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Para ninguna mente normal debiera resultar comprensible que un partido político de historia criminal, enemigo de España, que en alianza con otros partidos, así mismo enemigos de España, destruye y arruina moral y económicamente a la patria cada vez que gobierna, sea elegido y soportado sucesivamente por la ciudadanía y, a más inri, consentido o incluso bendecido también por las instituciones: Monarquía, FF.AA., Justicia, Educación, Intelectualidad…, además, por supuesto, de por los medios informativos al uso.

Pero como, contra toda sensatez, esto es así y las catástrofes se vienen sucediendo sin solución, sin que ni pueblo ni instituciones reaccionen por propia supervivencia, cortando el mal de raíz y enviando al destierro político y a la cárcel a los hispanófobos, habrá que convenir que España está abocada a la tragedia final -que desconocemos en qué consistirá- para que, de una vez por todas, desde el estrago absoluto, pueda renacer de sus cenizas.

Me dicen que VOX propugna la dimisión del actual Gobierno socialcomunista para ser sustituido por otro de concentración, pero -y aquí se halla el gravísimo error- regido por figuras con un pasado de perniciosa o nefasta conducta política, con lo cual ha frustrado la bondad que entrañaba la primera parte de su propuesta.

No se puede poner el rebaño en manos de pastores que se han significado por sus corrupciones, sus deslealtades o sus incapacidades. Sin duda, resulta imperativo enviar al ostracismo carcelario a los actuales gobernantes, pero sustituyéndolos por personalidades egregias, no por quienes aportaron sus traiciones y sus errores para apilar esta montaña de detritos que nos asfixia.

Con las excepciones de rigor, los descendientes de aquellos españoles que en un tiempo habían rechazado a los más poderosos ejércitos y conquistado la admiración del mundo, no conservan ya nada del amor por la libertad y de las viriles virtudes de sus progenitores.

Estas cuadrillas de siervos del clero, de la justicia y de las gentes armadas, de subsidiados, de delatores, de escribas y fariseos, la plebe nutrida en el hedonismo y la nesciencia, la monarquía y la nobleza inerte, la burguesía corrompida, incapacitada de vida política y de dignidad, y los millares de políticos sustentados en cédulas clientelares y lóbis totalitarios y viciosos, son semejantes al pueblo romano de los tiempos en que Alarico había acampado ante Roma.

Debiéramos saber -sin necesidad de coronavirus- que existe la muerte y que no es posible cerrar los ojos ante las evidencias de la Historia. Que nunca el hombre podrá eliminar ni el sufrimiento ni la desigualdad entre sus semejantes, pues estos son desiguales entre sí por naturaleza. Por consiguiente, debiéramos ser conscientes de que nunca podrá ser construida la Ciudad Feliz ni el Mundo Feliz, dado que no habrá felicidad posible sustentada en lo desigual y en la evidencia de nuestra propia extinción.

Que viviremos con aflicción y nunca alcanzaremos la felicidad permanente, porque junto a nosotros respira día a día la inercia azarosa del universo y, sobre todo, la maldad. Condición humana ésta de la que no nos defendemos con mascarillas, aun siendo más peligrosa que este enigmático virus que nos visita, antes al contrario, la elegimos frívolamente para que, gobernándonos, nos apalee sin cesar, tal vez porque muchos de entre nosotros se hallan fascinados por el poder de los diablos.

Pero la dignidad que se nos supone como seres distintos de las bestias, debiera impulsarnos a seguir empeñados en conseguir ese Mundo Feliz, porque eso nos hará mejores, es decir, más libres. Y es ese amor por la libertad, y por la rebeldía que conlleva, lo que no se ve por parte alguna ante la experiencia del coronavirus. Y, precisamente, lo que aquí se cuestiona.

Los descendientes de aquellos españoles llevan cuarenta años con malas compañías, dejándose dirigir por gentes que acechan al hombre íntegro y tienden asechanzas contra la excelencia y contra esa libertad denostada o ignorada. Gentes que llenan sus casas de botín y que para ello no reparan en apresar ni en verter sangre, como vemos en estos días y vimos en el 11-M. Gentes que se aprovechan del miedo de los pusilánimes y que gracias a la mentira de sus propagandistas y a sus propias mentiras se hacen fuertes en las instituciones y se protegen mediante cédulas secuaces, alimentadas con dinero público.

En estos días de confinamiento no dejamos de contar cadáveres, sangre que se ha visto derramada en gran parte por los errores de unos dirigentes más preocupados por sus intereses que por los del común. Y no dejamos de verificar que los aduladores de los incompetentes, esos medios informativos venales, pretenden siempre justificar la ambición de los ambiciosos, la maldad de los malvados, la violencia de los violentos, la traición de los traidores.

Los lobis asalariados y sus sicofantes mediáticos tratan de santificar esa sangre derramada cada vez que nos ametrallan con las cursilerías de la solidaridad y de la lealtad, y con los buenismos de la responsabilidad y de los aplausos, ellos, que son de índole absolutamente insolidaria, desleal e irresponsable, y que han vendido su alma al Nuevo Orden a cambio de la destrucción de España y de los españoles.

Mientras especulan con los muertos, cifrándolos, los ineptócratas muestran diariamente cuánto más puede y vale en las almas viles el interés que la responsabilidad. Tratan de legitimar la guerra que nos tienen declarada con la doctrina del altruismo impostado. Y el pueblo manso, en su mayoría, sigue sin querer ver esta malévola estrategia.

Odian la vida, aman la muerte, disfrutan manejando cadáveres. Poseen la frigidez moral de los criminales. Son hábiles para, con especiosos razonamientos, desconcertar la opinión y voluntad de los demás, así como en utilizar sus engañosas promesas para convertirlas en desusada y perversa deslealtad. Su razón de ser radica en la permanente realización de desafueros.

En estos días de aislamiento forzoso, en los que ni siquiera nos autorizan el retiro a la campiña, como sí pudieron hacerlo las familias -ancianos incluidos- medievales del Decamerón, la mirada nos muestra la altanería de los gobernantes, las intrigas de sus ministros, la avidez venal de sus propagandistas y cortesanos, la bajeza del vulgo y la abyección de todos ellos juntos.

Vemos un pueblo mayoritariamente estupefacto, asustado, sin capacidad de reacción… Un pueblo en gran parte acostumbrado a comer las sobras del templo. Que muestra la indolencia de los necios y acepta el falsario altruismo de sus carceleros. Y que cree que su propia vileza o su indiferencia ante la vileza de sus dirigentes le van a salir gratis. Pero no, se hartará de comer el fruto de su conducta.

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