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Más solos que la una, abandonados por todos, sin protección ni ayuda de las instituciones, a pecho descubierto, provistos de las correspondientes cacerolas, los escasos espíritus libres que aún quedan deben empeñarse en combatir contra los demonios hasta quemar sus mansiones en el infierno y poner a saco la gran habitación negra de su falsa propaganda, hasta lanzarlos al fuego de las prisiones y romperles los dientes políticos y los cuernos ideológicos de su doctrinario culo.

Combatir a ese montón sangriento de sarabaítas, mojigatos o matones a conveniencia, caracoles, hipócritas, pervertidos, liberticidas, y otras sectas de parecida especie, que se han disfrazado de máscaras para engañar a la gente, y que haciendo creer al pueblo que no se ocupan más que de redención y de democracia, mediante discursos melifluos, chantajistas o atemorizadores, por el contrario, se lo pasan muy bien, llenándose los bolsillos a costa del sudor de los trabajadores y confinándolos.

A pesar de las circunstancias presentes y futuras, nada se percibe en los luciferinos de austeridad al viejo estilo, sino todo lo contrario, porque el Estado es suyo y lo patrimonializan ante el silencio ignominioso de todos los organismos estatales. Parafraseando a Juvenal, simulan ser Curios, pero viven como sátrapas, inexpugnables tras el cordón policial desplegado por unos «matones -según palabras propias- al servicio de los ricos».

Pues a este punto ha llegado el paradójico papel de la Guardia Civil y de las fuerzas policiales, humilladas hoy por los que ayer no se cansaban de «emocionarse» cada vez que recibían los porrazos de las hordas de camisas rojas, negras, pardas y moradas que ahora vuelven a ponerse en movimiento ante el ligero desperece de la ciudadanía. Unas fuerzas policiales arrodilladas ante sus verdugos históricos, que permiten a los matones lo que prohíben a los ciudadanos desarmados.

Todo aquel que no esconda la cabeza bajo el ala, todo aquel que no oculte la mirada con la venda de la condicionada ceguera, puede leer en gruesa letra y en el vivo color rojo de sus hocicos satánicos la maldad y la traición, perfumados como van con azufre. Porque la luz que emanan colorea sus rostros de un tono verdoso, esparcen ese olor mefítico de políticos criados en la fracasada e impostora filosofía del odio y del enfrentamiento.

Es obligado defenderse, digo, de estos hipócritas que siempre irrumpen en la política jactándose de sus mezquinas alpargatas, de sus vecindades vallecanas, y en pocos meses los vemos de advenedizos marqueses y de botaneadores, es decir, ya con las botas puestas, ya con su oficial guardia pretoriana. Defenderse de estos farsantes que, alzados por todos los lameplatos y trincamigajas, por la chusma amoral y apátrida, por los parásitos incendiarios, gobiernan sin saber cómo se dice «patria», «ética», «dignidad» y «respeto», y en ausencia de saberlo arruinan y destruyen a conciencia, bajo el mandato de sus narcojefes.

Defendernos de ellos porque detentar el poder no es gobernar. Hablan del pueblo, de ricos y pobres, de libertad y democracia, pero en realidad lo que dicen es: «destruir». Y bien saben lo que han de destruir. Y también saben cómo. En ausencia de opositores firmes y coordinados, destruir para ellos es destruir todo aquello que posee independencia y autoridad moral. Su afán destructivo es su causa y alimento, pues sólo son capaces de reinar sobre escombros, y su corona estará más segura cuanto más inmensa sea la devastación. Y en ello están para perpetuarse en el machito.

Defendernos de ellos porque son una plaga de parásitos esterilizando el jardín. Y cuando un jardinero encuentra un insecto comiéndose el corazón de sus flores, no lo lleva al tribunal, si en él se sienta un jurado de gorgojos. Lo aplasta allí mismo entre los dedos.

Babean o destruyen mientras gran parte del pueblo acepta este fangal, esta gobernanza de abortos, eutanasias, clientelismos, latrocinios, ocultaciones, abusos, ilegitimidades, vicios contra natura… Un caos cometido, propiciado o consentido por las instituciones. ¿Qué espíritu sano puede acogerse a la obediencia debida cuando se reciben órdenes injustificadas e ilegales, dictadas por perturbados y pervertidos?

¿Qué puede hacer con su potestad esta turbamulta de vagos y bellacos a quienes el engaño y el fanatismo han rodeado de poder, sino aherrojar y destruir? ¿Cómo pueden gobernar aquellos que con nuestros impuestos y nuestro presupuesto compran las voluntades de militantes o esbirros, a quienes la posibilidad de perder prebendas, sueldos y cotas de poder les da pavor, sino estrujando al ciudadano trabajador y expropiando la propiedad privada? ¿Con qué provecho, salvo el propio, pueden administrar el bien común los que han sido elegidos por una gentuza cuyo único destino es servir a esos amos que los usan y desprecian?

¿Con qué utilidad ciudadana pueden dirigir al prójimo quienes, respecto a sus actividades vitales y a sus estudios, se dedican desde la primera juventud a la partidología, a la lectura de manuales de intoxicación política y sociológica, y no para pasar el tiempo sino de mala manera, para hacer daño a su prójimo mediante insidias, obscurantismos y barbarie? ¿Qué puede esperarse de quienes viven y medran cojoneando y diabloculando; es decir, creando rencor y calumniando, mientras remueven y esparcen la mierda con el ventilador de su propaganda y la amenaza de sus hordas?

Tras lo antedicho, es obvio que quien desee sentirse satisfecho, vivir en paz, alegría y salud, no sólo ha de huir imperativamente de ellos, aborreciéndolos con eficaz distanciamiento sociopolítico, sino que no debe detenerse hasta encarcelarlos, pues la seguridad de los hombres y mujeres de bien pasa por no fiarse nunca de gentes que miran y actúan siempre a través del agujero de sus antifaces.

De ahí que la espontánea reacción de las cacerolas haya que verla como un movimiento ciudadano lógico y necesario, una consecuente y honrosa actitud de autodefensa llevada a cabo con firmeza por parte de quienes viven hoy en España convencidos de su absoluto desamparo, defeccionados por aquellos que habiendo jurado defenderlos, se retuercen de deslealtad, deshonor y cobardía en la intimidad de sus mancillados e inméritos destinos.

De esta exigua, pero ejemplar y valiente minoría, que se ha alzado tratando de redimir a un pueblo embrutecido por el frentepopulismo sociológico incardinado durante cuatro décadas en el tejido social, y que está dando una vez más ejemplo a sus espadones y coronados, bien puede decirse aquello de: «¡qué buen vasallo si hubiese buen señor!».

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