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La nueva crisis, en este caso sanitaria, pero que ya ha implicado brutalmente a los aspectos políticos y económicos, viene a recordar a los olvidadizos ciudadanos que pululan por la sociedad alegre y confiada que, en la actualidad, bajo esta amalgama de plutocracia y socialcomunismo que nos maneja, la vida de los seres humanos se reduce a:

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  1. Sobrevivir al aborto en el feto materno.
  2. Sobrevivir al adoctrinamiento contra natura de divulgadores pervertidos (LGTBI) en la etapa educativa.
  3. Sobrevivir al paro, al homosexismo y al divorcio durante la vida adulta.
  4. Sobrevivir al cáncer, al COVID-19 (o al programado virus de rigor) y al infarto en la etapa final.
  5. Morirse de asco, con la mascarilla puesta y rodeado de papel higiénico.

El halago al pueblo inerte en su ignorancia, siempre es un halago feudal, paleomarxista y cursi cuando se utiliza para explotarlo, pero adquiere tintes lobotomizadores si es la fórmula empleada para experimentar el control sociopolítico global, como puede ocurrir en el caso que nos ocupa.

Por ahí van hoy algunos políticos y editorialistas venales que encarecen la catástrofe o postulan el buenismo y la solidaridad -no pueden recomendar el furbo porque se ha suspendido- obviando cuestionar las múltiples inacciones, inhibiciones, incoherencias, contradicciones y arbitrariedades en que ha incurrido el Gobierno socialcomunista en la gestión de la crisis.

Este olvido de la corrupción, de la incompetencia, de los enigmas y de la incertidumbre que genera el suceso y que están pendientes de un mínimo esclarecimiento, no es inocente, forma parte de la intoxicación y del afán de preservar democráticamente la inocencia de las masas, a las que se bombardea con datos prescindibles, frívolos, inadecuados, confusos, tal vez para mantenerlas en su habitual inconsciencia.

Hay un exceso de información anodina y de verdades inútiles cuyo objeto consiste en desinformar de lo esencial, es decir, por qué estamos en el vórtice del caos y por qué las técnicas y las ciencias del siglo, tan sacralizadas y poderosas, no pueden librarnos del confinamiento medieval a que esta nueva peste nos tiene reducidos.

Una vez más los medios informativos pagados por el sistema -ellos si pueden seguir vendiendo su basura- se han hecho sospechosos y se muestran bien visibles gracias a un patriarcalismo impostado que les define como ángeles custodios de la virginidad sociopolítica de las clases medias, de esa ciudadanía necia e imprudente que no sabe ver nada y que, en estos tiempos de asechanzas, viene caminando por la vida llena de indiferencia, sin percatarse de emboscadas ni desastres.

Lo que los socialcomunistas y sus medios informativos vienen haciendo con sus advertencias e indicaciones no es otra cosa que el ensalzamiento de la mediocridad, una mediocridad disciplinada, obediente, bien mandada. Viéndolos y escuchando sus admoniciones y sugerencias, lo que contemplamos es el escabroso espectáculo de unos incompetentes apegados al poder, y de una sociedad que los escucha y obedece incapaz de reaccionar.

Lo que mayoritariamente era una sociedad indiferente y confiada ante los atropellos del sistema, se ha transformado repentinamente, gracias al impacto del envolvente y misterioso virus, en una reata de no-muertos, a buen recaudo de los perros pastores.

TODAS LAS REDES SOCIALES DONDE PUEDES ENCONTRANOS, HAY QUE ESQUIVAR LA CENSURA