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Ante las múltiples comparecencias públicas que, a causa del Covid-19, se han venido sucediendo acompañadas de apelaciones a la profesionalidad y disfrazadas de servicio a la verdad, una verdad y una profesionalidad de las que siempre han renegado, se hace inevitable luchar contra la desvergüenza.

Coronavirus: la sociedad de los no-muertos (I)

Los que nos piden respeto a las normas son unos corruptos que atacan a la democracia, a la dignidad, a la ética y a la voluntad de un pueblo para luchar por su liberación. Por eso, cuando a los villanos y miserables les vemos practicar el juego de la hipocresía o de la infamia, vendiéndonos consejos que no tienen, sabemos que es imposible que de la podre de su pensamiento puedan extraer alguna estrategia vivificante. Y acabamos convencidos de que tras su retahíla de recomendaciones hay más razones para indignarnos que para discutirlas o acatarlas.

Por mucho que traten de despistar al espectador, es de esperar que muchos millones de españoles se hayan dado ya cuenta de que la tormenta que se nos ha venido encima no es un mero y súbito capricho de la naturaleza, sino que antes de que se desencadenen los truenos se ha producido una acumulación de razones que convierten en inevitable el desenlace. Razones, por otra parte, que nadie sabe o quiere aclarar.

En los socialcomunistas hay una larga tradición según la cual gobernar -mejor dicho, tiranizar- equivale a poder legislar que dos y dos son cinco. El único problema de proclamar que dos y dos son cinco llega al toparse con algo que no entienda de matemáticas o con alguien que sepa sumar y esté dispuesto a hacerlo. Esta crisis, que han tratado de llenar de consignas para crédulos, puede que no entienda de cálculos. Habrá que estar atentos.

Si bien es cierto que existe un significativo porcentaje de ciudadanos dispuesto a anteponer su prejuicio a la verdad, por muy rotunda que esta se manifieste, me refiero a esas personas que por indecente clientelismo o párvula ignorancia hacen de las decisiones de su Gobierno un axioma, sería bueno que en este caso los errores, partidismos e ineficacias de la antiespaña les pasaran por fin factura definitiva.

Ante la supuesta catástrofe y tras un previo e injustificable cúmulo de negaciones previas, la propuesta pública que, tarde y mal, dice que hay que ser responsables y solidarios, está hecha por irresponsables e insolidarios. Todos aquellos encauzadores de opinión, dirigentes políticos o aprovechados que nos vienen pidiendo que seamos conscientes y cumplidores, son por naturaleza unos inconscientes y unos descuidados a la hora de defender el bien común, y lo que pretenden es continuar viviendo y medrando de la irresponsabilidad para que este país siga en la inopia.

Los negligentes, que debían haber dado ejemplo dimitiendo por su ineptitud, dicen que hay que condenar la negligencia y amenazan al pueblo con multas y anatemas que no tienen para sí mismos. Lejos de abandonar su poltrona, sabemos, porque es habitual en estos comediantes de la oratoria, que van a intentar rentabilizar sus errores en provecho propio, ya que los eternos responsables de desaguisados, puestos ante el penoso resultado de sus propios desafueros, suelen revestirse de víctimas y ponerse a echar la bronca a los demás.

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Sin embargo, aunque traten de irse una vez más de rositas, es conveniente que no ocurra así en esta ocasión y que la supuesta pandemia que representa el COVID-19 se transforme en milagro y profundice en la herencia que han dejado cuatro décadas de incompetencia y corrupción: un desierto económico y un pudridero sociopolítico.

Porque lo que aquí va a bullir en pocos días no es ya la actividad dudosa del país -en lo político y en lo socioeconómico-, sino la de infinidad de gusanos dedicados a devorar los restos del cadáver.

TODAS LAS REDES SOCIALES DONDE PUEDES ENCONTRANOS, HAY QUE ESQUIVAR LA CENSURA