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Cuando allá en el lejano enero, recién finalizadas las navidades, empezamos a conocer la extraña historia de un virus en la actual archiconocida ciudad china de Wuhan, se nos indujo a todos, médicos incluidos, hacia la consideración de que se trataba de un virus del tipo de los muchos gripales que nos acechan. Entre el desconocimiento de los hábitos de esa población, las dudas sobre sus condiciones higiénicas, trufadas por una serie de imágenes de un siniestro mercado con todo tipo de animales en diferentes estadios, desde vivos hasta en estado de descomposición, la prácticamente nula información sobre su organización y recursos sanitarios, pues la fórmula fue más o menos aceptada, teniendo en cuenta que siempre es mejor evitar la alarma excesiva, la natural tendencia humana a la evitación de preocupaciones y el muy instaurado hábito hispánico de aceptación de la verdad oficial.

Bien es cierto que algunas cuestiones resultaban sorprendentes, como era el gran número de contagios, el ritmo exponencial de su expansión y la alta mortalidad, a lo que se unía la ausencia de ningún medio terapeútico eficaz, que si bien es un hecho frecuente en algunas infecciones víricas, no lo es para controlar al menos la evolución tan severa en un porcentaje elevado de casos por un virus gripal. Por otra parte, los virus gripales es cierto que acaban con la vida de un elevado número de personas en esas oleadas estacionales, pero prácticamente en organismos con patologías previas severas, y principalmente de avanzada edad. Personalmente me resultó sorprendente la muerte del médico que dio la voz de alarma, un hombre extremadamente joven, que salía de los patrones habituales. Por pura observación, algo empezaba a no cuadrar dentro del mensaje oficial, más aún cuando ya había noticias de que en China estaba muriendo gente joven. De forma drástica se impone una medida de estricto confinamiento de toda la población de dicha ciudad, que afecta a varios millones de personas, lo cual obviamente no ocurre con un virus de gripe común. A partir de aquí, y nos situamos a mediados de enero con la suspensión de la fiesta del principio de año chino, impidiendo la movilidad de la población, cuando menos se debería de haber investigado la naturaleza de esta situación y entrar en alerta sanitaria. Nada se hizo, y fíjense que hasta ahora las deducciones parten más de la lógica, que de las valoraciones médicas.

Sin embargo sabemos que la muy mentada OMS, advierte al Gobierno español sobre los riesgos de esta infección vírica los días 23 y 30 de enero, en especial sobre su alta capacidad de contagio y riesgo de evolución hacia cuadros de gravedad con elevada mortalidad. La infección llega a Italia, principalmente a Milán, lo cual no es nada tampoco sorprendente, pues se trata de una ciudad con una elevada concentración de población y gran movilidad internacional, que la hace lógicamente más sensible a la diseminación, y por mera asimilación se podría haber pensado en Madrid y Barcelona como los núcleos urbanos de mayor riesgo, como luego desgraciadamente se pudo comprobar que sucedió. Nada se hace, ni el más mínimo control de la llegada de viajeros internacionales, aunque fuese la elemental toma de temperatura. Es preocupante el dato de que cuando Italia estaba ya en la fase de contagio masivo, hacían toma sistemática de temperatura a todos los viajeros procedentes de vuelos internacionales, mientras que en España no se hacía absolutamente nada, ni tan siquiera a los vuelos procedentes de Italia. Perplejidad. Estado que aumenta cuando conocemos que en reuniones ministeriales de esos famosos y siempre desconocidos equipos de asesores técnicos con los dos grandes responsables, el ministro y el desacreditado director y proclamado doctor Simón, más bien licenciado, celebradas los días 5 y 10 de febrero, se pone de manifiesto la gran capacidad de contagio y extensión de este virus, por lo cual es necesario tomar medidas preventivas con la población, y especialmente evitar las concentraciones y favorecer el distanciamiento social. Curiosamente, se aísla a todos los clientes de un hotel en  Canarias ante la aparición del primer caso en España, correspondiente a un turista extranjero, medida acertada que no se vuelve a tomar ante situaciones futuras. Si una medida era buena en un principio, parece razonable que dentro de lo posible, se hubiese seguido aplicando. Nada se volvió a saber de esta estrategia. Recordemos que en cualquier proceso infeccioso es fundamental reconocer y aislar los focos de inicio, y que en este caso el comienzo fue en puntos muy concretos de nuestra geografía, por lo que no hubiese resultado nada especialmente complejo para su aislamiento, si hubiese habido previsión y capacidad decisoria. Esto hubiese limitado de una manera extraordinaria la expansión y evitado buena parte de los contagios. Todo lo contrario, y para muestra el irresponsable consentimiento de las manifestaciones y concentraciones del ya inolvidable 8 de marzo, o las múltiples excursiones playeras del siguiente fin de semana, una vez decretado el primer dubitativo estado de alarma.

Se declara la pandemia con lo que la OMS garantiza la extensión mundial. Se sabe que la evolución del proceso cursa con un cuadro neumónico severo en los casos graves, que generan unos niveles de saturación de oxígeno muy bajos, y que por lo tanto va a ser necesaria ventilación mecánica profunda, que va a requerir una importante provisión de respiradores, pues ya contamos con la experiencia china e italiana. La afectación es mundial y por lo tanto su demanda, también. Nada se hace, ni el más mínimo esfuerzo de aprovisionamiento preventivo, con lo cual las UCI se ven desbordadas e insuficientes, no pudiendo tratar de forma duradera y eficaz a muchas personas, representando una de las causas de alta mortalidad.

Se conoce que el virus tiene una gran capacidad infectiva con un matiz que le hace muy traicionero, y es la existencia de un elevado número de portadores asintomáticos. En principio parece que cualquier barrera que dificulte su transmisión respiratoria, teniendo en cuenta que puede haber gente infectada haciendo vida normal y compartiendo espacio con posibles receptores, se promueva y facilite su uso, o al menos que no se desaconseje o se diga que no tiene ninguna utilidad. No voy a entrar en el manido debate de la necesidad o idoneidad del uso de mascarilla, pero entiendo que cualquier barrera tendrá cierta utilidad, podrá ser mayor o menor su capacidad de filtrado, pero lo nunca puede resultar es un efecto negativo. De hecho, los países con mejor control han sido los que entre otras cosas, han promovido su uso. Pues ya sabemos el despropósito de nuestro país, del no son aconsejables y no tienen ninguna utilidad, a su uso obligatorio. No se puede pedir más incoherencia, y por supuesto mayor contribución negligente a la propagación del virus.

Sigamos con los medios de protección, y es como mínimo de una ineptitud negligente suprema, lo sucedido con el personal sanitario, por dos razones elementales, una porque su mantenimiento en perfecto estado de salud es fundamental para abordar el tratamiento y los cuidados necesarios que permitan el idóneo abordaje de la enfermedad en las mejores condiciones para el objetivo de la curación con las menores secuelas posibles, más cuando la presión asistencial va a ser extraordinaria y los recursos humanos limitados. Y la segunda, porque se convierten en un foco de contagio en su propio medio de trabajo con riesgo de infectar a compañeros y otros pacientes, con lo cual se produce una dinámica de transmisión exponencial, más teniendo en cuenta como ya hemos mencionado, el carácter asintomático de numerosos casos. La ausencia de medios de protección eficaces para este personal, ha sido un auténtico disparate que ha conducido al mayor número de contagios sanitarios mundiales y a una merma evidente de la capacidad asistencial.

Resulta especialmente alarmante y contrario a la más elemental lógica sanitaria, lo que se dijo y se hizo desde el principio del problema, afirmando que era indiferente el conocimiento etiológico de cualquier persona sintomática, con la recomendación de aislamiento domiciliario y tratamiento sintomático con paracetamol. Que ante la ausencia de test diagnósticos y para tapar las vergüenzas de su incapacidad, se prodigase este mensaje como verdad científica, es un auténtico atentado contra la ciencia médica. Y digo incapacidad o negligencia por no pensar en algo peor, porque si se hubiese querido, se podrían haber conseguido desde los múltiples laboratorios españoles que se ofrecieron y pusieron a su servicio, o bien laboratorios y empresas de biotecnología de otros países como me consta de EEUU. Pero no, había que traerlos costase lo que costase y sospechosamente de China; defectuosos mayoritariamente; tarde, hasta finales de abril no llegaron y con cuentagotas; y a precios astronómicos. Extraño capricho, responsable en otra buena parte de la mala evolución de muchos casos y la permanencia infectiva de personal sanitario asintomático o con síntomas leves ¿Cuáles son los efectos negativos? Pues para la población en general, porque resulta evidente que ante cualquier proceso patológico, en cuanto antes se tenga un diagnóstico de certeza, con más facilidad se podrá enfocar un abordaje terapeútico eficaz y personalizado, en atención a las características individuales, patologías previas y posibles comorbilidades. En segundo lugar, porque el agravamiento de este proceso es muy brusco frecuentemente y requiere una respuesta inmediata, con lo cual el total distanciamiento del conocimiento y seguimiento sanitario, ha conducido en numerosos casos a que la situación en la que acudía el paciente, era muy grave, cuando no desesperada, y eso suponiendo que se llegase antes de un desenlace fatal. Otra causa evidente de la mala evolución del problema y su alta mortalidad en nuestro país. A mayores, este conocimiento hubiese sido muy útil para evitar aislamientos innecesarios y disminuir riesgos de contagio. La ausencia de estos test ha tenido un efecto muy negativo en relación con el personal sanitario, que debía de haber sido controlado sistemática y periódicamente por las mismas razones que para la población general, a lo que hay que añadir la evitación de contagios intrahospitalarios.

Probablemente con todo este corolario de increíbles negligencias, la mayor de las aberraciones reside en lo sucedido en las residencias de ancianos. Se conocía la especial propensión de curso grave y riesgo de muerte en las personas mayores, y además existía información ya con la experiencia de lo ocurrido en la cercana Italia, al margen de que esa certeza se tiene en relación con cualquier virus de afectación respiratoria por razones tan obvias, que con carácter general se resumen en que son personas mayoritariamente con una capacidad respiratoria reducida. Pues bien qué se hace. Nada. Es evidente que desde el primer momento se debía de haber advertido de la situación de riesgo sobrevenida, propuesto normas para aislar estos centros y restringir al máximo los contactos con el exterior, aparte de unas medidas higiénicas estrictas y de asesoramiento del personal. Nada de nada. A mayores, para vergüenza histórica nacional, sabiendo que son centros residenciales con una atención sanitaria reglada y regulada por normativas autonómicas, pero obviamente con un nivel asistencial de atención primaria, se les niega y se  les impide el acceso a los hospitales, únicos que pueden proporcionar los recursos asistenciales requeridos para un tratamiento y enfoque eficaz, condenando a un proceso de absoluto confinamiento habitacional y soledad sin ningún recurso terapeútico útil. Se niegan los más elementales derechos de socorro y asistencia, conduciendo a muchos de ellos a una muerte segura e inevitable en esas condiciones. En el colmo de la falta de ética y humanidad, cuando se demandan por estos centros fármacos específicos de los utilizados en los hospitales, se les envía sedantes y morfina. Afirmación realizada por el presidente de la más importante patronal del sector privado. Que cada cual ponga el calificativo que le parezca más adecuado, todos los que vayan en un sentido de crítica dura tienen cabida.

La ausencia de test que hubiese permitido hacer un cribado de la población y un seguimiento del personal sanitario, bien por ineptitud o quizás por estrategia, aparte del caos asistencial descrito con los nefastos resultados relatados, ha traído otras consecuencias. En primer lugar el desconocimiento real de afectados, lo que facilita el baile y la discrecionalidad de las cifras, obviamente con sistemática manipulación a la baja. La segunda tiene mayor repercusión en aspectos jurídicos y estadísticos, pues muchos de los fallecidos van a carecer de una prueba objetiva definitiva para la confirmación de causa de muerte por Covid19. Si a esto añadimos que no se han realizado autopsias, y que buena parte de los cadáveres han sido incinerados, pues obviamente no va a existir ni rastro de la prueba. Simplemente analicen a quién favorece este estatus quo, desde luego en absoluto a los afectados.

Por cierto, desde tiempos inmemoriales los fallecimientos se acompañan de un obligatorio certificado médico en el que se indica la causa inmediata de muerte y la enfermedad fundamental, con lo cual se refleja la posible clínica de Covid19. Este certificado es imprescindible y su destino es el Registro Civil y los servicios funerarios. Es obvio que esto supone que esa información está en los Registros Civiles y en las Funerarias, por lo cual, o bien directamente a partir de la información directa del Registro, o bien por la suma de los datos aportados por los referidos servicios, se pueden obtener estos datos con absoluta certeza si se tiene voluntad, y obviamente se facilita este acceso, a la cual de forma evidente tiene acceso el Ministerio de Interior. Esto es lo mismo que si se dice que en España no se conoce cuántos niños nacen diariamente. Pues bien, el mecanismo de registro es idéntico.

Para terminar, simplemente enumerar medidas organizativas y preventivas que se deberían de haber tomado, pero obviamente vistos los errores tan elementales y groseros cometidos, quizás estos matices sea pedir demasiado.

  • Creación de un Gabinete técnico de carácter multisectorial, aglutinando tanto instituciones públicas como empresas privadas con delegación de la función logística en el Ejército, que es sin duda la estructura mejor preparada para este fin, que hubiese llevado la gestión en todo el territorio nacional. Y por supuesto con auténticos expertos, que los hay y muchos, junto a las grandes empresas farmaceúticas, de biotecnología y de equipamiento sanitario, que son las que conocen dónde, cómo y a qué precio se puede comprar, consultando con embajadas y consulados, pues parece que aún existe un Ministerio de Asuntos Exteriores.
  • Planes propios que deberían incluir la disponibilidad de equipos de protección, respiradores, medicación, camas, equipos de Rx portátiles y de TAC móviles.
  • Planes de contingencia en hospitales y centros de salud con zonas de triaje, áreas de extensión de cuidados intensivos e instalaciones preparadas para montar hospitales temporales.
  • Propiciar el funcionamiento de una infraestructura pública, Farmacia de Defensa, con capacidad de producir medicamentos, material de curas, desinfectantes, mascarillas y otros elementos de protección.
  • Constitución de una reserva de personal sanitario móvil con capacidad de desplazamiento a cualquier punto de nuestra geografía según los requerimientos y necesidades.

Nada se hizo, y he aquí las consecuencias. En la actualidad hay 187 países afectados con una mortalidad media del 7%, mientras que en España es del 12%, encontrándose en las cotas más altas con un sistema sanitario fuerte de cobertura universal. Hay más de 50.000 sanitarios contagiados, lo que representa un récord internacional. El número de contagios es el segundo mundial, después de EEUU, pero con una población 7,5 veces menor. Todo ello, ateniéndonos a las cifras oficiales, que sabemos no son las reales. Las cifras de fallecimientos se estiman entre un 30-40% superiores, es decir que pasarían de las 28.000 a un número entre 40.000 y 50.000. Por cierto, es incomprensible el baile de cifras, las constantes oscilaciones, la manipulación ajustándolas temporalmente según intereses políticos. Pues bien, el registro civil recibe permanentemente los fallecidos y van acompañados de un certificado médico de defunción, en el que se menciona de forma obligatoria la causa de muerte y la enfermedad principal, documento que consta también en los servicios funerarios. Es decir, que estos datos están disponibles y se pueden ir obteniendo a diario, y fácilmente se pueden comparar con las de años anteriores en los mismos periodos. Es decir, que si no se han conseguido, o se han soslayado, es porque ha habido voluntad para que así fuese.

Es un breve análisis que podría resultar interminable, si se hace de forma más pormenorizada. Juzguen ustedes mismos, son hechos. Para terminan manifestar mi perplejidad ante el silencio de las organizaciones científicas y las que aglutinan los colectivos sanitarios, en especial aquellas que son de derecho público y por lo tanto encargadas de velar por el correcto ejercicio de nuestras profesiones en el marco del saber científico. Mal vamos si la ciencia calla y se impone la verdad de la propaganda, y peor si la sociedad civil no es capaz de actuar con la responsabilidad e independencia debida como contrapeso del poder político.

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Javier Zurro
Licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Medicina. Especialista en Anatomía Patológica. Jefe de Servicio Hospitalario de Anatomía Patológica hasta 2004 (excedencia voluntaria). Profesor universitario desde 1977 hasta la actualidad. Autor de "España a subasta". Socio del Club de los Viernes.