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En un magnífico sermón pronunciado el 23 de octubre de 1831 titulado Profesión de fe sin hipocresía, el presbítero nos explica por qué los cristianos buscan ayuda fuera de Dios. Tras reconocer que es loable experimentar la lejanía que nuestro estado de pecado causa entre Dios y nosotros, nos explica el razonamiento de aquellos que pretenden, en el fondo por soberbia, la raíz del pecado, a no dejarse perdonar y se lanzan a utilizar subterfugios ajenos a la voluntad de Dios como medio de acercamiento a la divinidad.

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Aquí les dejo el extracto del sermón donde explica esto: (…) Sin embargo, el creyente humilde y contrito que se acerca a Cristo en busca de perdón y ayuda, percibe el gran aprieto en que se encuentra al tener que dirigirse al Dios del cielo. Esta situación de perplejidad fue lo que llevó en otros tiempos a pecadores notorios a buscar refugio en seres que no eran Dios, no porque negaran la supremacía de Dios o por deseo de rehuirle, sino porque advertían la inmensa distancia entre ellos y Él, y buscaban lugares donde descansar junto al camino, algún Soar, alguna pequeña ciudad cercana adonde huir (Gn 19,20-22), porque el lugar adonde conducía el camino, la montaña señalada por Dios, era demasiado alta. Poco a poco, al hacerse devotos de aquellos a quienes acudían, santos, ángeles u hombres buenos vivos, y al imitarlos, su fe decayó y su virtud siguió detrás arrastrada hacia la tierra por falta de un empujón capaz de levantarlos hacia el cielo. Nosotros cristianos, pecadores como los demás hombres, no podemos degradar nuestra naturaleza o defraudar la misericordia de Dios, y aunque dirigirse al Dios vivo es cosa terrible, sin embargo, tenemos que dirigirnos a Él, o morir. Debemos contarle nuestros dolores, o no hay esperanza, porque los mediadores y los patronos creados nos están prohibidos, y confiar en un brazo humano es pecar. Piense, pues, quien por fragilidad de conciencia rehúye la Iglesia como algo por encima de él —es lo que hace al rehuir sus ceremonias o sus sacramentos— que, con todo lo impresionante que es acercarse a Cristo, hablar con Él, «comer su carne y beber su sangre» y vivir en Él, a pesar de eso, que piense: ¿a quién iremos? Sigamos y veamos adónde nos lleva esto: Cristo es el único camino de salvación abierto a los pecadores. Si somos hijos, ¿no vamos a sentir adecuadamente las palabras que la Iglesia nos enseña, aunque las digamos con Ella, ni a sentir la debida reverencia en presencia de Dios? Con que seamos conscientes de nuestra ignorancia y de nuestra debilidad es bastante, estamos seguros. Dios acepta a los que se le acercan con fe, sin nada en las manos más que la confesión de sus pecados. Esta es la más alta dignidad a la que aspiramos normalmente, a entender nuestra propia hipocresía, insinceridad y superficialidad; a reconocer, cuando rezamos, que no somos capaces de rezar como conviene, arrepentirnos de nuestros arrepentimientos frustrados, y a someternos completamente al juicio de Dios que, si bien puede ser exigente con nosotros, nos ha manifestado su amor y su bondad al mandarnos rezar. Mientras nos comportamos así, nos iremos dando cuenta de que Dios lo sabe todo antes de que se lo digamos, y mucho mejor que nosotros. Él no necesita enterarse de nuestra ínfima valía.

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