad realizan acciones y declaraciones cargadas de segundas intenciones a la contra en el seno del propio Partido Popular vasco, que haberlos haílos. Sus pequeñas faltas y sutiles deslices, o no tan pequeñas y no tan sutiles,  hacen un flaco favor al proyecto y a los vascos. No existe un PP de Iturgaiz y otro de Alonso; como no existe un PP de Casado y uno de Rajoy. Propuestas de candidatos puede haber varias, pero candidato solo hay uno y es a quien el partido apoya; y no vale quedarse en el limbo de las cosas que no se nombran ni asirse a la teoría de cuanto peor, mejor. No está la cosa para seguir a  nadie la pista por los infiernos, para campañas bajo presión insana o para  acrobacias de alcoba.

Con el futuro trazado a tiralíneas por manos ajenas, Iturgaiz tiene que hacer frente a cerebros conspiranoicos, a egos maltrechos y a un círculo endogámico sin perro que le ladre que lo único que puede conseguir es una PP más a la baja si cabe. ¡Cuidado con esto!, porque puede ocurrir que el resultado sea un peso mucho mayor de lo que sus conciencias pueden permitirse. La culpa consiste en una actitud más que en hechos dignos de confesión y no sirven después gestos de defensa ni de súplica ni entre quienes señalan la dirección contraria ni entre quienes la siguen. Y es que en esto de la política no hay manos inocentes ni miradas blancas.

La clave del PP vasco y de otras Comunidades está en que todos trabajen para recuperar la fuerza orgánica desde las bases y a través de una estructura territorial unida.

La integración pacífica está en el lado opuesto de quienes  protagonizan un espectáculo babilónico y generan una incertidumbre devastadora  que no va a devolver a sus respectivas posiciones ni a un Alonso a quien el relente le ha sorprendido con una manta de menos ni a un Iturgaiz herido de ingratitud y llamado ahora a mayores, dado que no es virgen en la defensa de las libertades que lleva en su ADN. No hay una hidra con dos cabezas. Y habrá de todo, también decepciones que a veces, por cierto, honran a quien las inspiran.

Dejémonos de odios venidos del averno y que nadie caiga en el error malintencionado de aseverar que Casado no ha acertado en sus sensatas decisiones operativas al materializar el pacto pre electoral con Ciudadanos o que ha equivocado el líder.

Las previsiones se adivinan certeras; si las encuestas no se equivocan el PP vasco ofrecerá pocas sorpresas, ni para bien ni para mal. Y el partido no podrá rasgarse las vestiduras por el resultado previsiblemente nada halagüeño en un territorio en el que Iturgaiz tiene que lidiar también con insensatos y lamentables errores del pasado en una organización que quizá hubiese requerido una mayor atención y conocimiento territorial de Génova.

Por si fueran pocas las dificultades puertas adentro, fuera, el candidato popular ha de combatir el temor de la ciudadanía a echar fuera al demonio de la duda, del miedo, de la amenaza constante; afrontar con valentía que al nacionalismo no hay que temerle, que hay que perderle el respeto y que se puede ser, con orgullo, español y vasco.

Ese nacionalismo con su modo de amordazar a la sociedad vasca con cirugía de la fina, con adoctrinamiento en los distintos sectores pero también infundiendo miedo y amenaza. Ahora ya no se aprieta el gatillo con el cañón apostado en la nuca de nadie, pero la pérdida de las libertades no deja de ser una forma de morir. Las muertes de ETA no pueden constituir un recordatorio perenne pero no pueden olvidarse y deben encapsularse en la memoria porque la vida es un buen lugar para quedarse y nadie tiene derecho a decidir otra cosa. Por supuesto, no hay afabilidad institucional que valga con quienes no condenan los atentados y no lloran a los muertos, ideologías al margen. Hay que combatir a quienes dejan fuera de su radar emocional el sufrimiento haciendo alarde de una impermeabilidad política y humana que hace que, incomprensiblemente, ni condenen ni reprueben. Alguien tan ajeno al mundo de los afectos y de la injusticia social debe ajustar cuentas con el pasado pero también con el futuro y, desde luego, no es digno representante de los ciudadanos en un estado de derecho.

A todos los efectos del sentido común, a Iturgaiz le queda un vía crucis por recorrer que empezará justo el día después de y el resultado electoral, sea cual fuere, no debe achacarse al pacto con Ciudadanos, ni al candidato elegido por Casado ni siquiera al liderazgo del propio Iturgaiz, obediente y cómplice en su particular mensaje de Love me again, de John Newman. Tienen que pasar cuatro fríos inviernos para demostrar su valía y transformar el cualquier tiempo pasado fue mejor en un proyecto de futuro ilusionante y cohesionado. También en un incremento de votos.

Sin perjuicio de ser poco sutil he querido poner voz a lo que muchos piensan dentro y fuera del País Vasco. Creo que he escrito suficiente, aunque menos de lo que me hubiese gustado pero más de lo que les hubiese gustado a otros, y ¡ahí lo dejo!