flautista
ÚNETE A LA QUERELLA CONTRA PEDRO SÁNCHEZ Y TODO SU GOBIERNO

TE ATENDEMOS GRATUITAMENTE EN TODAS LAS DUDAS LEGALES QUE TENGAS CON EL COVID-19 PONTE EN CONTACTO HACIENDO CLIC EN ESTE ENLACE

#AyudaEntreCompatriotas

Érase una vez un peculiar flautista que tenía la cualidad de llevar tras de sí a cuantos escuchaban las notas de su melodía. Hoy como ayer, el populismo entona sus cantos de sirena. Asistimos a un despliegue de atractivas pancartas, llamativas bandas sonoras, postureo diverso y propaganda al uso, que son utilizadas para encender las emociones y hacer saltar las lágrimas hasta que llega el momento de llorar de verdad, por la amargura del engaño sufrido. Esto es ni más ni menos el aparato populista que, desde hace unos doscientos años, viene repitiendo en bucle su manido esquema.

[Accede a las cifras del coronavirus en tiempo real]

En muy necesario hacer un ejercicio de memoria histórica para llegar a las raíces del populismo y por eso, me voy a remontar al remoto re-bisabuelo de los populistas. Se trata del Club Jacobino que comenzó sus actividades en el París previo a esa Revolución de 1789 de la que ya los franceses no presumen tanto. Aquellos jacobinos eran ya muy parecidos a los actuales. Uno de sus más destacados representantes, Joseph Fouché, pasó de presidir el Club a enviar a la cárcel a sus miembros, para después cerrarlo y dedicarse a servir al Emperador Napoleón, también antiguo activista, que abandonó las “manías” democráticas para proclamarse Dictador. A los animosos idealistas que les habían secundado, se les dejó morir en el calabozo. El primer experimento de los populistas, había seguido un camino que, desde hace dos siglos, siguen recorriendo en círculo, sin avanzar ni un palmo.

Nos encontramos ahora en España ante una difícil encrucijada histórica que se vislumbraba en el horizonte y que la epidemia que padecemos, ha traído de forma mucho más rápida de lo esperado. Quizá es bueno aprovecharla para preguntarse por qué un sector de la sociedad baila al son de las melodías populistas, a pesar de haberse demostrado ya, en la realidad histórica y con hechos contundentes, las nefastas consecuencias que comportan.

El origen, digamos, filosófico yo se lo he achacado siempre a Rosseau. Es posible que muchos penséis que exagero, pero no lo puedo evitar. Su más famoso enunciado, según el cual el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le pervierte, ha dado lugar a un discurso que tiene la virtud de tergiversar por completo la realidad.

Así, ese hombre, bueno por naturaleza, tiene una maravillosa tendencia a hacer siempre el bien, por tanto, debe vivir en un sistema donde pueda dejar fluir su natural bondad, al servicio del prójimo con total desinterés y sin buscar lucro alguno.

Para que eso sea viable, es necesario crear una súper estructura que organice el bien de modo colectivo y gratuito, que cubra las necesidades de los ciudadanos de forma que nadie tenga que ganarse las lentejas y así, en esa Arcadia, feliz e igualitaria, donde sanidad, vivienda, educación y ocio son provistos por dicha estructura, (no se sabe cómo) los seres humanos bondadosos, viven libres y felices en fraterna solidaridad. ¿Les gusta el plan? ¿A quién no? Pues este mismo fue el lema del Club Jacobino. Igualdad, Libertad y Fraternidad. El idílico plan terminó como siempre. En el régimen del terror, con la guillotina a todo gas, matándose unos a otros y con el líder de turno, el incorruptible Robespierre, arrojado por sus partidarios a un pozo de cal viva.

Pero la idea era demasiado buena para dejarla sin más por unos cuantos miles de muertos, así que la melodía de Hamelín, pronto volvió a sonar, atrayendo a muchos en pos de sí. No importa cuántos ataúdes se acumulen. El supuesto “mesías de la felicidad” siempre encuentra una buena excusa que justifique volver de nuevo a buscar El Dorado. Ni cortos ni perezosos, los jacobinos de finales del XIX, con ayuda de Marx y Engels (empresario que explotaba sin piedad a las mujeres que trabajaban en sus tejedurías) sentaron las bases del populismo actual.

Esta forma de aproximarse a la realidad, tiene la ventaja de que automáticamente divide a la sociedad en dos bandos. Héroes y villanos. Héroes son aquellos que buscan garantizar la Arcadia feliz y gratuita para su pueblo y villanos, aquellos que buscan la prosperidad económica en una sociedad basada en la propiedad privada, la responsabilidad individual, el trabajo y la libre iniciativa.

En esta visión simplista, no nos engañemos, no sólo caen países poco desarrollados, en absoluto. Nadie está libre de la tentación totalitaria. Uno de los más tétricos y recientes ejemplos, lo tenemos en el partido socialista de Hitler. Alemania, un pueblo muy avanzado técnica e intelectualmente, cayó en la trampa de la Arcadia perfecta, la patria del Tercer Reich, al mando del incorruptible patriota de turno, pertrechado con su imprescindible flauta populista. Ese cuento acabó peor que otras veces, ya que se llevó por delante media Europa.

Este imaginario social de buenos y malos, se fabrica, no solamente a base de crear la figura del mesías salvador que trae la feliz Arcadia de la igualdad. También necesita perfilar bien la figura del malvado. Este es siempre el capitalista emprendedor que es capaz de crear riqueza para sí y para los demás. Ese es el peligroso enemigo al que se debe derrotar.

– ¡Este es el malo, malísimo! gritan los sindicalistas desde la marisquería más cercana

– ¡Este es el perverso explotador! azuzan los medios de comunicación subvencionados por la izquierda.

– ¡Acabemos con él y seréis felices para siempre! animan los agitadores con escaño y coche oficial.

Sin embargo, en los países europeos, tras el horror del Muro de Berlín, existen sectores de población menos sensibles a la dulzura de la flauta. Siempre hay un grupo que considera mucho más práctico mandar el flautista al paro, exterminar las ratas con veneno marca Acme y continuar con sus negocios. No obstante, los que han probado lo estupendo que es vivir del cuento melodioso, lo seguirán intentado porque vivir sin trabajar, como hizo siempre Marx, o con el mínimo esfuerzo, es un objetivo compartido por una amplia mayoría.

Estos doscientos años de fábulas populistas nos han demostrado con creces que la lucha de clases, como tal, no existe. En todas las extracciones sociales hay personas emprendedoras con iniciativa y capacidad de generar riqueza, que son muy conscientes de que sólo la libre competencia en el mercado, puede asegurar la prosperidad de todos y también otros muchos a los que les da igual si hay prosperidad o no, porque aspiran únicamente a recibir algún tipo de prestación pública de cualquier modo que sea.

La verdadera lucha ha quedado claramente definida y no es de clase social. Es de clase humana.

*Un artículo de Almudena Gómez

TODAS LAS REDES SOCIALES DONDE PUEDES ENCONTRANOS, HAY QUE ESQUIVAR LA CENSURA

COLABORA CON NOSOTROS CON PAYPAL