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Durante la madrugada del día 14 de mayo de 1984 ETA atentaba en Fuenterrabía (Guipúzcoa) contra una lancha de vigilancia portuaria de la Armada Española, mediante la colocación de una bomba que provocó su hundimiento y la muerte del cabo JUAN FLORES VILLAR. La embarcación se hallaba anclada a unos treinta metros de la orilla, en la desembocadura del río Bidasoa, no muy lejos de la Comandancia Naval.

El cabo Flores murió ahogado en el interior de la embarcación atrapado en su camarote, y no por el efecto de la onda expansiva. Así lo confirmaron los buzos de la comandancia de Marina que lo rescataron: “No tenía señales de haber sido alcanzado por la onda expansiva; el chaval, pobrecito, murió ahogado, agarrado a una colchoneta”, indicó uno de los submarinistas que intervino en la operación de rescate del cuerpo del joven.

Su compañero, Antonio Martínez Abella, consiguió salvarse. Logró alcanzar la cubierta y salvó su vida arrojándose al agua en el momento en que la lancha se hundía arrastrada de popa. La explosión sorprendió descansando en sus camarotes a los dos marineros que estaban encargados de la custodia del barco que hacía labores de vigilancia de la dársena y de la ría del Bidasoa.

La potente bomba, colocada por submarinistas de ETA en uno de los ejes de la hélice, seccionó la popa del barco y catapultó trozos de la cubierta a centenares de metros de distancia. La lancha, una embarcación de fibra de vidrio de seis metros de eslora y poco calado, se rompió en dos “como si fuera de papel”, y se hundió casi inmediatamente, dejando asomado el vértice de proa.

La lancha hundida formaba parte de una flota de 20 unidades destinadas al servicio de vigilancia de la ría, y su dotación estaba compuesta por un suboficial, un contramaestre, un maquinista y un timonel. A principios de los años ochenta se construyeron en unos astilleros de Vigo treinta unidades de este tipo, dedicadas en su totalidad a las patrullas de vigilancia interior de puertos, a las órdenes de los comandantes de Marina.

Los terroristas que programaron y colocaron el artefacto pudieron llegar hasta la lancha buceando desde la orilla francesa o desde la costa de Fuenterrabía. “Un nadador aficionado que utilice aletas tarda menos de cinco minutos en llegar hasta aquí desde el lado francés”, comentó un oficial de la Marina.

En señal de duelo por el atentado, los pescadores de Fuenterrabía decidieron no salir a faenar hasta finalizado el funeral, celebrado en la Iglesia de la Cofradía de Pescadores, a las cuatro de la tarde, con la presencia del ministro de Defensa, Narcís Serra, del jefe del Estado Mayor de la Armada, del capitán general de la Región Marítima del Cantábrico, almirante Joaquín Contreras, y del consejero de Interior del Gobierno vasco, Jesús María Retolaza.

El sacerdote de Fuenterrabía que ofició el funeral hizo en su homilía una durísima condena a las organizaciones terroristas. “Con este nuevo asesinato se escribe una de las páginas más negras y desgraciadas de nuestro pueblo”. Y añadió, tras calificar a los terroristas de “verdaderos y auténticos caínes del pueblo”: “Os hablo a vosotros, asesinos, a los que os otorgáis el título de salvadores del pueblo euskaldun: basta ya de matar”.

Tras la ceremonia religiosa, el ministro de Defensa condecoró a Juan Flores con la Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco. Narcís Serra manifestó que, como ministro, ratificaba las palabras del sacerdote, y dijo que el teniente general Guillermo Quintana Lacaci, el comandante de Bermeo Martín Barrios y Juan Flores suponen para él los nombres de un compromiso: “Creo que debemos acabar de una vez por todas, y serenamente, con la violencia en nuestra querida España”.

Trasladado a hombros de sus compañeros de la Comandancia, después de haber recibido los honores militares, el cuerpo de Juan Flores fue introducido en el furgón que lo trasladó al aeropuerto de Fuenterrabía, con destino a Barcelona.

El féretro con los restos de Juan Flores llegó a Barcelona a las 19:45 horas del 14 de mayo y la capilla ardiente se instaló en la comandancia de Marina. Momentos después se iniciaron unos actos de honor militar, dedicados a la víctima, a los que asistieron exclusivamente autoridades y familiares del fallecido. Fuera del edificio se encontraban unas doscientas personas, en su mayor parte amigos de la familia y vecinos de la Zona Franca de Barcelona donde residía Juan Flores. Al día siguiente por la mañana se celebró una misa por el alma de Juan Flores Villar en Montjuic a la que asistieron casi un centenar de personas, y que fue presidida por la cúpula militar de Cataluña, altos mandos policiales y las primeras representaciones de los organismos políticos. Entre el público que se había congregado frente al edificio del Sector Naval estaban los amigos de Juan Flores. Todos recordaban su temor por no saber qué hacer cuando terminase la mili” y sus continuos montajes “para poder tomarse un permiso y venir a Barcelona”. Dos amigos recordaron que Juan tenía un presentimiento que no cesaba de repetir en sus permisos: “Tengo miedo de que me pase algo, estoy intranquilo”.

El mismo día del atentado, el grupo Gatazka (Lucha) reivindicaba el hundimiento de la lancha a través de una llamada a Radio Popular de San Sebastián. El comunicante indicó que el artefacto había sido colocado colgando de la hélice, tal y como han ratificado expertos en explosivos que analizaron los restos del barco. Según oficiales de la marina, la bomba fue colocada, en cualquier caso, por expertos, y su carga explosiva era mucho más potente que la Goma 2. El portavoz de Gatazka, facción de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, indicó que este grupo se opone al servicio militar y señaló que el atentado es la respuesta al cerco policial que ejercen tanto España como Francia. Gatazka fue el título de una publicación teórica de contenido marxista-libertario creada en Bélgica por proetarras a raíz del proceso de Burgos. La actividad de este grupo se limitó a lo puramente teórico, si bien posteriormente todos los elementos que colaboraban en la revista ingresaron en ETA en la década de los setenta.

Juan Flores Villar tenía 20 años. Era cabo mecánico y natural de Barcelona. Trabajaba en la hostelería, aunque por las noches estudiaba banca. Llevaba cumplido la mitad del servicio militar. Hizo la instrucción en Cartagena; posteriormente se le destinó a El Ferrol y, de ahí, a Fuenterrabía. Era el mayor de los hermanos de una familia formada por un matrimonio natural de Córdoba y seis hijos. Sus padres residían en Barcelona. A las siete de la mañana del lunes el timbre sobresaltó a la madre de la víctima, Carmen Villar Pavón. Presintió que algo le había pasado a su hijo en cuanto vio a los dos marineros que estaban en la puerta para comunicarle que su hijo Juan “había tenido un accidente en Fuenterrabía y estaba grave”. Uno de sus cinco hijos acompañó a los dos enviados del Sector Naval a la Seat, donde trabaja Francisco Flores López, el padre del fallecido. Francisco Flores, un cordobés de Aguilar de la Frontera que había emigrado a Cataluña hacía 22 años, temió lo peor, como su mujer, en cuanto vio los uniformes, iguales que los que llevaba su hijo. “¿Le han matado?”, les preguntó a los marineros cuando ya, a bordo de un Land Rover, le acompañaban al edificio de la Comandancia de Marina. Allí se lo dijeron.

 

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