nada volverá
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Así lo expresó años más tarde el entonces ministro de Justicia y redactor de los Pactos de la Moncloa en 1977, Landelino Lavilla. Por cierto, la Historia ha perdido un gran político y jurista. Si se dice de aquellos Pactos que fueron los acuerdos que cambiaron España hace 40 años, no me cabe la menor duda que la pandemia del coronavirus dará un giro de 360 grados a un país que, con las cartas boca arriba, ha mostrado una gran fragilidad estructural. La maldita bacteria, con 18.000 personas marchándose prematuramente, más de 100.000 contagiados y sin intención de ofrecer pacto alguno con la Humanidad, ha dejado a las ciudades sin latido y ha puesto en jaque a medio mundo.

Los Pactos de la Moncloa fueron el paradigma mundial del diálogo y la convivencia democrática entre fuerzas políticas de distinto color y la Confederación de Empresarios recién constituida, pactos de altura, con el sentido de Estado que requería el momento –todos estaban del lado de España- y sin la sensación amarga como el ajenjo e hiriente como espada de doble filo que deja la traslúcida intencionalidad del actual gobierno. Aquel acuerdo se afrontó con la integridad que solo la madurez democrática suele dar, nada qué ver con la sutil estrategia táctica del actual gobierno para disfrazar una gestión nefasta, estrategia que se quiebra cuando choca de frente con una oposición que no quiere restar un ápice de su responsabilidad, pero tampoco entrar al juego de naranja endulzada con miel en una alianza de gobierno quebradiza como la piel de cebolla.

El supuesto pacto transversal que Sánchez reclama, con tintes de descarada deslealtad, esconde la pretensión de diluir una responsabilidad inherente a su condición de presidente del gobierno. Con la rosa van las espinas y si es presidente para dormir en la Moncloa y viajar en un polémico Falcon, también para lo malo; y del resto ya se encarga el destino. Aquel mejor con miel que con hiel de los años 40 se torna ahora en miseria política y moral y en una insultante confrontación con una oposición a la que se le pide que comulgue con ruedas de molino. Pero en esta ocasión en una España que, cual mujer a la que le han cortejado otros mejores, sabe que hay otra forma de gobernar. Esta España no es aquella, la nacida del fin de una dictadura con un claro objetivo de reconstrucción de la mano de un incipiente sistema democrático necesitado de consolidación. Ésta es la España que ha superado ya la edad de merecer.

Y esta izquierda no es aquella. Esta izquierda es la de un socialismo que justifica, sin el menor recato moral, las prácticas caudillistas de Podemos; un socialismo muy alejado del catch-all-party del centralismo político y caminando en sentido contrario al espíritu del Bad godesberg. Es el socialismo cuya pasión por la izquierda le hizo perder de vista toda prudencia y equivocarse de socio; y ahora tiene que lidiar con la amenaza de la socialización, del separatismo vasco y catalán y de la intención de dinamitar la monarquía parlamentaria.

Éste es el socialismo de un presidente que acomete estrategias, a expensas de ser descubiertas como fruto seco dentro de su cáscara por una oposición insultada y ninguneada; un presidente incapaz de salir de su letargo y afrontar la crisis de su propio gobierno, escondida tras patéticos abrazos y letanías de halagos propias de quienes ocultan una relación de infidelidad.

Yo que en ocasiones malpienso, como cualquier mujer que se precie, y acierto me temo lo peor. El gobierno de Sánchez, cogido por alfileres, se ha convertido de facto en una especie de poder legislativo que se escuda en reales decretos para adoptar medidas que pretenden un totalitarismo alejado de los valores democráticos. Cuidado con esto. Pretender la nacionalización de empresas y sectores o interpretar la Constitución al libre albedrío puede ser propio de un gobierno preso en la tela de araña de una izquierda radical que acerca la sardina a su ascua, pero no de un Estado democrático que no debe rendir pleitesía a partidos que dinamitan el espíritu aquél que, precisamente, inspiró los Pactos de la Moncloa.

La maldición de las ideas nubladas por un vicepresidente podemita, que sigue a pies juntillas el fanatismo chavista, puede sumir a España en la más mísera miseria. Claro que para alguien que tiene una cuenta en un banco offshore en Islas Grandinas para que el gobierno de Venezuela presuntamente le inyecte 272.325 euros, esto de la pobreza o de que un país tenga que mendigar limosna entre levas de perros vagos y gallinas desorientadas, se la trae al pairo.

El pretendido pacto de Sánchez me genera una incómoda sensación instintiva que me aturde igual que la aplicación de unas medidas económicas condenadas al fracaso o su absoluta incapacidad para proteger al sector sanitario. Esta semana el gobierno ha vuelto a cortejar a la oposición con sus peores intenciones y Casado ha vuelto a rechazar su propuesta de pacto exigiendo protección para los profesionales y eficacia para frenar la pandemia económica ante un gobierno que se niega a bombear sangre a los sectores económicos y dar oxígeno a los grupos de riesgo financiero.

La situación ha desbordado hasta la misma Unión Europea, carente de protocolos ágiles, que tendrá que despojarse de inepta burocracia y reinventarse si no quiere dar una imagen tal cual Marilyn Monroe en La tentación vive arriba, tan escandalosa en aquellos tiempos, dejando al descubierto sus largas piernas bajo una falda que acabó resultando demasiado corta.

Tras este áspero mes de abril teñido de proverbial incompetencia y mala suerte, nada volverá a ser como antes. Llegados a este punto, cobran especial actualidad las palabras de Adolfo Suárez: quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro.

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1 Comentario

  1. Sra Esther, sin ánimo de ofender, pero si algo da una vuelta de 360º, se queda como está. Supongo que ha querido decir 180º, que es cuando todo da un giro bestial.
    En cuanto a lo de los pactos de la Moncloa, ya les gustaría al 80% de la Cámara, sobretodo al lado de centro-izquierda-utraizquierda-… el llegarles a la suela de los zapatos a todos aquellos que pudieron conformar aquellos pactos, que fueron por un bien comun y no por salvarse la cara a uno de ellos.

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