distribución de la riqueza
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El ser humano tiene, por naturaleza, afán de superación. Gracias a esa cualidad, en el mundo se han alcanzado a lo largo de los siglos cotas increíbles de desarrollo y bienestar. Desarrollo y bienestar que se han disparado considerablemente en el último siglo. Este fenómeno que dice mucho de nuestra gran preparación, capacidad e interés por el trabajo, lleva aparejadas, por desgracia, algunas actitudes que dejan al descubierto nuestro egoísmo y falta de empatía.

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¿Cómo sino podemos consentir que nuestros hermanos (todos hijos de Dios) de un buen número de países estén en las antípodas de ese bienestar del que tanto gozamos y presumimos, sin que se nos caiga la cara de vergüenza? Ya sé que todos nos justificamos diciendo aquello de: “Yo solo no soy nadie, eso deberán resolverlo los responsables de los países”. Una verdad que sin embargo carece de crédito porque si verdaderamente todos y cada uno de los habitantes del planeta hiciésemos de este deseo una causa común efectiva avanzaríamos considerablemente. Y, probablemente, con un coste individual de poca monta.

Lo que pasa es que, en el fondo, esto lo decimos con la “boca pequeña” porque esa supuesta medida conllevaría una reducción en nuestro bienestar particular y esas son palabras mayores.

A mí me parece que aprovechando los resultados de la pandemia que nos tiene encerrados en nuestras casas, deberíamos pensar más en esos hermanos para ayudarles. Y la mejor manera sería que no tuvieran que emigrar a ningún sitio.

Todos sabemos que donde mejor nos encontramos es en nuestro lugar de nacimiento. ¡¡Llevémosle, pues, a esos países las herramientas precisas para ganarse la vida!!

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