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El 24 de marzo de 1973 la banda terrorista ETA cometió uno de los asesinatos más execrables y siniestros de su ya, de por sí, execrable y siniestra historia. Un crimen que avergüenza a sus propios autores, la mayoría de ellos hoy reinsertados. Es uno de los secretos mejor guardados por la banda terrorista ETA, que todavía no se ha responsabilizado oficialmente de los tres asesinatos, ni ha emitido comunicado alguno en el que explique qué hizo con los tres muchachos.

El secuestro y tortura hasta la muerte de tres jóvenes gallegos residentes en Irún, que cruzaron la frontera para ver El último tango en París y desaparecieron para siempre en algún lugar del sur de Francia es, además, la historia de una ocultación y de demasiadas complicidades y silencios. Empezando por las autoridades francesas, que hicieron una farsa de investigación bajo la cual ocultaron los verdaderos hechos, y siguiendo por numerosos testigos y un sinfín de etarras y exetarras que conocieron la matanza, aún impune, y todavía la encubren.

La ETA de entonces tenía, por desgracia, muy buen cartel, y no podía manchar su nombre y su aura romántica de gudaris libertadores con un crimen tan atroz, en el que el tiro de gracia vino precedido de una auténtica orgía de torturas, en la que los etarras no se privaron de nada, para conseguir la confesión de unos chicos que jamás podrían confesar nada, porque nada sabían.

Aunque el crimen esté prescrito y, además, amnistiado, los familiares de JOSÉ HUMBERTO FOUZ ESCOBERO, JORGE JUAN GARCÍA CARNEIRO y FERNANDO QUIROGA VEIGA siguen sin saber dónde están los cuerpos de los tres jóvenes.

Una de las personas que más ha luchado por la resolución del caso es la sobrina y ahijada de José Humberto, Coral Rodríguez Fouz, concejal de Eibar, ex senadora socialista y parlamentaria vasca. La angustia y tristeza de su madre Isabel, hermana de Humberto, fue lo que le animó en 1998 a intentar reabrir el caso, y a que se reconociera a su tío y a sus dos amigos como víctimas del terrorismo. Algo que, por otra parte, el arrepentido Soares Gamboa ya escribió en su autobiografía Agur ETA, en la que dice que hay que unir, a la larga lista de víctimas de ETA, los cadáveres de los gallegos “enterrados tal vez en un monte, donde los helechos crecen más altos que los otros”.

Lo que sabemos de esta terrible historia es lo que sigue. El sábado 24 de marzo de 1973 los tres amigos comieron en casa de Isabel, la hermana de Humberto, casada con Cesáreo Rodríguez Ponte. Son los padres de Coral. Después de una partida de cartas en el Bar Castilla, en la calle Alhóndiga de Irún, dejaron a Cesáreo en la empresa Decoexsa, pues esa tarde tenía trabajo. Decidieron cruzar a San Juan de Luz para ver la película que entonces la censura franquista prohibía en España. Tras la película, fueron a tomar una copa al Lycorne, hoy Pakaloko.

El establecimiento queda a la salida de Bidart, al final de una larga cuesta. Ahí tuvieron la mala suerte de coincidir con un grupo de etarras, entre los que estaban Tomás Pérez Revilla, alias Tomás, acompañado por Ceferino Arévalo Imaz, alias El Ruso, Prudencio Sudupe Azkune, alias Pruden, Jesús de la Fuente Iruretagoyena, alias Basacarte, Manuel Murúa Alberdi, alias El Casero, y Sabino Atxalandabaso Barandika, alias Sabin. Pérez Revilla murió asesinado por los GAL en 1984 y se llevó a la tumba parte del secreto.

Los etarras, en su paranoia, confundieron a los tres muchachos gallegos con policías camuflados. De lo que ocurrió a partir de entonces, hay versiones confusas.

Una de ellas habla de que hubo un enfrentamiento dentro del bar y que uno de los etarras le partió una botella en la cabeza a José Humberto, dejándole en muy mal estado. Tras un forcejeo posterior, los tres jóvenes habrían sido introducidos en dos coches, uno de ellos propiedad de los agredidos. Según esta versión, José Humberto Fouz habría muerto a consecuencia del botellazo y habría sido tirado al mar por un acantilado. Jorge y Fernando habrían sido llevados a una granja propiedad de la banda, donde estuvieron secuestrados varios días. Tras ser torturados y asesinados, habrían sido enterrados en un monte cercano.

Otra versión habla de que, sobre la marcha, los etarras improvisaron secuestrarles e interrogarles. Y eso hicieron cuando Humberto, Jorge y Fernando abandonaron el local de copas para volver a España. Nadie vio ni oyó nada. En el momento en que iban a montarse en su Austin 1300, fueron abordados por los etarras a punta de pistola. Tras introducirlos en el maletero, los dos coches (el de los etarras y el de Fouz) enfilaron hacia Saint Palais, en el corazón del País Vasco francés, donde los etarras contaban entonces con la protección de la mayoría de la sociedad que veía con simpatía a esos valientes gudaris antifranquistas. En un barracón del vivero que los lugareños llaman La Serra, es donde los tres gallegos pasaron sus últimas horas. Ahí fueron torturados y les preguntaron una y otra vez sobre si eran policías españoles y sobre las razones de su estancia en San Juan de Luz.

Después de una larga noche de espeluznantes torturas, tras comprobar que los jóvenes no iban a poder confesar absolutamente nada, acaban llegando a la conclusión de que se habían equivocado. Pero Tomás Pérez Revilla, tras consultar por teléfono, decide no dejar rastro de su equivocación. Es él personalmente quien se encarga de rematarlos con un tiro en la nuca y sus compinches los que cavan una fosa para enterrar los cadáveres.

A partir de ahí, se impuso la ley del silencio. A partir de ahí, se inició la lucha de sus familias por saber qué pasó con los tres jóvenes. Si en principio pensaron que su coche podría haber caído al mar por algún acantilado de la Cornisa Cantábrica, en diciembre de ese año Alfredo Semprúm publica en el diario ABC un artículo estremecedor que, en lo esencial, daba en el clavo sobre lo que había pasado con los tres chicos y daba los nombres de los presuntos asesinos y torturadores. Antes, un mes después de la desaparición, el diario bilbaíno Hierro relataba que los tres jóvenes habían sido agredidos en San Juan de Luz por un grupo de etarras.

Mucho después, Mikel Lejarza, El Lobo, agente del Cesid que estuvo años infiltrado en ETA, afirmó en sus memorias haber escuchado una conversación entre Pérez Revilla y José Manuel Pagoaga Gallastegui, Peixoto, en la que aludían a los tres jóvenes gallegos y a las terribles torturas a las que fueron sometidos.

Lo cierto es que, a medida que se fue afianzando la hipótesis de que ETA era la autora de la desaparición de los jóvenes gallegos, menor era el interés de las autoridades francesas en investigar el caso.

Tampoco se hizo mucho en España, salvo interrogar al etarra José María Zabarte Arregui y a la novia de Jorge para confirmar que su prometido no tenía motivos para haber desaparecido de forma voluntaria. El desinterés fue total y absoluto. Ni siquiera llegó a aparecer el vehículo en el que viajaron los tres amigos. En 1975 el juzgado de Irún decidió archivar el caso, que sería reabierto en 2006 gracias, entre otras cosas, al empeño de Coral Rodríguez Fouz.

Entre medias, en 1997 las familias recibieron un rayo de esperanza a través de una llamada anónima que hablaba de unos restos mortales sin identificar en el cementerio de Biriatou y que podrían pertenecer a Eduardo Moreno Bergareche, Pertur, también desaparecido y sobre cuya muerte hay versiones contradictorias. Los primeros resultados determinaron que en la tumba había tres personas, lo que alimentó la esperanza de que fuesen los tres jóvenes. Pero finalmente se confirmó, tras hacerse pruebas de ADN solicitadas por las familias, que los huesos pertenecían a tres mujeres.

Sobre la posibilidad de perdonar este crimen atroz, Coral Rodríguez Fouz declaró en 2005 que “un crimen así no se puede perdonar, que no nos lo pidan”.

José Humberto Fouz Escobero tenía 28 años. Había viajado mucho antes de recalar en Irún y encontrar un empleo en una empresa de transportes.

Fernando Quiroga Veiga tenía 25 años y había sido el segundo de los tres amigos en desplazarse al País Vasco. Trabajaba como agente de aduanas en Irún y se sentía muy arraigado a su tierra de acogida.

Jorge Juan García Carneiro tenía 23 años. Acababa de llegar de Galicia y era el único de los tres amigos que todavía no había encontrado trabajo.

 

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