Kolimá
SI TIENES DUDAS LEGALES, NUESTRA ASESORÍA JURÍDICA LAS RESUELVE DE FORMA GRATUITA
#AyudaEntreCompatriotas
TODAS LAS REDES SOCIALES DONDE PUEDES ENCONTRARNOS, HAY QUE ESQUIVAR LA CENSURA

Cuando ya estaba a punto de enviar la reseña de este libro a la redacción de El Diestro, y después de unas cuantas relecturas, he caído en la cuenta de que me estaba dejando arrastrar por una serie de cuestiones intrascendentales y no transmitía lo esencial de la lección que Kolimá nos ha legado a la generación actual de españoles de bien. Los otros, están en el poder.

[“Algo en lo que creer”, un libro de Nickolas Butler]

Con esta serie de artículos me he propuesto mostrar, dentro de mis posibilidades, la secuencia lógica de hechos que, el rechazo a unos valores, a unas instituciones, a una moral y a un pensamiento, el occidental de raíces cristianas, va a desencadenar. Ésto, unido a la progresiva analfabetización de la sociedad, a la consiguiente inhibición del espíritu crítico desencadenarán, como en la Rusia posterior a 1917, la violación de los más elementales derechos humanos, de las más básicas libertades y el surgimiento de una sociedad distópica que ríanse ustedes de George Orwell. Y los campos de concentración serán, nuevamente, el ejemplo más dramático.

Kolimá, en su microcosmos, refleja una estructura social donde la desaparición de la ley y el orden conducen al mayor de los bestialismos (como dice San Vicente en el Epílogo: “la senda de la deshumanización”) Donde no es sólo que la fuerza se imponga a la razón, sino que el poder, la tiranía, es ejercida por los miembros más viles y crueles de la sociedad. A la par que ambiciosos y carentes de escrúpulos. Y, por el contrario, aquellos que, intelectual y moralmente estaban más comprometidos con el sufrimiento y necesidades de los más desfavorecidos, que un régimen perverso, manipulador y corrupto presumía defender, son obsequiados con las mayores penalidades y crueldades. De tal forma que alcanzar la muerte es deseado como el mejor de los premios.

Ustedes amigos lectores se sorprenden cada día, al abrir este y otros medios comprometidos con la verdad, con una sarta de noticias acerca de desvaríos e ideas peregrinas que, con apariencia de inocuas van minando no sólo nuestra capacidad de asombro, también nuestra resistencia. Decisiones que parecen tomadas por estultos, ignorantes e incapaces pero que, analizadas en conjunto demuestran que el objetivo de aquellos que pretenden someternos está perfectamente claro, así como definido el camino para alcanzarlo. Y que, por el contrario, los que nos ufanamos de nuestros principios, de nuestra honradez, de nuestra capacidad de trabajo y esfuerzo; o los que negamos tal posibilidad amparándonos en el desarrollo alcanzado por nuestras sociedades, en la solidaridad internacional o, quizás los menos, confiando en la justicia, somos los incapaces de apreciarlo hasta que, a lo peor cualquier día nos despertamos leyendo a Shalámov tras el alambre de espino en un páramo de nuestra Meseta. Los que estén en las fosas ya no tendrán esa oportunidad.

“Tanto en el pasado como ahora, para lograr su cometido, el escritor ha de ser una suerte de extranjero en el país sobre el que escribe. Para así poder narrar desde el punto de vista de los hombres -de sus intereses, de su modo de ver el mundo- entre los que ha crecido y ha adquirido sus hábitos, sus gustos, sus pareceres.”

En “Relatos de Kolimá” se describe el paraíso de la crueldad, de lo más despreciable y amoral del género humano: delincuentes, hampones, psicópatas y desarraigados, auténticos desalmados que no poseen nada excepto su malicia situados en la cúspide de la cadena alimenticia. “Murió en la zona de los inválidos. Le reventaron “las entrañas”; en nuestra mina no eran pocos los maestros en este arte”. Pues solo desde el fanatismo y el odio (“En la insignificante capa muscular que aún quedaba adherida a nuestros huesos…no cabía más que el odio, el sentimiento humano más imperecedero”) se pueden comprender tamaños actos de impiedad. Seres como los que, aunque nos parezca exagerado y demagógico reconocerlo, en nuestra España actual nos están malgobernando. Son, en una escala mayor como los “vigilantes voraces” de Kolimá, los “guardalmacenes amigos de lo ajeno”, “ladrones que se hacían con los mejores productos” y una “cadena infinita de jefes que nos quitaban el pan de la boca y que esquilmaban a los presos (léase contribuyentes) sin control, temor, ni vergüenza alguna”. Profético.

Sin embargo, esos especímenes no son los protagonistas porque los protagonistas no son seres vivos.

Son cadáveres que Shalamov desliza como espectros por el relato, muertos vivientes conocedores de su suerte: “Todos comprendíamos que podíamos sobrevivir sólo por azar.” Si hemos llegado a la situación de enfrentarnos a esta prosa sin conmovernos, podemos entender que la muerte de 20 o 30.000 ancianos no sea más que una contingencia, una desviación asumible en la estadística.

Y es que por definición, los cadáveres no pueden morir. “Comprendíamos que la muerte no era peor, ni mucho menos, que la vida y no nos daban miedo ni la una ni la otra. Nos dominaba una enorme apatía”. De ahí que el autor no muestra esperanza ni lo contrario. Simplemente da fe, sin pasión, sin sentimientos, con un sobrio lirismo, del paso de las horas, ni siquiera días, porque nadie piensa más allá del momento presente, pues la vida que no vale más allá de un jersey de lana o un par de botas y en cualquier instante puede desaparecer sin la más mínima importancia. Cadáveres que son el hilo conductor del relato y a los que Shalamov pone nombre y apellido y les otorga un mudo heroísmo, ejemplo y enseñanza para nosotros, lectores.

Podríamos encontrar paralelismos en la Historia de España y de Rusia: dos grandes imperios en los que la sociedad estamental ha pervivido hasta bien entrado el siglo XIX, apartadas de las grandes revoluciones, agraria e industrial y, como consecuencia al margen del desarrollo de las democracias liberales. En consecuencia, las tensiones sociales inherentes desembocaron en las guerras civiles del  siglo XX. Y si bien Rusia parece haber aprendido del pasado y, en consonancia con la fortaleza y el tesón de individuos como los que sobrevivieron a Kolimá (o quizás por su ejemplo) sigue siendo una potencia mundial, en España parecemos empeñados en rescatar lo peor de nuestra historia para enlodarnos aún más. Y perder el tren del futuro retozando en las miserias del pasado, “… antes de que las condiciones de la vida no hayan alcanzado el límite extremo, pues entonces en el hombre ya  no queda nada de humano y sólo reina la desconfianza, el odio y la mentira”.

Lean “Relatos de Kolimá” y piensen en algunos acontecimientos recientes que aunque parezcan nimios señalan el camino. Si la clase media se rebela y es señalada y perseguida. Si, por el contrario, un pequeño número de agitadores, desharrapados en su mayoría; delincuentes en algunos casos, son amparados, jaleados y animados por quién tiene la obligación de protegernos, piensen ustedes quienes van a ser los carceleros. Como van a proceder. Qué clase de principios morales y de justicia nos van a aplicar. Reflexionemos y depuremos la clase política de verdugos, liberticidas y hampones. Y quizás a nuestros ojos pueda abrirse algo más que un vasto y desolado paisaje de hielo y nieve.

No podremos decir que no nos habían prevenido. Dios te bendiga, Varlam Shalámov.

Nota: Muy adecuada la elección de los colores de la cubierta por parte de la editorial: azul y blanco. “En estas tierras el invierno tiene dos colores: el azul pálido del alto cielo y el blanco del suelo”.

*Un artículo de José Manuel García Verdes