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En torno a las 14:30 horas del 13 de junio de 1979, la banda terrorista ETA asesina a ÁNGEL BAÑOS ESPADA, montador de la empresa Tamoin que trabajaba en la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya), en el momento en que se producía el cambio de turno. Habían pasado quince meses del atentado que acabó con la vida de otros dos trabajadores de la central: Andrés Guerra Pereda y Alberto Negro Viguera (17/03/1978). En ambos atentados la banda asesina había colocado una bomba en el interior de las instalaciones.

Poco antes de la explosión, dos terroristas encañonaron a los dos operarios encargados del tanque de refrigeración y, tras esposarles, les obligaron a abandonar el lugar. A continuación colocaron una bomba de escasa potencia en la parte inferior del tanque.

Los etarras hicieron dos llamadas telefónicas a Iberduero y a Radio Popular de Bilbao avisando de la colocación del artefacto. La primera se produjo en torno a las dos menos diez de la tarde a las oficinas de Iberduero, anunciando la explosión “en el plazo de un cuarto de hora”. La telefonista intentó averiguar más datos pero el comunicante anónimo se limitó a decir: “Repito: en un cuarto de hora hará explosión una bomba”. A las dos y cinco se recibió una segunda llamada en la central, esta vez procedente de la emisora bilbaína Radio Popular, en la que avisaban a Iberduero de que habían recibido un aviso con el mismo contenido.

Para entonces -según fuentes de la empresa que confirmaron varios de los escasos trabajadores que permanecían en las instalaciones por la tarde- las sirenas habían dado la alarma, mientras los altavoces daban la orden de desalojo general. La explosión se produjo entre tres y siete minutos después de la segunda llamada.

Ángel Baños, que iniciaba entonces su trabajo en el turno de tarde, se encontraba en ese momento sobre una pequeña plataforma en la parte superior de un tanque de aceite destinado a la refrigeración de la turbina. Algunos de sus compañeros informaron que Ángel acostumbraba a cambiarse de ropa en dicho lugar, aunque no supieron explicar la razón por la que seguía en el interior del pabellón tras la orden de desalojo. La bomba, colocada en la parte inferior del tanque, de forma cilíndrica y con un diámetro de unos tres metros, estalló en esos momentos. El tanque no sufrió desperfectos visibles, aunque sí algunos de los materiales auxiliares situados en su entorno. Ángel recibió el impacto de la onda expansiva cayendo por la parte trasera del tanque, entre éste y la pared exterior del edificio.

A raíz del atentado del 17 de marzo de 1978, en el que fueron asesinados los obreros Alberto Negro y Andrés Guerra, Iberduero había extremado las medidas de seguridad. Así, para desplazarse por el interior de la planta era preciso portar una credencial nominal, que era examinada por los servicios de seguridad cada vez que se traspasaban las barreras que separan las distintas partes de la obra.

En un comunicado suscrito conjuntamente por el PNV, PSOE, PC y ESEI, que se hizo público por la tarde del mismo día del atentado en Bilbao, se condenaba duramente este nuevo “asesinato, que expresa un absoluto desprecio a la vida y a los derechos de la persona y atenta contra los trabajadores, contra el proceso democrático y, en particular, contra el Estatuto de Autonomía”. El comunicado llamaba “a la clase obrera y al pueblo en general a expresar su repulsa por el atentado”. En parecidos términos se expresaban las centrales sindicales UGT y CCOO. Esta última se preguntaba si la sangre vertida en marzo del año pasado “no les pareció suficiente a los autores”, e interpelaba a éstos sobre el argumento que utilizarán para justificar su acción. “¿Se dirá otra vez que no funcionó? ¿o que se trataba de un confidente?”, se preguntaba CCOO, que concluyó su comunicado llamando a la celebración de “asambleas en todas las fábricas y manifestaciones en los pueblos, en las que se expresase la repulsa de los trabajadores por el atentado”.

Los cuatrocientos trabajadores de la empresa Iberduero, encargada de la construcción de la central nuclear, hicieron público un comunicado el 20 de junio en el que denunciaban la irresponsabilidad de la banda terrorista y mostraban su extrañeza por el hecho de que ningún ayuntamiento hubiese condenado el atentado. Los trabajadores hacían un llamamiento “en particular a ETA y a aquellos sectores del pueblo que piden goma 2 para Lemóniz, para que hagan un análisis de las irresponsabilidades que están cometiendo, porque, al atentar contra las instalaciones, están atentando también contra la seguridad del trabajador, dado que para mantener nuestro puesto de trabajo, tenemos que estar continuamente en ellas”.

Sin embargo, la banda terrorista ETA siguió cometiendo atentados contra la central y las personas relacionadas con la misma. En febrero de 1982 secuestró y asesinó al ingeniero José María Ryan, y tres meses después a su sucesor en el puesto, el ingeniero Ángel Pascual Múgica. La última víctima de Lemóniz se produjo poco después del asesinato de Pascual Múgica. Fue el niño de 10 años Alberto Muñagorri, herido gravemente el 26 de junio de 1982 en Rentería al dar una patada a una bolsa-bomba colocada por la banda en la puerta de un almacén de Iberduero, propietaria de la central. Alberto estuvo muchas semanas debatiéndose entre la vida y la muerte, perdió el pie izquierdo y quedó ciego de un ojo.

Ángel Baños Espada era natural de Cartagena (Murcia). Tenía 46 años, estaba casado y era padre de cinco hijos. Trabajaba como montador para la empresa Tamoin, contratada por Iberduero en la construcción de la central nuclear de Lemóniz.

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