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La publicación por nuestro amigo Guillermo Rocafort de sus magníficos trabajos sobre el intento del Frente Popular de provocar una pandemia en España durante la Guerra de Liberación, además de la inédita, peligrosa y trascendental circunstancia que sufre España y el Mundo con el Coronavirus, nos han hecho reverdecer nuestros trabajos sobre Guerra Biológica en nuestra historia reciente. Trabajos que publicamos en el libro Antes que Sadam; Las armas de destrucción masiva la protección civil en España 1924-2000, Valladolid, 2003), y el número 2 de la revista Historia de Iberia Vieja (2005), en los que, por cierto, se basó José María Zavala (Franco con Franqueza, Plaza y Janés, 2015). 

       

Sean catástrofes naturales o provocadas, las infecciones masivas, las pandemias, son una de las mayores amenazas a las que nos podemos enfrentar. Recordemos solo tres para fundamentarlo.

La Peste Negra (bacteria yersinia pestis) surgió en el Himalaya, pasando a China certificadamente en 1331 y, en pocos años, la población de aquel imperio pasó de 125 a 90 millones. Trasmitida de nuevo por las caravanas de comerciantes de la Ruta de la Seda, en 1346 llegó a la colonia genovesa de Caffa, en Crimea. Los mercaderes genoveses, muchos de ellos judíos, huyeron despavoridos, llevando consigo los bacilos a Italia y de allí al resto del continente. El índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 % en el conjunto de Europa y los 80 millones de europeos quedaron reducidos a sólo 30 entre 1347 y 1353. En la Península Ibérica se estima que la población pudo pasar de seis millones a dos y medio.

           Dibujo de Terry R. Peters

Tras la Guerra de los Siete Años y el Tratado de París (1763), Francia perdió el Canadá a manos inglesas (y cedió Luisiana a España). 13 tribus indígenas de la región de los Grandes Lagos (Ottawas, Sénecas, Shawnees, Delawares, Hurones, Mingos, etc), descontentos por el trato que les dispensaban los ingleses, y dirigidos por Pontiac, pusieron en serios aprietos a los sajones destruyendo nueve fuertes a lo largo de dos años. Dado que el ejército británico desde 1755 propagaba sistemáticamente la de viruela entre los indios aliados de los franceses (en 1757 fueron diezmados los Potawatomis), el general en jefe Jeffery Amherst acordó con el coronel Henry Bouquet infectar a los indios que cercaban Fort Pitt en el verano de 1763, escribiéndole este último:

 «…voy a tratar de inocular a los indios por medio de mantas que les entregaremos, teniendo cuidado sin embargo de no contraer yo mismo la enfermedad (I will try to inoculate the Indians by means of blankets that may fall in their hands, taking care however not to get the disease myself).» 

Aquello, pasando por encima la interesada pseudohistoria escrita por los propagadores de nuestra leyenda negra, pudo suponer la muerte de entre medio y millón y medio de indios. 

La gran pandemia de 1917-20, intencionadamente mal llamada «Gripe Española», se ha demostrado que fue un tipo de la gripe aviar. El virus más letal que ha existido brotó en Estados Unidos en 1917, precisamente en Fort Riley (Kansas), y el ejército yanqui desplazado a Europa lo trasmitió a nuestro continente, donde mató a más gente que la propia Gran Guerra. Datos actualizados confirman que, al menos y en poco más de un año, la gripe infectó hasta el 40% de la población mundial y alrededor de 100 millones de personas murieron en todo el mundo, principalmente adultos entre 20 y 40 años, aunque se dan incluso cifras superiores (150 millones); Francisco y Jacinta, los santos hermanos videntes de Fátima, sucumbieran a la epidemia Francisco en 1919  y Jacinta de 1920. Pero lo peor es que, dado que fue la primera guerra en la que todas las vacunas conocidas fueron inyectadas obligatoriamente a los soldados, hay estudios fundados de que las mismas, al ser defectuosas, agravaron e introdujeron más enfermedades, pues:

«…la mezcla de fármacos venenosos y proteínas pútridas de las que se componen las vacunas causaron la extensión de la enfermedad y muerte entre los soldados», pereciendo más por enfermedades que por heridas de guerra y contagiando a la población civil (Vaccination – The Silent Killer, de Ida Honorof y Eleanor McBean). 

Gripe “española”: Soldados yanquis partiendo hacia Europa. Población civil useña. Las olas de la pandemia.

Podemos, pues, constatar que ha habido pandemias superlativamente mayores que la actual, que la guerra biológica, en forma de agresión directa o indirecta y solapada, ni es un mito ni cosa de la antigüedad lejana, y que la industria farmacéutica puede ser un gran remedio o un grave problema, en función de su deontología o su mentalidad meramente mercantil.

La «Red Quintanilla»

Centrándonos en España en 1937, con independencia del relato detallado de lo que ocurrió, el problema es que la actual versión imperante de aquella guerra es totalmente parcial y falaz. La mayoría de los textos que se pueden encontrar con facilidad dan una imagen angelical y ridícula del Frente Popular, negando sistemáticamente lo que incluso alguno de sus componentes declaró. Vamos, por ello, a empezar por demostrar la existencia y catadura de determinadas organizaciones y personajes.

En lo ya publicado recientemente, copia de la documentación oficial española (Bando Nacional) y francesa, en la red frentepopulista de espionaje en la zona fronteriza oriental francesa podemos destacar la presencia de Luis Quintanilla, Max Aub, Jean De Berne, Jacques Mannachem, Pedro Lecuona, Edgard Rollan Karigen, Teddy Graham, Jean Jacques Pavie, Jean Paul Bougennec, Louis Chabrat o un tal Bosoutrot. Examinemos los principales.

Quintañilla (años 1930 y 1934)

Luis Quintanilla Isasi fue un pintor, de filiación socialista, que había estudiado arquitectura, y su talento artístico -al parecer- fue clave para que se le encargaran los frescos que debían decorar la cripta del pretendido mausoleo de Pablo Iglesias. El propio Luis Quintanilla admitió que intervino “como enlace” en la Huelga General Revolucionaria de 1917, que pudo ser nuestro «octubre rojo», así como que formó parte del Comité Revolucionario de la «Sublevación de Asturias» en 1934, pues en su estudio, además de contratarse “la adquisición de armas de guerra que tenían los portugueses”, se detuvo a la mayor parte del Comité Revolucionario, excepto Largo y Prieto que permanecieron en la sede del socialista ¿para disimular?, pasando solo ocho meses en la cárcel por los manejos del Frente Popular.  También escribió que participó en ataque al Cuartel de la Montaña, siendo luego nombrado «responsable» e interviniendo en los frentes, incluso dirigiendo el contraataque en Peguerinos. Fue nombrado «jefe asistente» del jefe de Milicias Comunistas, el comandante Barceló en el asedio al Alcázar de Toledo, con el encargo específico del municionamiento artillero, pero encargándose interinamente del mando de algún asalto, y, llamativamente, propugnando el ataque con gases al Alcázar . Pio Moa afirma textualmente: 

«… el capitán Salinas y el pintor Luis Quintanilla … propusieron a Álvarez Coque asfixiar a los defensores con gases, ofrecidos por representantes de una industria francesa; Álvarez no se decidió, aunque el día 9 un avión atacó a los sitiados con gases lacrimógenos…»

No solo fue el capitán de Artillería Luis Salinas García, también el comandante Salvador Sediles (antiguo capitán de artillería y ex-diputado, jefe del grupo milicianos Águilas de la Libertad).

Según los servicios secretos nacionales, pasó de lucir: 

«… un flamante uniforme de capitán de milicias… a dirigir los servicios del espionaje rojo en Francia». 

Organizó y dirigió la Red Quintanilla, una telaraña de espías que operó en el País Vasco francés y que tenía a Luis Buñuel como intermediario con la Embajada de España en París. Tras el clamoroso y oscuro fracaso del ataque biológico en 1937, tuvo que cambiar de aires, o le sacaron del berenjenal y, siguiendo órdenes de Negrín, recorrió el frente pintando imágenes.

Es curioso el currículum de este artista, «experto» en acciones especiales: estuvo en el «cogollo” de las grandes revoluciones socialistas de 1917 y 1934 y, entre bastidores, en los primeros ataques biológicos y químicos realizados por las fuerzas republicanas en la Guerra de España. 

Hubo otro ataque químico republicano, este con gases de guerra y repetidas veces, en Cilleruelo de Bricia, Santander, en 1937, poco después del asunto de la «Red Quintanilla» y en el mismo teatro de operaciones, casualmente producido “por error”. Pero esa es otra historia que también relatamos en su día.

Max Aub en 1930 y 1938, durante el rodaje de “Sierra de Teruel”.

Por su parte, Max Aub Mohrenwitz había nacido en 1903 en París, de madre francesa, judía, y padre alemán, y había vivido en Valencia a partir de 1914. En diciembre de 1936, cuando ya se le consideraba un «intelectual» (dramaturgo y novelista) que se jactaba de su amistad con el entonces Presidente de la República, Manuel Azaña, fue enviado como diplomático a la legación española en París, puesto desde el que gestionó el encargo y la compra del «Guernica» de Picasso.

Una carta al director ABC del 1 de septiembre de 1997, escrita por Juan Ramón Pérez de las Clotas, director del periódico La Nueva España, en réplica a una columna del escritor, crítico literario y catedrático Gonzalo Santonja en el mismo periódico del 21 de agosto anterior, nos puede ayudar a conocerlo mejor, allí decía: 

«…es inobjetable que Max Aub formó parte de manera activa de los servicios de espionaje republicanos; está documentalmente testificada su presencia en la organización denominada como “Red Quintanilla”, nombre éste que también cita el señor Santonja y al que en los informes internos de la propia Embajada no se dudaba en calificar como “un persona excesivamente vanílocuo, pedante y fatuo”, además de con otros adjetivos escasamente halagadores; se sabe también que Max Aub desarrolló sus actividades en la delegación de la Red en París, dirigida por el cineasta Buñuel, que tenía como misión esencial la captación de agentes de información y estaba integrada por conocidos escritores y artistas -Fernando de los Ríos, Pablo de Azcárate, Sánchez Ventura-, cuyo vínculo personal último era la madrileña Residencia de Estudiantes; de la más que discutible eficacia de la organización da cumplida cuenta Félix Luengo Texidor en su libro “Espías en la Embajada: los servicios de información secreta republicanos en Francia durante la Guerra Civil”».

Por las manos de estos «intelectuales» pasó un tipo de guerra que los republicanos habían intentado emplear antes en beneficio de sus propios intereses. Desgraciadamente, los dirigentes republicanos sabían más de estos temas de lo que uno puede suponer por la impresión de superficialidad y propaganda que se desprende de sus versiones oficiales. A continuación vamos a desvelar una serie de datos históricos que confirman que el gobierno de la zona republicana intentó, en repetidas ocasiones, utilizar la guerra biológica contra el ejército nacional, a pesar de que este tipo de guerra estaba suficientemente reprobada por el derecho internacional. 

Primeros indicios de actividad bacteriológica  

El 29 de enero de 1937 la 2ª Sección (Información) del Estado Mayor del «Cuartel General del Generalísimo» elaboraba una nota, tomando como base las declaraciones de un evadido de Barcelona, que decía lo siguiente:

“En la Escuela Industrial (de dicha ciudad) hay doce técnicos, de los cuales seis son rusos, dos franceses y el resto ignoro su nacionalidad, (que) se dedican a la fabricación de gases a base de iperita y protocloruro de cromo, y de microbios bacterianos”. 

Una semana más tarde el consulado italiano en Toulouse cursaba a Roma una información  alertando del envío a Barcelona, desde París, de: 

«…una caja de ampollas para cultivar bacilos de tifus para que los rojos puedan envenenar el agua».

 Poco después, el 4 de mayo de 1937, el Comité Nacional Antigás y Local de Madrid dio diversas instrucciones y organizó diversos medios, entre ellos unos laboratorios químicos y biológicos, unos centros de distrito antigás y cuatro brigadas de desimpregnación y neutralización.

 Las anteriores no son más que algunas de las muchas noticias que llegaban a los Servicios de Información del bando nacional, algunas de difícil confirmación, pero que en su conjunto marcaban unas pinceladas y dejaban entrever planes de actuación en ese sentido. El espionaje nacional estaba alerta. 

Comandante Troncoso

Pericial Médica y Sentencia.

Respecto a la trama del ataque de abril de 1937 en Vascongadas, como el lector puede haber leído ya los trabajos citados al comienzo, pondremos solo, a modo de resumen y recordatorio, las consideraciones y sentencia del consejo de guerra tomadas de nuestro primer trabajo:

«A los veinte días de iniciadas las investigaciones bacteriológicas, el 4 de mayo, el doctor Anguera concluyó que “los dos individuos sometidos al estudio no contienen gérmenes que sean patógenos (…) pues tanto el bacilo de Yersin transmisor de la peste, como el Tripanosoma Gambiense productor de la enfermedad del sueño, como las Rickettsias causantes del tifus exantemático, o los Plamodios productores de formas  graves de paludismo, o el Sodoku producido por el Spirillum Minus (…) hubieran producido reacciones en los cobayas (…) facilitándonos el medio de poder descubrir el agente causal de estas enfermedades(…) puesto que todas ellas, excepto la enfermedad del sueño y el paludismo, son fácilmente transmisibles por picaduras de piojos, por las ratas y por las pulgas de las mismas, vehículos de gran importancia y muy abundantes en los ejércitos en campaña (…) no habría por qué pensar en ni el cólera ni en las infecciones tipo tifo-paratifus-coli y otras (…) (concluyendo) O FRACASARON EN SU INTENTO O SE VALIERON DEL CHANTAGE (sic) COMO UN NUEVO PROCEDIMIENTO DE ESTAFA».

Los cobayas y sus captores:  1.- Comandante Julián Troncoso (sentado, centro). 2.- Capitán Miguel Ibáñez. 3.- Doctor Alberto Anguera 4.- Secretario Miguel Troncoso (gorrillo). 5.-  Intérprete Ramón Riva. 6.- Louis Chavrat (abrigo a cuadros) 7.- Jean Bougennac (con gafas)

En cuanto a las conclusiones, ya el 31 de mayo el Juez Instructor de la Comandancia Militar del Bidasoa, capitán de Caballería Antonio Martín Montis, elevó al Comandante Militar de la misma el pertinente informe del procedimiento, en el que decía: 

«… Se deduce la existencia de una organización poderosa que funciona bien en Francia, bien en Inglaterra o bien en ambas naciones, perteneciendo a ella el personaje Carigan (aparece como dirigente del asunto) (…) sigue Pavie a este individuo en categoría (…) hecho el proyecto de obra de introducir en el Ejército Español una enfermedad contagiosa… (por) el Gobierno Rojo de Valencia, quien ha encargado a un individuo X que se conoce por el nombre de El Catalán, para abonar en cuenta y presenciar los trabajos necesarios para conseguir el fin propuesto (…) Jean Bouguennec y Witold  Gelinski (sic) son los individuos que se prestan para dejarse vacunar (…) se verifica una segunda vacunación, realizada por el mismo Pavie, y acto seguido se les envía a España, siendo detenidos por las fuerzas de Falange de la frontera (…) el plan hecho por la organización se halla perfectamente estudiado para evitar toda sospecha que pudiera tener El Catalán sobre las personas que se prestaran a tener el contagio (…) el uno periodista de profesión, más conocido en París por sus inmoralidades que por la destreza de su pluma, en precaria situación económica (…) fácil de vencer la resistencia que pudiera oponer a base de billetes de mil francos (…) y el regalo de un automóvil (…) Chabrat, bohemio, inmoral y degenerado (…) un licenciado de presidio (…) El Juez que tiene el honor de informar opina que la vacunación que recibieron estos individuos por segunda vez, introduciéndoles seguidamente en España, y que les produjo costras  en abundancia (…) fue hecha con objeto de que, llegado este hecho a conocimiento de las Autoridades Españolas, tomaran medidas radicales con ellos, pues para su negocio constituían un estorbo (…) El Juez es de (la) opinión que estos individuos, no obstante el resultado negativo, eran culpables del transporte de una enfermedad contagiosa al Ejército Español; que si la primera inyección no les surtió efecto ni produjo anormalidades en su organismo, debieron pensar que sí los produciría la segunda; (…) en su vista, les considera acreedores al castigo que hubieran merecido  si los resultados del análisis hubieran sido positivos».

Bougennac y parte de sus escarificaciones.

La sentencia del Consejo de Guerra, dictada el 11 de octubre, consideró probado que:

«…un individuo catalán que no ha sido detenido, de acuerdo, probablemente con el gobierno rebelde de Valencia, trató con un banda de París, especializada en la comisión de delitos contra la Salud Pública, la forma de propagar entre nuestro glorioso Ejército y la población civil de la España nacional una enfermedad contagiosa, y el jefe de dicha banda ofreció al Catalán , mediante una fuerte suma de dinero, llevar a cabo los planes marxistas, para cuyo objeto fueron escogidos los procesados (…), los cuales se comprometieron , por un premio de 70 a 75.000 francos el primero y de 5.000 el segundo, a dejarse inyectar unas vacunas portamicrobios y a entrar en España para propagar los gérmenes en el Ejército que lucha por la santa causa nacional (…) Considerando que son criminalmente responsables en concepto de autores del expresado delito(auxilio a la rebelión militar)(…) FALLA que debe condenar y condena a los procesados (…) a la pena de veinte años de reclusión menor…».

La pena fue confirmada en Burgos el 3 de diciembre de 1937.

La espada de Damocles: los empeños de la República.

Poco después, en septiembre de aquel mismo año, un médico especializado en estudios de laboratorio (pariente del comandante médico del ejército nacional, Félix Martínez), y que había quedado en la zona frentepopulista, enviaba a su esposa, residente en la zona nacional, por medio de azarosos conductos la siguiente carta :

«Querida Asucho: Toma nota, prepara lo necesario para recibir al b. Yersin que lo llevarán los pulex, éstas a su vez irán Epicsups Norvegicus en jaula lona estanco que al caer se abre dispersando los múridos. Así pués equipos Cyclon y prevención general de alejamiento. Nunca recojas cuadrúpedo pues va con V. Mallei. Energía para prevenir, pues es muy serio y tacto para que no cobre tu primo».

La misma fue entregada a las autoridades nacionales y consta en la documentación conservada en el Archivo General Militar de Ávila. Como se puede apreciar, de forma encubierta, avisaba de un previsto ataque de peste (bacilo Yerssin), que iría en pulgas (pulex) y éstas, a su vez, se dispersarían por medio de ratas (Epicsups Norvegicus) que serían arrojadas en jaulas de lona por la aviación; también alertaba del posible abandono, en las retiradas, de cuadrúpedos muertos infectados con Muermo (V. Mallei). Afortunadamente nada de ello se llevó a término.

En todo caso el ejército nacional potenció sus medios para hacer frente a las posibles epidemias, intencionadas o no. Coordinado con el Servicio de Guerra Química funcionó el Servicio de Higiene Militar , el cual estaba llamado a participar en la defensa contra posibles agresivos biológicos; se formó en torno a la Sección de Higiene de la División Orgánica de Valladolid, que actuó inicialmente en el frente del Alto de los Leones de Castilla; en enero de 1937 se transformaría en compañía. Después se crearon las Unidades de Higiene Independientes, que estaban afectas (agregadas) a los Grupos de Sanidad Divisionarios y Compañías de Higiene de los Cuerpos de Ejércitos (CE); estaban dotadas de furgones de higiene automóviles equipados con sulfatadores Clayton, filtros Seltz-Werke, mezclador de Verde París, caja de análisis y depuración de aguas, ducha, etc., y laboratorios automóviles para CE. También se creó el Instituto de Higiene Militar, por la fusión del Laboratorio Central de Análisis y el Parque de Desinfección, ambos de Valladolid. 

 

Hay que reseñar que en zona nacional durante la guerra se trataron, al menos, focos accidentales de viruela, en Valladolid; de carbunco/antrax, en Valdehiguera; y de parotiditis, en Alhama.

Stanley Lovell y su obra

Adenda y Epílogo

Stanley Lovell, quien fue un importante directivo de los departamentos científicos del Servicio Secreto Norteamericano (OSS), el antecesor de la CIA, en su libro Of Spies and Strategens, cita el planeado ataque a España, concretamente a nuestro Protectorado en Marruecos. En el caso de que nuestra Patria se opusiera a la «Operación Torch», es decir, al desembarco aliado en el norte de África el 8 de noviembre de 1942, USA tenía planeado que unos cuantos aviones sembrarían el Marruecos Español con algo parecido a excrementos de oveja (para que pasaran desapercibidos por los humanos y atrajeran a las moscas) infectados Tularemia y Psitacosis, enfermedades muy virulentas.

La historia es “maestra de la vida” según Cicerón y “madre de la verdad” para Cervantes, aprendamos de la primera y busquemos ardorosamente la segunda, pues nos va mucho, muchísimo en ello.

El Frente Popular intentó provocar una pandemia en España durante la Guerra Civil (I)

Nuevos aportes a la investigación sobre el intento del Frente Popular de provocar una pandemia en España durante la Guerra Civil